Más de una década después de su publicación, SPQR conserva intacta su capacidad para cuestionar certezas. Convertido en un fenómeno editorial, ha vendido cientos de miles de ejemplares en inglés y suma mas de veinte ediciones en otros idiomas. Su éxito no ha agotado la obra, que continúa reeditándose y mantiene un lugar destacado en los estudios sobre la civilización romana.
Beard no pretende fijar una versión definitiva de su historia, sino explicar por qué cada generación necesita volver a ella. Aborda cerca de mil años de historia, aunque el recorrido elude deliberadamente la cronología convencional. En lugar de comenzar con Rómulo y Remo, abre el relato en el año 63 a. C., cuando Cicerón denunció la conspiración de Catilina y ordenó ejecutar sin juicio a varios ciudadanos. La elección resulta reveladora. Frente a una Roma remota, envuelta en mitos y testimonios inciertos, ese episodio permite acceder a una sociedad documentada a través de cartas, discursos, poemas, tratados y relatos históricos.
El lector entra así en una ciudad de más de un millón de habitantes, gobernada todavía sin emperadores y convertida ya en el centro de un extenso dominio mediterráneo. Roma aparece como una mezcla difícil de separar. Lujo y miseria, libertad y abuso, orgullo cívico y violencia política convivían en sus calles. La crisis de Catilina concentra muchas de esas contradicciones y plantea un dilema reconocible en cualquier época. Hasta dónde puede llegar un Estado en nombre de la seguridad y qué sucede cuando la defensa de la legalidad conduce a vulnerarla.
Cicerón proclamó haber salvado la república, pero su triunfo terminó volviéndose contra él. Las ejecuciones sumarias de los conspiradores desembocaron años después en su exilio. Beard evita aceptar sin reservas el relato del vencedor y examina las fuentes como construcciones interesadas. Su propósito no consiste en sustituir un héroe por otro, sino en mostrar cómo se fabrica una versión de los hechos y quién obtiene el derecho a transmitirla.
Ventaja decisiva
Esa vigilancia recorre todo el libro. La autora desconfía tanto de las leyendas fundacionales como de las representaciones posteriores que han convertido Roma en una sucesión de mármoles resplandecientes, emperadores dementes y generales invencibles. La urbe de Cicerón era en buena medida un laberinto de ladrillo, callejones oscuros, viviendas ruinosas y enfermedades. Los romanos tampoco poseían desde sus orígenes una misión imperial claramente concebida. Su expansión fue el resultado de una combinación de fortuna, improvisación y decisiones que terminaron proporcionándoles una ventaja decisiva.
Entre ellas sobresale la capacidad para incorporar a los vencidos. Roma no se limitó a someter territorios. Integró a muchos de sus habitantes en el ejército, amplió gradualmente la ciudadanía y permitió que extranjeros y antiguos esclavos pasaran a formar parte de la comunidad política. Esa flexibilidad, más que una supuesta superioridad militar o moral, ayuda a comprender por qué una modesta población situada junto al Tíber consiguió extender su poder desde las islas británicas hasta los límites de Asia.
El título resume esa voluntad de ampliar el foco. Las siglas de Senatus Populusque Romanus, todavía visibles en las calles de la Roma contemporánea, reúnen al Senado y al pueblo. Beard se toma en serio ambos términos. La historia deja de pertenecer únicamente a gobernantes, senadores y jefes militares para prestar atención a libertos, esclavos, mujeres, artesanos, soldados y habitantes de las provincias.
Las huellas de esas vidas suelen ser fragmentarias, pero la autora sabe convertirlas en preguntas fértiles. Una lápida encontrada en el norte de Britania recuerda a Regina, una antigua esclava britana liberada y casada con un hombre procedente de Palmira. La inscripción aparece escrita en latín y arameo. El monumento no permite reconstruir por completo su biografía, aunque revela un imperio atravesado por desplazamientos, lenguas y uniones que desmienten la imagen de comunidades inmóviles y homogéneas.
Conocimiento y duda
Las nuevas técnicas científicas refuerzan esa visión. El análisis de los dientes puede descubrir si una persona murió lejos del lugar donde había crecido. Los restos conservados en una antigua fosa de Herculano informan sobre la alimentación cotidiana de quienes habitaban los pisos superiores. Los sondeos realizados en el hielo de Groenlandia han detectado rastros de contaminación relacionados probablemente con la explotación romana de las minas de plata hispanas. Beard incorpora estos hallazgos sin deslumbrarse ante ellos. La ciencia aporta respuestas inéditas, pero cada descubrimiento abre a su vez nuevas zonas de incertidumbre.
Ese equilibrio entre conocimiento y duda define su manera de escribir. La erudición nunca se presenta como una exhibición de autoridad. Beard distingue con claridad lo comprobable de lo probable y lo probable de lo legendario. Cuando las fuentes callan, no disimula el vacío. Cuando se contradicen, explica sus intereses. Incluso ante los nombres más célebres rehúye las interpretaciones cerradas. Julio César puede ser al mismo tiempo un dirigente popular y un dictador peligroso. Marco Aurelio, admirado como filósofo estoico, gobernó un imperio capaz de celebrar visualmente la matanza de sus enemigos.
La misma revisión afecta a las mujeres romanas. Las historias antiguas convirtieron a figuras cercanas al poder en envenenadoras, intrigantes o madres dominadas por una ambición desmedida. Beard observa esos retratos como proyecciones de una sociedad patriarcal que atribuía a la perversidad femenina los accidentes de la política. Su lectura no inventa un protagonismo que las pruebas no sostienen, pero tampoco acepta el lugar secundario que la historiografía tradicional les había reservado.
El libro desmonta de este modo cualquier idealización complaciente. Roma desarrolló instituciones políticas complejas, ensayó el voto secreto y articuló una idea de ciudadanía extraordinariamente expansiva para su tiempo. También sostuvo una sociedad profundamente desigual. El voto de los ricos pesaba más que el de los pobres, la justicia protegía sobre todo a quienes podían permitírsela y la esclavitud alimentaba la economía y el tráfico humano por todo el Mediterráneo. Su poder produjo obras admirables y episodios de una brutalidad extrema.
Ciudadanía
Beard conduce el relato hasta el año 212, cuando el emperador Caracalla concedió la ciudadanía romana a todos los habitantes libres del imperio. Más que un desenlace político, la medida representa la culminación de una larga transformación. La pregunta que había acompañado durante siglos a Roma, quién podía ser romano, recibía una respuesta que alteraba la propia naturaleza del imperio. La identidad nacida en una ciudad se había extendido hasta abarcar un territorio inmenso y diverso.
El límite cronológico deja fuera cuestiones importantes y concede mayor espacio a la crisis republicana y al nacimiento del principado que a otros periodos. Tampoco puede un solo volumen explicar con igual profundidad la administración provincial, la economía esclavista o las razones que llevaron a la sociedad romana a aceptar el gobierno imperial. La propia autora reconoce ese carácter incompleto. Su historia no aspira a sustituir todos los estudios anteriores, sino a participar en una investigación colectiva que permanece en marcha.
La escritura convierte esa ambición en una lectura viva. Las instituciones y los procesos sociales avanzan junto a anécdotas, epitafios, ruinas y testimonios cotidianos. La ironía aparece con naturalidad, sin rebajar el rigor. Beard puede pasar de un debate sobre la ciudadanía a un vertedero de ánforas, de la propaganda de Cicerón a los alimentos consumidos por una familia de Herculano. Esa variedad no dispersa el relato. Le devuelve a Roma la textura contradictoria de una sociedad habitada.
SPQR sigue siendo una obra clave porque no presenta la civilización romana como un monumento inmóvil. La examina como un laboratorio político y social cuyos problemas todavía nos interpelan. Quién pertenece a una comunidad, cómo se distribuye el poder, qué derechos protege la ciudadanía o de qué modo una sociedad justifica su violencia son preguntas romanas que nunca han dejado de ser nuestras.
Mary Beard demuestra que divulgar no significa simplificar, sino hacer comprensible la complejidad. Su libro reúne medio siglo de estudio con una curiosidad que se resiste a convertir la historia en dogma. Roma permanece abierta a nuevas pruebas, nuevas miradas y nuevas discusiones. En esa conciencia de que el pasado nunca termina de explicarse reside la vigencia de una obra que, desde su publicación, ha cambiado la forma de acercarse al mundo romano.















