Había nacido en la misma ciudad en la que se ha ido, el 19 de febrero de 1939, dentro de una familia de la élite peruana. Esa acomodada condición le llevó a cursar estudios en distinguidos colegios de origen inglés, antes de licenciarse en leyes y en letras en la Universidad Nacional de San Marcos y rematar doctorado en París con una tesis sobre Hemingway.
Narrador nato, tanto cuando escribía como cuando, salpicando de ironía y humor sus relatos, conversaba. “Me cago en la solemnidad, también en aquella de la que tantas veces se reviste la literatura” afirmaba el autor de una notable colección de artículos periodísticos reflejada en Diario 16, ABC, El País, Jano… cuentos, libros de memorias y una treintena larga de novelas que suscitaron la admiración de otros escritores coetáneos. Como la de Julio Ramón Ribeyro que al referirse a Bryce escribió fascinado: “La genialidad no se define, es algo que se siente, un soplo de aire desconocido, un aerolito que cae en un jardín cultivado y modifica instantáneamente el paisaje”.
Aunque por edad bien pudiera englobarse en el boom del continente sudamericano, él comenzó a publicar cuando aquella generación ya volaba alto, “siempre llego tarde a todas partes”, afirmaba para justificar aquella exclusión el autor de Un mundo para Julius, El huerto de mi amada, Dándole pena a la tristeza, La vida exagerada de Martín Romaña, El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz o Permiso para retirarme, el libro que cerraba las ‘antimemorias’ de quien confesaba que “escribir desde la memoria es mi manera de no olvidar”.
Sí, su desbordante obra literaria contempla la memoria como una forma de exorcizar el dolor. También se detiene en la imposibilidad del amor sostenido, en la extrañeza ante el mundo, en la denuncia de los abusos de poder y, utilizando la ironía como herramienta literaria, en la fragilidad, la mezquindad, la incomprensión y el egoísmo como elementos sustanciales de la condición humana.
Viajero pertinaz, vivió y bebió -siempre confesó que al ponerse a escribir en el alcohol tenía un aliado- en Estados Unidos, en París, en Barcelona y casi quince años en Madrid, “ciudad en la que hice más amigos que en cualquier otro lugar”. Desde España regresó a Perú condicionado por “una melancolía irrefrenable pero agradecido tras un exilio voluntario de treinta y cuatro años en Europa”.
Hoy, al cabo de una existencia que él mismo calificaba de “disfrutona” flota en el aire más que nunca una de sus frases recurrentes: “Hay matarse de risa y de amor”. Lo afirmaba socarrón reforzando con una sonrisa su actitud; sus literarias palabras.















