Oscilante entre el gozo de ser y estar sobre la tierra, la ira ante algunas de los hechos y circunstancias que le rodean, la evidencia de que algún día todo concluye y el escéptico pesimismo de que nada ni nadie puede luchar contra esa realidad, Quasimodo destila una producción a ratos marcada por lo clásico y los clásicos, a ratos nimbada de añoranza por el mundo y las cosas perdidas, a ratos fuertemente comprometida con la sociedad en la que vive, pero siempre sensual, profundamente lírica bajo una sencilla apariencia no siempre entendida.

Injustas reticencias

De hecho, y siendo uno de los grandes poetas italianos del siglo XX, suscita no pocas reticencias en quienes lo sitúan por debajo de autores como Ungaretti o Eugenio Montale. No fue ajeno a esta situación y escribió: “Ciertos críticos italianos mantienen hacia mí una actitud de reproche; aprobarían mis poemas si de ellos se quitara lo que consideran sobrante. Lo que consideran sobrante es precisamente la poesía”.

La concesión del Premio Nobel de Literatura en 1959 contribuyó a escarbar en la herida de esa injusta polémica, pues por encima de cualquier disensión, es incuestionable que Salvatore Quasimodo es un poeta excepcional cuya palabra ha conmovido y sigue haciéndolo a millones de seres humanos.

Este silencio detenido en las calles,
este viento indolente que ahora se desliza
bajo, entre las muertas hojas , o se eleva
a los colores de las banderas extranjeras…
Acaso el ansia de decirte una palabra
antes de que aún se vuelva a cerrar el cielo
sobre otro día, acaso la inercia,
el más vil de nuestros males… La vida
no se halla en este tremendo y oscuro
latir del corazón, no es piedad
sino un juego de la sangre en el que la muerte
está en flor.

Entre la luz y el viento

 

Sencillo. Humilde. Nacido en Sicilia. Atrapado por la luz y el viento de su isla Quasimodo construye una obra de horizontes abiertos sobre una geografía hermética en la que la infancia y lo perdido pesa, como pesan las ilusiones y los sueños, la preocupación social, las desesperanzas, las frustraciones, lo que no pudo ser…

Desarraigado de los vivos,
corazón transitorio,
soy un límite vano…
Tú me has mirado dentro,
en la oscuridad de las vísceras;
ninguno tiene mi desesperación
en su alma:
soy un hombre solo,
un solo infierno.

Pasan los años por su vida, los trabajos, su paciente labor literaria como extraordinario traductor de autores clásicos y como creador. Todo envuelto, -la vida. los trabajos, los libros-, en una especie de contenido sinsabor; de añoranza y ocasión perdida. En esa línea y formando parte de La vida no es un sueño escribe en 1946 esta Carta a la madre:

“Mater dulcísima, ahora descienden las nieblas,
y el Naviglio embiste confuso contra los muelles,
los árboles se hinchan de agua, arden de nieve;
no estoy triste en el Norte: no estoy
en paz conmigo mismo, más no espero
perdón de nadie, muchos me deben lágrimas
de hombre a hombre. Sé que no estás bien, que vives,
como todas las madres de los poetas, pobre
y con la justa medida de amor
a causa de tus hijos lejanos. Hoy soy yo
quien te escribe”. – Al fín, dirás, dos líneas
de aquel muchacho que huyó de noche con un abrigo corto
y algunos versos en el bolsillo. Pobre, tan generoso,
un día lo matarán en cualquier parte-.
“En verdad, lo recuerdo, fue en aquel gris andén
de trenes lentos que llevaban almendras y naranjas
a la desembocadura del Imera, el río lleno de urracas,
de sal, de eucaliptos. Más ahora te agradezco,
así lo deseo, la ironía que has puesto
sobre mis labios, mansa como la tuya.
Esa sonrisa me ha salvado de llantos y dolores.
Y no importa si ahora derramo lágrimas por ti,
por todos los que como tú esperan
y no saben que esperan. Ah, muerte amable,
no toques el reloj que en la cocina late sobre el muro,
toda mi infancia pasó sobre el esmalte
de su cuadrante, sobre sus flores pintadas:
no toques las manos, el corazón de los viejos.
Pero ¿acaso alguien responde? Oh piadosa muerte,
muerte honesta. Adiós, querida, adiós mi dulcíssima mater”.

Dignidad

Dependiendo del momento su obra alcanza un lirismo menos atormentado ahondando en ese escepticismo melancólico que confiere a toda su poesía una musicalidad peculiar y una gran dignidad.

Lejanos pájaros abiertos en la tarde
tiemblan sobre el río. Y la lluvia insiste
y el silbo de los chopos iluminados
por el viento. Como todo cuanto es remoto
retornas a la mente. El leve verdor
de tu ropaje aquí está entre las plantas
abrasadas por los rayos donde se alza
la dulce colina de Ardenno y se oye
al azor sobre los abanicos del sorgo.

Pero inevitable retorna una y otra vez a sus palabras la inquietud, el enigma. Ese sentimiento lacerante:

Decías: muerte silencio soledad;
y también, amor, vida. Palabras
de nuestras precarias imágenes.
Y el viento se ha alzado ligero cada mañana
y el tiempo color de lluvia y de hierro
ha pasado sobre las piedras,
sobre nuestro cerrado zumbido de malditos.
Aún está lejos la verdad.
Y dime, hombre quebrado sobre la cruz,
y tú, el de las manos espesas de sangre,
¿cómo responderé a los que preguntan?
Ahora, ahora: antes de que otro silencio
entre en los ojos, antes que otro viento
se levante y otra herrumbre florezca.

Así poema a poema, libro a libro emerge una obra grande que acaso pueda condensarse en esos breves y memorables versos en los que  nos habla de la soledad del hombre ante el mundo, del rayo de sol que alienta su efímera existencia, del final que pende sobre la historia de cada cual pues de un modo inexorable: de pronto anochece.

 

Claves de una vida intensa

-Salvatore Quasimodo nació en Siracusa (Sicilia) el 20 de agosto de 1901.

-Inicialmente cursó estudios técnicos de ingeniería que interrumpió pronto. En 1921 se instaló en Roma en donde estudió griego y latín. Sus estudios y traducciones de autores clásicos como Sófocles y Ovidio siguen siendo referentes en este campo de la literatura.

-Tradujo además a otros autores de muy distintas lenguas y culturas como Shakespeare, Molière, Cummings o Neruda.

-Trabajó durante más de diez años como funcionario del Ministerio de Obras Públicas en Calabria, Liguria, Cerdeña, Lombardía y Valtellina.

-Finalmente se estableció en Milán donde formó parte de la redacción del semanario Tempo, ejerció la crítica teatral y, desde 1939, fue profesor de literatura italiana en el Conservatorio de Música Giuseppe Verdi.

-La conciencia del desastre de la Segunda Guerra Mundial influye de modo evidente en el tono de buena parte de una obra literaria abundante, -que arrancó en 1930 con la publicación de Agua y tierra-, en la que los críticos distinguen dos partes diferenciadas, una de intenso lirismo de raíz mediterránea y otra marcada por el compromiso ante la compleja realidad social que le circunda.

-Estando en Moscú sufre en 1958 un grave infarto. Permanece hospitalizado en aquella ciudad varios meses. En la angustia y serenidad de la convalecencia se muestra convencido de un inminente final que no se produce. De este período nace en su poesía una forma nueva, menos dramática, de contemplar la pérdida y la muerte.

-Entre sus obras: Oboe sumergido (1932), Erato y Apollion (1936), Y de pronto anochece (1942), Día tras día (1947), La vida no es un sueño (1954), La tierra incomparable (1958) y su libro final, Debe y haber, publicado en 1966.

-En 1959 obtuvo el Premio Nobel de Literatura.

-Murió de forma repentina en Nápoles, ciudad en la que se encontraba de paso por motivos laborales, el 14 de junio de 1968.