La muestra,  comisariada por Isabel Tejeda, toma el título de un verso de Paul Valéry –incluido en La idea fija– en el que el poeta pone en evidencia que la epidermis nos conecta con el entorno y los objetos e incluye intervenciones generadas con software 3D y, por primera vez y en algunos detalles, inteligencia artificial.

Porque sobre lo más profundo, en la piel, vaga la intuición poética con conocimientos que la razón no alcanza. Si la piel es la encargada de poner en contacto el adentro con el afuera como umbral de las sensaciones en relación con las que tiene el mundo, Marina Núñez, a través de sus obras, pretende integrarse en el Museo con una discreción que parece deslizarse sin hacer apenas ruido, apostando por las superficies materiales, por la piel del propio espacio y los elementos que lo habitan, «y no por hipotéticas esencias profundas e invisibles», como ella misma señala.

La artista se sirve del ornamento, estilema propio de un pasado preindustrial, como algo no epidérmico, sino estructural, para construir un nuevo imaginario con connotaciones políticas sobre el papel de las mujeres en la historia del arte y en la sociedad, manteniendo así la coherencia conceptual y temática con sus primeros trabajos de los años 90, y conduciendo al espectador hasta la idea de que los seres humanos somos naturaleza, que nuestro entorno no es algo ajeno a saquear.

En todas las obras se representan, además, plantas, antiguas o nuevas especies botánicas, que se pueden encontrar en las telas, en las pieles, en la arquitectura de las obras o del Museo. «El ornamento representa vida, y produce vida, y nos encontramos seres humanos como paisajes, como ecosistemas», apunta la artista, que ha pretendido llevar a cabo actuaciones respetuosas en las que las piezas de los grandes maestros mantengan su centralidad y no pierdan en ningún momento su visibilidad ni su protagonismo.

Marina Núñez defiende que la naturaleza no es lo otro, sino lo mismo, retomando el topos de la oposición de la historia del arte entre naturaleza y artificio, que pone en cuestión. De esta manera evidencia la condición orgánica del ser humano y su fragilidad. Y lo hace con cuerpos femeninos.

No se pierda esta estimulante experiencia sensorial y emocional.

Gesamkunstwerk

No es la primera vez que Marina Núñez trabaja sobre colecciones ni espacios patrimoniales –Catedral de Burgos (Tinieblas y luz, 2008), Museo Thyssen-Bornemisza (Vanitas, 2021)–. Pero sí resulta esta una ocasión especial. Su peculiaridad es que, como recuerda la comisaria, «en su origen, el Lázaro Galdiano fue entendido como una Gesamkunstwerk, una obra de arte total en la línea de los gabinetes de curiosidades o los studiolos del Renacimiento europeo».