Había nacido en Shaker Heights, Ohio, el 26 de enero de 1925, en el seno de una familia acomodada de origen centroeuropeo. Con los años, el destino, de cumplirse, le hubiera colocado al frente del próspero negocio de artículos deportivos que su padre regentaba. Pero se sabe que el destino marca cartas y hace quiebros imprevistos y el del joven Paul se dirigió, –no se sabe por qué pues no había precedentes entre los suyos–, hacia la interpretación.

El comienzo

Tras una temporada en Yale, en 1952 logró ingresar en el mítico Actor’s Studio de Lee Strasberg y Elia Kazan con la idea de trabajar en el teatro. Pero fue en el cine en donde debutó en 1954 con un papel en El cáliz de plata, una película que siempre detestó pero que dejó ver que ahí, en ese rostro y en ese cuerpo atlético, había un actor.

paul-newman-1950sDos años después, en un papel que estaba destinado a James Dean –quien estamparía coche y vida contra un árbol días antes de iniciar el rodaje–, lograba, de la mano de Robert Wise y dando vida al boxeador Rocky Graziano, su primer gran trabajo en Marcado por el odio.

Su carrera cinematográfica ya no tenía vuelta atrás. Irían cayendo años y películas: La gata sobre el tejado de zinc, El buscavidas, Dulce pájaro de juventud, La leyenda del indomable, Ausencia de malicia, El largo y cálido verano, Éxodo, Cortina rasgada, El juez de la horca, Con el agua al cuello, Esperando a Mr. Brigde, Veredicto final… consolidando una aparentemente desenfadada forma de interpretar, pero extremadamente meticulosa en los detalles, que ha dejado en todo el mundo un reguero de admiración.

“Yo, no”

Modesto hasta la exageración, otra peculiaridad que resaltan todos sus conocedores, no se sintió nunca uno de los elegidos: “Hay pocos actores que puedan evitar las limitaciones. Solamente los grandes poseen un inagotable caudal de variedad. Brando, Olivier, Guinness… mi mujer Joanne, yo no”, declararía en una entrevista casi al final de sus días.

“Era ese tipo que a todos nos hubiera gustado haber sido”, dijo de él Robert Redford, con quien a través de películas como Dos hombres y un destino o El golpe construyó una de las parejas cinematográficas que han y siguen levantando más pasiones.

Sin cicatrices

Las cicatrices de los años apenas le pasaron factura. Azul siguió siendo el fondo de su sonrisa y su voz, siempre personalísima, fue tornándose más grave y rasgándose para aportar mayor intensidad a un tipo de personajes que enriquecieron la segunda parte de su carrera (Mensaje en una botella, Al caer el sol, Ni un pelo de tonto o Camino a la perdición).

De una u otra forma, el proceso de envejecer gravita sobre sus últimos papeles en la pantalla. Entre ellos, por intensidad, sutileza y emoción el actor confesó sentirse especialmente satisfecho con el hombre que se debate entre la culpa, la venganza y el arrepentimiento en Camino a la perdición (2002). Concluido el rodaje, su director, Sam Mendes, diría aquello de “Newman es un maestro que, sin pretenderlo, apabulla. Cada día te enseña alguna clave sobre esto que llamamos cine”.

Tres Oscar

Tardó, pero el Oscar acabó por llegar. Luego caerían dos más.

Tras ser nominado en nueve ocasiones, el primero recaería en su figura en 1985 como reconocimiento de la Academia de Hollywood a toda su carrera. Un año más tarde se llevó el de mejor actor por su impresionante tono en El color del dinero, de Martin Scorsese. Y en 1993, recogió el Oscar Humanitario Jean Hersolt como premio a su labor en la reinserción de toxicómanos.

También director

Cumpliendo una aspiración, “casi anterior a mi vocación interpretativa”, en 1968 se inicia como director con la magnífica Rachel, Rachel, protagonizada por su segunda esposa, Joanne Woodward (un muy joven Newman se había casado tras licenciarse en el ejército con Jackie Witte, una unión que nunca acabó de fraguar y pronto se rompería).

Al otro lado de la cámara y con Woddward como musa, dirigió cintas de distinto calado pero siempre muy estimables, como El efecto de los rayos Gamma sobre las margaritas, El zoo de cristal y La caja de sombras.

Solidario

newman-woodardDeseado por todas, con Joanne tuvo 50 años de vida en común y tres hijas. De su primera unión tuvo un chico, Scott, cuyo trágico final ligado al consumo de drogas aumentó exponencialmente el compromiso del actor con el mundo de los abismos sociales.

Puso apellido y lucha en una fundación y creo un salsa multivendida. De hecho, mítica fue su afición a la cerveza y a la buena mesa. “Lo más embarazoso”, dijo con su habitual sarcasmo, “es que el aliño de mis ensaladas está superando a mis películas”.

Dedicó tiempo y ganas a esa y otras cuestiones sociales, como su implicación con la Alianza para la Defensa del Medio Ambiente y la de los campamentos de verano para niños gravemente enfermos. Gracias a Hole in the Wall Camps, iniciativa por él fundada y a la que se dedicó hasta el final de su vida, 15.000 niños disfrutan cada año de unas semanas de ocio. Desde que iniciaron su actividad, más de 120.000 chicos y chicas han pasado por estos campamentos, en los que cada verano colaboran de manera gratuita más de 7.500 voluntarios.

Piloto

Tuvo tiempo, además, para embarcarse en distintos momentos en la aventura de la producción, llegando a formar sociedad en 1969 con Barbra Streisand, Sidney Poitier y Steve McQueen.

Y, por supuesto, jugar con la velocidad pilotando bólidos, otra de sus grandes pasiones. Una faceta en la que destacó y exprimió hasta muy tarde, siendo, a los 70 años cumplidos, el corredor más longevo que haya ganado en Estados Unidos una gran carrera, al lograr la victoria en las 24 horas de Daytona. Años antes, en 1979, había quedado segundo en las 24 horas de Le Mans.

Adiós

“Era ese tipo que a todos nos hubiera gustado haber sido…”. Resuenan al evocar su ausencia las palabras de Redford. ¿Sólo las de Redford?

Ahora, cuando se cumplen cinco años de su adiós todos las hacemos nuestras. Crece la dimensión de su recuerdo y nos atrevemos a afirmar que aquella sonrisa magnética y azul, con su punto golfo a ratos y transparente siempre, era honesta. A todos nos hubiera gustado ser Newman alguna vez porque esa sonrisa albergaba a un tipo que, realmente, merecía la pena.