Las comisarias Alicia Ventura, asesora de la Colección DKV, y Amparo López, conservadora jefe del Museo Lázaro Galdiano, han seleccionado las obras a partir de la historia del edificio: cada una de las piezas remite de manera más o menos directa a la función original de la estancia en la que se exhiben. Como explica López, “la museografía actual del Lázaro Galdiano se aleja de la recreación de la casa, cuyo uso original pervive únicamente en la arquitectura. Las obras de la exposición reactivan esta memoria latente a través de un juego intelectual y sensorial que busca estimular en la mirada del espectador las conexiones entre el pasado y el presente”.

Por ejemplo, la planta baja era antiguamente “el espacio de servicio, servía de almacén, ya que por aquí se metían las mercancías a la vivienda”, asegura Amparo López. Pero también fue lugar de acogida, estudio y distribución de las obras de arte. “Hoy son las obras de Karmelo Bermejo, Nuno Nunes-Ferreira, Antonio Montalvo, Nico Munuera y Guillermo Mora las que apenas acaban de desembarcar, aludiendo desde prácticas muy diversas a un espacio transicional y a una cierta idea de trabajo en proceso, como el inicio del montaje de las obras en una exposición”, explica Ventura.

Sin embargo, la primera planta era un espacio más público. Para descubrirla, las comisarias invitan a los visitantes a mirar los techos, porque en sus frescos se guardan las pistas que les ayudarán a saber para qué se utilizaba originalmente cada estancia. Aquí se podrán ver trabajos de José Ramón Amondarain, Alain Urrutia, Amondarain y Urrutia; y el salón de baile, uno de los espacios más sobresalientes de la casa, está ocupado por obras que están en conexión con la idea de baile. Destaca el trabajo performativo de Pablo Valbuena, cuya composición a base de baldosas se irá modificando a lo largo de la muestra.

En la intimidad

La segunda planta, reservada para uso privado, acoge obras con temáticas que tienen un cierto aire nostálgico. Este clima emocional está marcado por la obra de Pep Fajardo, inspirada en las composiciones de Erik Satie, Ogive Satie. La cualidad melancólica se acentúa con la instalación de Ignacio Llamas que tiene algo de casa de muñeca para adultos, mientras que la obra de Sergio Luna habla de la imposibilidad de capturar el tiempo. En los antiguos dormitorios de la casa se presenta el trabajo de Estefanía Martín y Samuel Salcedo que aluden a la infancia y al misterio.

El recorrido por la tercera planta deja ver el trabajo de Saelia Aparicio, la inquietante obra de Christian García Bello sobre el refugio como construcción humana y una pieza de Javier Arce compuesta de 12 grabados a punta seca resguardados en una caja de aluminio de uso militar. En el monetario, en la sección de arqueología, hay una obra de Patricia Dauder donde la artista investiga sobre los procesos de transformación y erosión que afectan a la materia.

En definitiva, la muestra en su conjunto “reactiva la memoria latente del edificio a través de un juego intelectual y sensorial que quiere estimular en la mirada del espectador las conexiones entre el pasado y el presente”, aseguran las comisarias. Y al mismo tiempo, “se propone como sentido homenaje a José Lázaro Galdiano y Paula Florido, como reconocimiento a una labor de mecenazgo fundamental sobre la que debe apoyarse el coleccionismo del siglo XXI”.

La exposición, organizada por DKV Seguros, el Museo Lázaro Galdiano y Casa de Velázquez, contará también con la obra Intervallum, que está realizando Manu Blázquez (Valencia, 1978) en el marco de la beca de residencia convocada el pasado mes de marzo por las tres instituciones. La obra, una sucesión de números cuadrados, es una instalación concebida especialmente para el antiguo Tocador de la vivienda, actual Sala de Arte Invitado del museo.