Foto de Aurèlia Muñoz con su obra «Macra I», 1969.

Desde las primeras salas se percibe el alcance de la propuesta. La muestra reúne por primera vez piezas tempranas —collages, ensamblajes y tejidos bordados— junto a las grandes estructuras que consolidaron su reconocimiento internacional. Entre ellas destacan las esculturas de fibras anudadas y los pájaros-cometa, que transforman la sala en un paisaje aéreo y dinámico. El conjunto, procedente de colecciones públicas y privadas, así como del Archivo Aurèlia Muñoz, traza una trayectoria que abarca más de cinco décadas de trabajo.

Lejos de limitarse al ámbito del llamado arte de la fibra, Muñoz construyó un lenguaje propio en el que confluyen tradición y experimentación. Su obra dialoga con la arquitectura de su tiempo, con técnicas ancestrales y con disciplinas como la ingeniería o la ecología. Esa amplitud de referencias se traduce en un uso del material que no es solo formal, sino también conceptual, atento a las transformaciones del mundo contemporáneo y a las tensiones del contexto en el que desarrolló su carrera.

Comisariada por Fundació EINA, con Manuel Cirauqui y Rosa Lleó a la cabeza, y Sílvia Ventosa, responsable del Archivo Aurèlia Muñoz e hija de la artista, la exposición subraya, además, el carácter visionario de su práctica. Las piezas revelan una sensibilidad que anticipa debates actuales en torno a lo poshumano, los nuevos materialismos o las relaciones entre lo humano y lo no humano. Sus obras, pobladas de formas orgánicas y entidades híbridas, cuestionan las jerarquías tradicionales y proponen un universo en el que los límites entre cuerpo, objeto y entorno se diluyen.

Conocimiento y José de la Mano

Elvira Dyangani y Manuel Segade en la exposición «Aurèlia Muñoz. Entes». Fotografía: © Luis Domingo.

«Pocas veces en mi trayectoria he visto un montaje en el que se produzca tanto conocimiento sobre el trabajo de un artista», destaca Manuel Segade, director del Reina Sofía. «Recuperar la ondulación de las piezas, su vida al desplegarlas, ha sido un trabajo muy especial y profundo. Instalar piezas con un equipo puede ser, efectivamente, un espacio que produce conocimiento, y eso ha pasado, y mucho, aquí».

Elvira Dyangani, directora del MACBA entre 2021 y este año, recuerda que «una de las cosas que más le interesaban a Aurèlia Muñoz era trabajar la obra como conocimiento. Esto suponía resaltar aspectos de la lógica del trabajo, de la composición y del pensamiento filosófico en torno a lo que ella producía en los que participaban otros agentes, todos aquellos que la acompañaban en el proceso de ejecución: al probar los materiales, al trabajar con el papel, con el macramé y con otros elementos».

El director del Reina Sofía cerró su presentación con un reconocimiento muy especial: «Quizá no es habitual agradecer a una galería su trabajo, pero también es verdad que, si esta exposición nace hoy aquí, es gracias a que en Madrid hemos visto el gran trabajo que ha realizado José de la Mano con la figura de Aurèlia, que nos ha servido para abrir la mirada sobre ella».

 
El recorrido permite detenerse en los distintos momentos de su producción. Los primeros trabajos muestran a una artista que, tras decidir dedicarse plenamente a la creación en la madurez, absorbe influencias diversas. Desde el románico catalán hasta las vanguardias del siglo XX, pasando por técnicas textiles populares y referencias a artistas como Miró o Klee, todo se integra en una investigación que avanza hacia una progresiva liberación de la forma.

Esa evolución alcanza un punto decisivo con las esculturas de macramé. Realizadas principalmente entre finales de los años sesenta y comienzos de los ochenta, estas piezas introducen el nudo como gesto fundamental. Suspendidas en el aire, sus superficies tensas y sus volúmenes monumentales evocan tanto vestiduras ceremoniales como cuerpos autónomos. Muñoz convierte así el textil en estructura, en presencia escultórica capaz de ocupar el espacio con una intensidad inédita.

A finales de los setenta, su interés por el movimiento y el aire se traduce en una serie de obras que parecen desafiar la gravedad. Los llamados aerostatos y pájaros-cometa, construidos con telas y varillas, remiten a artefactos voladores primitivos y, al mismo tiempo, a criaturas vivas. No funcionan como máquinas, sino como entidades que habitan el espacio expositivo con una extraña vitalidad, ampliando la noción de escultura hacia territorios inestables.

El dibujo, presente a lo largo de toda su carrera, ocupa también un lugar destacado en la muestra. Estas delicadas obras —muchas de ellas nunca expuestas— revelan un imaginario complejo, poblado de figuras híbridas y estructuras laberínticas. Composiciones que funcionan como laboratorio visual, anticipando soluciones formales y evidenciando la autonomía de esta práctica dentro de su obra.

Otro de los núcleos del recorrido se centra en los libros aéreos desarrollados en los años ochenta. A partir del papel hecho a mano, Muñoz transforma el libro en objeto escultórico, ligero y suspendido. Estas piezas dialogan tanto con sus investigaciones sobre el vuelo como con las formas marinas que comienzan a ocupar su atención en ese periodo. Sus viajes a América Latina, y el contacto con tradiciones como el quipu andino, enriquecen este proceso de exploración.


El mar aparece entonces, en la última fase de su trayectoria, como un horizonte constante. Las obras en papel adoptan formas que remiten a algas, anémonas o caracolas, en un intento de trasladar al espacio artístico las dinámicas del mundo acuático. La artista entiende el material desde su proceso, desde su misma creación y transformación en contacto con el agua, y convierte esa experiencia en un eje central de su trabajo.

El cierre de la exposición introduce al visitante en el archivo de la artista, una sala entera que completa la comprensión de su figura y su proceso creativo. Bocetos, esbozos, dibujos preparatorios, fotografías de época y maquetas desplegadas de nuevo para la ocasión evidencian una práctica rigurosa, sostenida en el tiempo a pesar de las dificultades de un contexto marcado por la dictadura y el machismo. También revelan su vocación pedagógica y su interés por transmitir conocimiento.

Sílvia Ventosa, Rosa Lleó y Manuel Cirauqui en la exposición «Aurèlia Muñoz. Entes». Fotografía: © Luis Domingo.

Para Sílvia Ventosa, Muñoz fue una «artista total que no puso fronteras entre técnicas y materiales, aunque las utilizó todas con respeto y estudió de una manera muy profunda: el bordado, el macramé, la técnica de hacer velas, el papel hecho a mano… Ella parte de todas estas tradiciones, algunas de ellas del Neolítico o del Paleolítico superior; por ejemplo, la técnica de hacer nudos, que los niños es lo primero que aprenden para atarse los zapatos. Y, de lo más sencillo, darle la vuelta y convertirlo en arte contemporáneo».

Entes no se limita a revisar una trayectoria; esta gran exposición sitúa a Aurèlia Muñoz en el lugar que le corresponde dentro de la historia reciente del arte, como una creadora que amplió los límites de lo textil y abrió nuevas formas de pensar la relación entre materia, espacio y vida.


– Esta muestra ha sido organizada por el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y el Museu d’Art Contemporani de Barcelona (MACBA), donde podrá verse entre el 5 de noviembre de 2026 y el 29 de marzo de 2027.

50 años de trabajo

La exposición traza un recorrido integral por la obra de una figura imprescindible en la comprensión del arte textil contemporáneo. Vinculada en sus inicios a movimientos como la nouvelle tapisserie y a la Escuela Catalana del Tapiz, su práctica trasciende los ámbitos del tejido, la fibra o la artesanía. En su trabajo recurre a la combinación de técnicas ancestrales y recursos contemporáneos para prestar atención al impacto de las crisis posindustriales en los ecosistemas terrestres, acuáticos y aéreos, los cuales emergen como grandes motivos en su producción artística.

Los primeros collages y ensamblajes, de influencia surrealista y gótica, y los grandes bordados pictóricos dan paso en esta exposición a un conjunto inédito de estructuras de macramé procedentes de colecciones institucionales de España, Europa y Estados Unidos. Sus esculturas-cometa y sus últimas instalaciones, realizadas con papel hecho a mano, también tienen una presencia clave en la muestra, que, igualmente, incluye una vasta selección de maquetas y dibujos no expuestos hasta ahora.

La propuesta, cuyo título hace referencia a uno de los conceptos fundamentales en la obra de esta artista —los entes—, aborda más de cincuenta años de su práctica polifacética. Una visión sin precedentes que busca abrir nuevas perspectivas sobre su singular legado.