¿Quieres estar al día del arte y la cultura?

 

Suscríbete GRATIS a nuestro boletín. Más de 25.000 personas ya lo han hecho

 

 

¿Quieres ver los últimos enviados?

 

 

 
Nacido en Bradford en 1937 en el seno de una familia obrera que siempre le animó a perseverar en su vocación artística, el artista británico construyó una trayectoria tan singular como reconocible. Su universo, atravesado por piscinas californianas, retratos de amigos, interiores silenciosos, paisajes luminosos y experimentaciones tecnológicas, acabó convirtiéndose en una de las iconografías más influyentes del arte moderno. Supo ser clásico y contemporáneo al mismo tiempo. Y lo hizo sin perder nunca una curiosidad casi juvenil por las posibilidades de la imagen. La noticia de su muerte pone fin a más de seis décadas de trabajo ininterrumpido. Hasta los últimos años continuó pintando desde su estudio londinense, incluso con la salud debilitada y desplazándose en silla de ruedas. Él siempre entendió el arte como energía vital.

Hockney encontró en California el territorio perfecto para desarrollar una pintura basada en el placer de mirar. Llegó a Los Ángeles en los años sesenta procedente de una Inglaterra gris y rígida en lo social. Allí descubrió una luz distinta, una arquitectura abierta, un modo de vida atravesado por el sol y las piscinas privadas que para un europeo resultaban casi irreales. Aquella impresión inicial terminó transformándose en una de las series más reconocibles de la historia del arte reciente.

Obras como A Bigger Splash, Portrait of an Artist (Pool with Two Figures) o The Hollywood Swimming Pool fijaron para siempre una imagen idealizada y melancólica de California. Las superficies azules del agua, los cuerpos jóvenes, los reflejos geométricos y el aire suspendido de aquellas escenas construyeron una estética que trascendió la pintura para instalarse en el imaginario colectivo del siglo XX. Resulta paradójico que fuera precisamente un inglés quien terminara definiendo con tanta precisión visual el sueño californiano.

Sin embargo, reducir su obra a las piscinas supondría simplificar a un creador extraordinariamente inquieto. Hockney nunca dejó de explorar nuevos lenguajes. Desde muy temprano rechazó las convenciones y desafió los códigos de su tiempo. En el Royal College of Art de Londres ya había dado muestras de esa actitud rebelde al sustituir el desnudo femenino obligatorio por un desnudo masculino tomado de una revista erótica. El gesto condensaba dos constantes de su carrera, la desobediencia y la afirmación de la libertad personal.

Su homosexualidad ocupó un lugar central en su obra mucho antes de que ello resultara aceptable en el Reino Unido. Pintó hombres desnudos, parejas masculinas y escenas de intimidad cotidiana cuando hacerlo todavía implicaba un desafío político y cultural. Lo relevante es que nunca presentó esas imágenes como proclamas militantes, sino como escenas naturales de afecto y convivencia. En esa aparente sencillez residía buena parte de su radicalidad.

Matices

Retratos como los dedicados a Christopher Isherwood y Don Bachardy o a Mr. and Mrs. Clark and Percy revelan otra de las grandes virtudes de Hockney. Bajo la limpieza formal y el color vibrante aparecía siempre una compleja tensión psicológica. Sus personajes parecían atrapados entre la cercanía emocional y una extraña distancia silenciosa. Ningún detalle resultaba casual. La posición de las manos, la dirección de una mirada o el vacío de una habitación construían relatos íntimos llenos de matices.

Su obsesión por la percepción lo llevó también a experimentar con la fotografía y los collages. Las composiciones realizadas con Polaroids o pequeñas imágenes ensambladas fragmentaban la realidad y proponían múltiples puntos de vista simultáneos. Hockney encontraba en esas estructuras una manera de cuestionar la perspectiva tradicional heredada del Renacimiento. Admirador profundo de Picasso, pero también de los rollos narrativos chinos, defendía una visión más dinámica y participativa de la imagen.

La tecnología nunca le produjo rechazo. Al contrario. Mientras otros artistas de su generación observaban con recelo las herramientas digitales, él las incorporó con entusiasmo. Utilizó fotocopiadoras, faxes, programas informáticos y, finalmente, la tableta como soporte. Durante el confinamiento provocado por la pandemia realizó desde Normandía decenas de dibujos digitales que captaban la llegada de la primavera mientras el mundo permanecía detenido por el miedo y la enfermedad. Aquellas imágenes, reunidas en la exposición The Arrival of Spring. Normandy, 2020, transmitían exactamente lo que Hockney persiguió toda su vida, la persistencia de la belleza incluso en tiempos oscuros.

También el teatro y la ópera ocuparon un lugar importante en su trayectoria. Sus escenografías para obras de Stravinsky, Wagner, Puccini o Alfred Jarry demostraron hasta qué punto entendía el espacio escénico como una prolongación de la pintura. Sus montajes estaban atravesados por el color, la geometría y una espectacularidad visual que transformaba cada representación en una experiencia inmersiva.

A lo largo de los años protagonizó retrospectivas en instituciones como la Tate Britain, el Metropolitan Museum, el Centro Pompidou o la Fundación Louis Vuitton. En 2018 se convirtió en el artista vivo «más caro del mundo» cuando Portrait of an Artist (Pool with Two Figures) fue vendido en Christie’s por más de noventa millones de dólares.

Pero el éxito y el reconocimiento público nunca parecieron modificar demasiado su actitud. Continuó trabajando con disciplina obsesiva y mantuvo una relación ambivalente con las distinciones oficiales. Rechazó durante años el título de caballero británico, aunque terminó aceptando la Orden del Mérito, el galardón real más prestigioso del Reino Unido por los logros en las artes, concedida por Isabel II.

En los últimos tiempos se había convertido ya en una figura casi patrimonial dentro de la cultura británica. Regresó definitivamente a Londres en 2023 acompañado de su pareja, después de pasar varios años en la campiña normanda. Allí siguió pintando paisajes, flores y cambios de estación con la misma fascinación con la que décadas antes había pintado piscinas californianas.

David Hockney deja una obra inmensa y diversa, pero sobre todo deja una forma muy concreta de mirar el mundo. Sus cuadros transmiten placer visual sin caer en la superficialidad. Hablan de deseo, de intimidad, de luz y de tiempo. Hablan también de libertad. Pintó durante toda su vida como quien se resiste a perder el asombro. Y esa obstinación luminosa termina siendo hoy, tras su muerte, la parte más perdurable de su legado.


David Hockney falleció en su casa el 11 de junio de 2026, un mes antes de cumplir 89 años.