Inevitable pensar en semejante calamidad leyendo las primeras páginas de Última escala. En ellas, Marta San Miguel recrea ese momento —24 de marzo de 1916, ecuador de la Primera Guerra Mundial— en que el pianista y compositor Enrique Granados pierde la vida, con 48 años, abrazado a su esposa en las aguas del Canal de la Mancha a resultas de un torpedo. Ninguno de los dos sabía nadar. El origen del proyectil era un submarino alemán que había disparado contra el barco en el que viajaba el matrimonio, deseosos ambos de llegar a puerto, volver a ver pronto a sus seis hijos y confiados en que su situación económica iría, por fin, a mejor tras haber triunfado en Nueva York.

Marta San Miguel.
En la nueva capital del mundo, Granados había estrenado la ópera Goyescas y había sido luego invitado por el presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, a dar un recital de piano en la Casa Blanca, dado el entusiasmo generalizado que su composición había cosechado en el Metropolitan. El mar le aterraba y no pocas veces había verbalizado su miedo a morir ahogado en alguna travesía.
Una vez descrito el horror —al que volveremos al final del libro—, San Miguel nos traslada a la infancia del músico para contarnos su historia de manera cronológica intercalando capítulos breves que son una puerta al taller de escritura de la autora con pinceladas biográficas (incluido su descubrimiento cuando era niña de la Danza n.º 2), viajes en busca de documentación y direcciones concretas de Barcelona, reflexiones varias y la clave de este excelente ejercicio literario: “Trato de imaginar cómo será ese hombre con todos los objetos que tengo ahora delante: su agenda, unos pequeños quevedos, medallas y condecoraciones. Y sobre todo por la escultura de su mano izquierda”. Son las armas de la literatura que permiten trascender el valor más obvio de una biografía sin necesidad de inventar nada; algo en la línea de lo que hicieron Jean Echenoz con su Ravel o Frank Maubert con La última modelo, centrado en Alberto Giacometti.
Requiere un talento especial saber dar con esa selección de rasgos y momentos vitales a partir de los cuales atrapar el alma de un artista en apenas doscientas páginas: la manera obsesiva en que se fijaba en cuanto suena cada día a su alrededor (“y todo ese botín de sonidos lo almacena en la parte blanca de sus manos”), el disgusto de tocar en cafés que aportan más molestias que dinero, la obligada excursión a un París que le transforma, la aventura madrileña con pocos recursos que incluye el descubrimiento epifánico de las pinturas de Goya en el Museo del Prado, la fundación de la Academia que llevó su nombre y en la que fue docente a sabiendas de que podía ganar más despachando música comercial o el flechazo y relación con Amparo, enamorada de un genio que es también un desastre con patas (“uno que olvida dónde ha dejado las gafas o los cuadernos de anotaciones, o el año en el que vive, que inventa poemas mientras pasean, que dedica horas a escribir una carta para Pedrell con las dudas sobre cómo acabar el tercer movimiento del Quinteto que está componiendo, y que después la rompe”). Y, claro está, los encuentros con algunos nombres propios, con más o menos protagonismo, que son a su vez nombres mayores de la historia de la música española: Isaac Albéniz, Ricardo Viñes, Pau Casals, Eduardo Toldrá, Joaquín Turina, Frederic Mompou…
En el capítulo de curiosidades, dos. Que Granados se ahogara por no saber nadar, pero que su tercer hijo, Enrique Granados Gal, publicara un libro titulado Cómo se llega a nadador y que el nieto, Enrique Granados Aumacellas, fuera nadador olímpico en Helsinki 1952. Lo cuentas en una novela y no cuela. La otra curiosidad hace referencia al Granados considerado el Grieg español. Edvard Grieg supo contribuir a la identidad nacional noruega trabajando con canciones del folclore. “Quiero edificar nuestra música sobre la base de nuestra canción popular, hermosa y casi desconocida en las naciones de Europa”, anunció Granados, que sabía y quería llegar a la gente sin renunciar a la calidad. En realidad, en cuestiones artísticas, como creador, no era ni nacionalista catalán ni español: “Yo me considero tan catalán como el que más, pero en mi música quiero expresar lo que siento, lo que admiro y lo que me parezca bien, sea andaluz o chino”. En cambio, uno, que ya apenas saca a pasear al nacionalista que lleva dentro ni en los mundiales de fútbol, experimenta el sentimiento de pertenencia desde la primera nota de las Danzas españolas. La magia del mejor arte.
















