En esta serie, el pintor acerca al espectador la frondosa naturaleza mitológica. Ocho amorcillos juegan mientras recogen flores en primavera; abundantes frutos en verano; leña en invierno; y vendimian en otoño. De potente cromatismo y pincelada suelta, parece no solo un homenaje a asuntos renacentistas y barrocos italianos, sino también a la pintura valenciana de finales del siglo XIX: en la celebración otoñal, uno de los putti ha perdido las alas para convertirse en un niño que toca la flauta, una figura que recuerda a los bacos y faunos jóvenes de Ignacio Pinazo y Joaquín Agrasot.

Exposición Sorolla Benlliure IV

Junto a esta serie de Benlliure se exponen cuatro obras de Joaquín Sorolla: Retrato de una dama (1883. Colección Fundación Bancaja) es una obra de juventud, cuando el pintor intentaba abrirse camino en el mundo del arte. Se puede contemplar también Cabeza de niña con flores (1890. Colección Fundación Bancaja), una obra realizada poco después de que se instalara en Madrid y que coincide con el año en que recibe por primera vez un galardón importante en la Exposición Nacional de Bellas Artes. Sorolla realizó este retrato de reducidas dimensiones y modelo anónimo cuando todavía estaba formando su personalidad pictórica. El rostro de la pequeña se aproxima a la tradición retratística española, concretamente a Velázquez, para mantener un diálogo con el modernismo cuyo lenguaje se aprecia en el adorno floral.

Otro de los lienzos expuestos es Otoño. La Granja (1907. Colección Fundación Bancaja), pintada por Sorolla cuando ya era un pintor consolidado y con una factura plenamente reconocible. Dos años después llegaría su gran triunfo en EE.UU.: la exposición de 1909 en las salas de la Hispanic Society. La presencia de obra de Sorolla se completa con Yo soy el pan de la vida (1896-1897), perteneciente a la colección pictórica de la familia Lladró y que fue un encargo realizado por un político chileno para su casa-palacio en Valparaíso.

La amistad

En enero de 1885, un joven Sorolla se instaló en la romana Vía del Leone. Unos meses antes había recibido su primera gran oportunidad: la pensión en la Academia de Bellas Artes de España en Roma, beca que otorgaba por concurso la Diputación de Valencia. Desde 1879, en la ciudad eterna vivía el segundo de los hermanos Benlliure, José. La amistad entre los valencianos se fraguó entre Roma y Asís, un aprecio que perduró a lo largo del tiempo a pesar de la distancia y la desigual fama.

Sorolla dio por terminada su estancia en capital italiana en 1889, fecha en la que fijó su residencia en Madrid junto a su esposa. Benlliure, en cambio, hizo de Roma su hogar y el de su familia durante más de tres décadas. Allí encontró público y clientela, además de prestigio entre sus iguales.

Sorolla recibió en 1895 la segunda Medalla de Oro en el Salón de París por La vuelta de la pesca (1894) y, desde entonces, fue consolidando su reconocimiento nacional e internacional. El cambio de siglo se dibujó muy distinto para Benlliure. El gusto pictórico comenzaba a tomar un nuevo rumbo y el pintor desaceleró el paso. En 1903 se convirtió en director de la Academia de Bellas Artes de España en Roma, tras la renuncia de Mariano Benlliure, un cargo que ostentó hasta 1912. Tras el cese regresó a Valencia.

En contacto

A pesar de la diferencia vital y profesional entre los amigos, los artistas se mantuvieron siempre en contacto; su correspondencia fue constante; la relación entre familias, estrecha; y los anhelos artísticos, comunes. Así, en 1908, Sorolla se convirtió en maestro de Peppino Benlliure, el tercer hijo de José. Además, por estos años, capitaneados por ambos pintores, los artistas valencianos cierran filas en torno a un proyecto común: la construcción de un Palacio de Bellas Artes e Industrias permanente en Valencia, que no llegó a ver la luz.

La primera década del siglo XX fue muy difícil para Benlliure. En 1916 falleció Peppino aquejado de tuberculosis. Al dolor por la prematura muerte de su hijo se sumó dos años después la pérdida de su mujer. Durante los períodos de enfermedad, además de mantener una fluida y preocupada comunicación, Sorolla los visitó siempre que el destino de sus viajes fue Valencia.

En junio de 1920, Joaquín Sorolla sufrió un ataque de hemiplejia. Este mismo año, José Benlliure comenzó su andadura como profesor en la Escuela de Bellas Artes. Sorolla no llegó a ver a su amigo convertido en director del Museo de Bellas Artes de su ciudad, pues falleció un año antes, el 10 de agosto de 1923.

En 1930, José Benlliure fue nombrado presidente de Real Academia de Bellas Artes de San Carlos. Por estas fechas comenzó la serie Las cuatro estaciones (1930-1933) que se puede ver en esta exposición. José Benlliure murió cuatro años más tarde, el 5 de abril de 1937, en su casa de la calle Blanquerías.

Dos rumbos

La pintura de Sorolla y Benlliure se inició vinculada a una temática y aspectos plásticos decimonónicos. Ambos cultivaron la pintura de historia, la social y el costumbrismo. Benlliure consiguió el favor de crítica y público asentando su lenguaje pictórico en un preciosismo heredero de Fortuny. Sorolla, por su parte, tanteó otras posibilidades técnicas vinculadas a la entonces vanguardia, como el modernismo.

A principios del siglo XX, la pintura tomó otro rumbo y Benlliure perdió clientela. Apostó entonces por composiciones más sencillas, pincelada más amplia y cromatismo luminoso. Es decir, buscando clientela se acercó a la manera de hacer de su amigo Joaquín Sorolla. Tras este intento, la línea de producción del pintor fue temática y plásticamente diversa. Esta pluralidad durante mucho tiempo se ha calificado en los textos como de incapacidad para adaptarse a las nuevas corrientes artísticas. Sin embargo, desde la perspectiva que da el siglo XXI, diversos autores han entendido a Benlliure como un pintor inquieto y versátil.