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La obra recupera a Mónica, Ramón, Nuria y Olavi, los personajes de Laponia, otro éxito firmado por Clemente y Angelet. Han pasado más de 10 años desde aquel conflicto familiar alrededor de Papá Noel. Los niños de entonces son ahora adolescentes y las preocupaciones de sus padres también han cambiado. Ya no se trata de conservar la magia de la infancia, sino de asumir que los hijos han empezado a tomar decisiones propias. Pero ojo, quien no haya visto la anterior comedia puede entrar sin dificultad alguna en esta nueva historia, independiente en su argumento, aunque enriquecida por la complicidad previa entre personajes, autores e intérpretes.

Mónica y Ramón esperan la llegada de Martín, su hijo adolescente, una joven promesa del fútbol que juega en la cantera del Real Madrid. El muchacho, que durante años pareció desmotivado y poco integrado, parece que ha encontrado gracias al deporte su lugar en el mundo. Sus padres sueñan despiertos con la posibilidad de una carrera futbolística brillante. El fútbol se ha convertido para ellos en una pasión, pero también en una promesa de reconocimiento, dinero a espuertas y ascenso social meteórico.

Martín, sin embargo, no aparece. Su ausencia ocupa el escenario antes incluso de que se conozcan sus motivos. Cuando comunica que quiere abandonar el fútbol, el sueño construido por sus padres empieza a desmoronarse. Lo que para él es una elección personal, para Mónica y Ramón equivale a desperdiciar una oportunidad irrepetible. Creen defender el porvenir de su hijo, pero nunca se han parado a preguntarle qué desea realmente.

Ese desplazamiento del amor hacia el control constituye el corazón de Victoria. Clemente y Angelet observan la paternidad como una suma de responsabilidades, temores y proyecciones que pueden terminar anulando la voluntad de aquellos a quienes se pretende proteger. Pero la obra no presenta a los padres como seres egoístas ni convierte a los hijos en portadores de la razón. Su principal acierto consiste en situar el conflicto donde resulta difícil separar el amor del miedo y la generosidad de la ambición.

Mónica encarna de manera especialmente intensa esa contradicción. Está convencida de conocer las necesidades de Martín y de actuar por su bien. La posibilidad de que el joven abandone una carrera prometedora le parece una irresponsabilidad, pero también una impugnación de todos los esfuerzos y expectativas depositados en él. Bajo su enfado late el vértigo de una madre que descubre que su hijo ya no necesita que le organicen la vida. Amparo Larrañaga aborda el personaje con la autoridad cómica y la energía que exige una mujer a la que le cuesta horrores perder ese control.

A su lado, Ramón trata de contener la explosión familiar mientras oculta información que puede modificar el curso de la noche. Iñaki Miramón compone con Larrañaga una pareja escénica de probada eficacia. Ambos llevan décadas coincidiendo sobre las tablas y esa larga relación profesional se percibe en la naturalidad de sus réplicas, en el manejo de los silencios y en una compenetración que permite que la discusión avance sin perder ritmo. Sus personajes se entienden incluso cuando discrepan y revelan, a través de pequeños gestos, el desgaste que provoca defender un futuro que solo existe en su imaginación.

Frente a ellos se encuentra Olavi, interpretado por Juli Fàbregas. El finlandés observa el entusiasmo futbolístico español con la distancia de quien rechaza las pasiones colectivas y presume de una educación más tolerante. Su defensa de la libertad de Martín parece situarlo en una posición moral superior. Sostiene que los jóvenes deben tener la posibilidad de probar, equivocarse y cambiar de rumbo. Pero la coherencia resulta sencilla mientras las decisiones ajenas no afectan a los propios intereses. Cuando descubre que su hija Aina también ha trazado sus planes sin consultarle, su serenidad empieza a resquebrajarse.

La contradicción de Olavi es uno de los hallazgos de la función. Los autores no permiten que ningún personaje conserve durante demasiado tiempo el papel de juez imparcial. Todos terminan expuestos por sus propias incoherencias. La tolerancia, como el autoritarismo, puede convertirse en una pose, y quienes se consideran más abiertos no siempre reaccionan mejor cuando sus hijos dejan de comportarse como esperaban.

Nuria, interpretada por Mar Abascal, completa este cuadrilátero familiar. Su relación con Mónica proporciona algunos de los momentos más mordaces de la obra. Las hermanas se adoran, pero también conocen sus puntos débiles y se dicen aquello que nadie más se atrevería a formular. Entre ambas circulan antiguos reproches, secretos y diferentes maneras de entender la familia.

Aunque nunca aparece en escena, otro personaje sobrevuela la representación. Es Victoria, madre de las dos hermanas, que se comunica desde su habitación mediante una luz roja y un peculiar código morse. Anuncia periódicamente su muerte inminente y manifiesta su intención de trasladarse a una residencia de lujo en la que viven sus amigas. Mónica, por supuesto, considera que sabe mejor que ella dónde debe estar. Este recurso cómico encierra la metáfora de la función: los adultos que se resisten a que sus hijos elijan su propio camino son también hijos incapaces de respetar las decisiones de una madre.

La luz roja se convierte así en una señal de alarma y en la expresión visible de una incomunicación que atraviesa varias generaciones. Victoria pide que la escuchen; los demás interpretan sus mensajes desde sus propios intereses. Algo semejante ocurre con Martín y Aina, presentes en la conversación aunque ausentes del escenario. Los adultos hablan continuamente sobre ellos, explican lo que sienten, anticipan sus errores y deciden qué les conviene, pero rara vez admiten que quizá no los conocen tanto como creen.

Ficha artística


Reparto: Amparo Larrañaga, Iñaki Miramón, Mar Abascal y Juli Fàbregas
Con la colaboración especial de Juanma Cueto e Israel Herraiz
Autoría: Marc Angelet y Cristina Clemente
Dirección: Cristina Clemente y Marc Angelet

Ficha técnica

Producción ejecutiva: Verteatro
Dirección de producción: Carlos Larrañaga
Diseño de escenografía: Anna Tusell
Diseño de iluminación: David González
Diseño de sonido: Manuel Solís
Diseño de vestuario: Ángel Plana
Ayudante de dirección: Elena Mateo
Ayudante de producción: Beatriz Díaz
Dirección técnica: David González
Construcción de escenografía: Mambo Decorados
Prensa: La Cultura a Escena – Ángel Galán
Fotografía: David Ruano
Maquillaje: Noelia Camino (aquíBelleza)
Vídeo y fotografía de escena: Nacho Peña
Diseño gráfico: Hawork Studio
Gerencia y regiduría: Ángel Plana
Agradecimientos: A.D. Arganda C.F. y Josep Julien