La muestra, organizada junto al Musée du Louvre y el Art Institute of Chicago con el patrocinio de Iberdrola, propone un recorrido que atraviesa toda la trayectoria del pintor. El resultado no responde únicamente al modelo clásico de retrospectiva. La exposición funciona también como una reflexión sobre su capacidad para convertir la materia en emoción, la austeridad en intensidad y el silencio en una experiencia visual de una fuerza casi física.
La selección destaca por la calidad de las obras reunidas. Desde los primeros pasos del recorrido se percibe una voluntad clara de situar al visitante frente a un artista total, capaz de levantar monumentales programas religiosos y, al mismo tiempo, encontrar una potencia extraordinaria en un simple cuenco, un paño blanco o el rostro de un santo.

Francisco de Zurbarán. «La crucifixión». The Art Institute of Chicago, Robert A. Waller Memorial Fund, 1954.15 © The Art Institute of Chicago.
La entrada deja ya una impresión rotunda. El Cristo crucificado, con un pintor, procedente del Museo Nacional del Prado, establece el tono de una exposición que gira constantemente alrededor de la mirada. Zurbarán no pinta únicamente figuras sagradas. Pinta presencia, peso, respiración y recogimiento. Frente a esas obras, el visitante entiende hasta qué punto el pintor convirtió la espiritualidad en algo tangible.
El recorrido se articula en siete secciones que permiten observar cómo evolucionó su lenguaje sin perder nunca una identidad propia. Las salas dedicadas a los encargos religiosos realizados para conventos y órdenes monásticas muestran a un creador capaz de organizar complejas narraciones visuales con una claridad asombrosa. Obras como La visión del beato Alonso Rodríguez, de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, revelan su dominio de la escala y su inteligencia compositiva, mientras la museografía facilita una observación cercana de detalles esenciales para entender su proceso creativo.
La exposición acierta especialmente al detenerse en la dimensión material de la pintura. En la sección dedicada a los tejidos y las texturas aparece uno de los grandes hallazgos del artista. Zurbarán transforma telas, bordados, cuerdas o pieles en protagonistas silenciosos de la escena. La célebre Santa Casilda, llegada del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, resume esa capacidad para convertir la luz y el tejido en lenguaje emocional. Sus santos parecen cuerpos reales detenidos en un instante de contemplación, alejados del artificio teatral que dominó buena parte del Barroco europeo.
La presencia del Museo del Prado resulta decisiva a lo largo de todo el recorrido. La pinacoteca nacional ha prestado algunas de las piezas fundamentales de la exposición y su contribución permite construir un discurso excepcionalmente sólido. La impronta de Gabriele Finaldi, hoy director de la National Gallery y entre 2002 y 2015 director adjunto de Conservación e Investigación del Prado, también se advierte desde las primeras salas, especialmente en la selección de obras capaces de ampliar la imagen habitual del pintor.
En ese sentido, la inclusión de la Cabeza colosal supone una de las aportaciones más sugerentes de la muestra. Vista en este contexto, la obra ensancha la percepción del artista y revela una faceta menos transitada de su imaginación pictórica. No se trata únicamente del gran pintor de monjes y mártires. También aparece aquí un creador abierto a lo extraño, a la teatralidad y a la invención.
Otro de los momentos culminantes llega con las obras procedentes de Estados Unidos. La Crucifixión de Chicago confirma la extraordinaria capacidad de Zurbarán para condensar dramatismo sin recurrir al exceso gestual. A pocos metros, el San Serapio del Wadsworth Atheneum Museum of Art mantiene intacta su capacidad de conmoción. La quietud de la figura, suspendida en una atmósfera casi irreal, sigue siendo una de las imágenes más radicales de toda la pintura española del siglo XVII.
La sala de bodegones permite reivindicar un aspecto esencial de la producción del maestro y, sobre todo, la figura de su hijo, Juan de Zurbarán (Llerena, Badajoz, 1620-Sevilla, 1649). La reunión de varias obras de Juan confirma lo que desde hace años defienden numerosos especialistas. Su aportación al bodegón español fue extraordinaria pese a una carrera truncada prematuramente. El conjunto formado por la pintura conservada en Chicago o el magistral bodegón de la National Gallery ofrece una oportunidad excepcional para valorar la singularidad de su mirada.

Francisco de Zurbarán. «Bodegón con limones, naranjas y una rosa». The Norton Simon Foundation, Pasadena, California © The Norton Simon Foundation.
En las últimas salas, la exposición se adentra en una dimensión más íntima y meditativa. Allí aparece un Zurbarán concentrado en la devoción privada, en formatos más reducidos pero de una intensidad emocional extraordinaria. El Agnus Dei, una de las imágenes más célebres del Barroco español, conserva intacta su capacidad hipnótica. Cerca de él, La Santa Faz del Museo Nacional de Escultura y el extraordinario Cristo y la Virgen en la casa de Nazaret del Cleveland Museum of Art construyen un final memorable.

Francisco de Zurbarán. «Cristo y la Virgen en la casa de Nazaret». The Cleveland Museum of Art, Leonard C. Hanna Jr. Fund 1960.116 © The Cleveland Museum of Art, Cleveland, Ohio.
Ese cierre resume perfectamente el sentido de toda la muestra. Zurbarán aparece aquí como un pintor de silencios densos, de luces suspendidas y de emociones contenidas. Un artista capaz de transformar la austeridad en una experiencia profundamente contemporánea.
Más de tres décadas después de la última gran presentación dedicada al artista en Londres, la National Gallery devuelve a Zurbarán el lugar que merece dentro de la pintura europea. La exposición no solo reivindica la grandeza de uno de los maestros esenciales del Siglo de Oro español. También confirma la vigencia de una obra que sigue hablando con una intensidad rara vez igualada en la historia del arte.
Tras su paso por Londres, la exposición —aunque con cambios sustanciales— viajará al Musée du Louvre, donde podrá visitarse del 7 de octubre de 2026 al 25 de enero de 2027. Después viajará al Art Institute of Chicago, donde se presentará entre el 28 de febrero y el 20 de junio de 2027.
Cinco razones
para redescubrir a Zurbarán en Londres

1. Uno de los grandes maestros del Siglo de Oro. Francisco de Zurbarán ocupa un lugar esencial en la pintura española del siglo XVII junto a Velázquez y Murillo, aunque su figura sigue siendo menos conocida fuera de España. La retrospectiva organizada por la National Gallery ofrece una oportunidad excepcional para acercarse a un artista decisivo a través de una selección de obras maestras llegadas desde museos y colecciones de Europa y Estados Unidos. La exposición recorre toda su trayectoria, desde sus primeros encargos religiosos hasta sus últimas pinturas de devoción privada. Santos monumentales, naturalezas muertas, escenas místicas y composiciones de gran formato revelan la amplitud de un creador que supo convertir la espiritualidad en una experiencia profundamente visual.
2. Entrar en el universo espiritual de sus pinturas. Zurbarán desarrolló buena parte de su carrera en Sevilla, una ciudad marcada por la intensa vida religiosa y el poder económico de las órdenes monásticas. Sus cuadros estaban destinados a conventos, iglesias y espacios de recogimiento donde la pintura funcionaba como una experiencia emocional y contemplativa. Entre las piezas más impactantes destaca La Crucifixión, procedente del Art Institute of Chicago, una obra temprana que ya demuestra la capacidad del artista para crear imágenes de enorme fuerza dramática. El contraste entre luces y sombras, la ausencia de elementos superfluos y el intenso naturalismo de las figuras acercan su pintura a una emoción directa y silenciosa.
3. Contemplar algunos de los bodegones más extraordinarios del Barroco. Las naturalezas muertas de Zurbarán siguen sorprendiendo por su modernidad. Limones, naranjas, rosas o recipientes de cerámica aparecen representados con una precisión casi táctil y una serenidad que convierte lo cotidiano en algo trascendente. La muestra reúne por primera vez obras fundamentales como Bodegón con limones, naranjas y una rosa, prestado por la Norton Simon Foundation, junto a Taza de agua y rosa de la colección londinense. También sobresale la presencia de varias pinturas de Juan de Zurbarán, cuya breve carrera dejó algunos de los mejores bodegones de la pintura española del siglo XVII.
4. Admirar su extraordinario tratamiento de las telas y el color. Pocos artistas han pintado las texturas con la sensibilidad de Zurbarán. Sedas, bordados, cuerdas, lana o cuero adquieren en sus cuadros una presencia casi real. Frente a obras como Santa Casilda, del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, el espectador percibe el peso de los tejidos y la delicadeza de la luz sobre cada superficie. Ese interés por las telas probablemente nació en el entorno familiar del pintor, hijo de un comerciante textil. A ello se suman las procesiones religiosas y el ambiente visual de la Sevilla barroca, elementos que terminaron integrándose en una pintura donde el color y la materia poseen una importancia decisiva.
5. Descubrir la ambición monumental de sus grandes encargos. La exposición también permite comprender la dimensión narrativa y arquitectónica de sus grandes ciclos religiosos. Zurbarán desarrolló soluciones visuales innovadoras para representar visiones, milagros y escenas sagradas en inmensos retablos destinados a monasterios y conventos. Uno de los momentos más destacados del recorrido es la reunión excepcional de varias pinturas procedentes del retablo de la Cartuja de Jerez. Obras como La Adoración de los Magos del Museo de Grenoble o La Virgen del Rosario con dos cartujos del Museo de Poznan muestran la capacidad del pintor para combinar monumentalidad, equilibrio compositivo y emoción espiritual en imágenes de una potencia extraordinaria.















