Lejos de una aproximación formalista, la exposición articula un conjunto de esculturas que abordan algunas de las tensiones más urgentes de la contemporaneidad: la precariedad, la exclusión social, la fragilidad de las libertades, la violencia estructural o la soledad en contextos de multitud. A partir de los ejes de cuerpo, espacio y proceso, Gil propone un recorrido que sitúa al cuerpo humano como un territorio político y ético atravesado por el desgaste, el esfuerzo y la memoria colectiva.
Las figuras que habitan la sala —cuerpos sentados al borde del movimiento, caminantes sin rumbo, presencias abatidas o en actitud de resistencia— configuran un paisaje humano marcado por la inestabilidad. Realizadas principalmente en resina acrílica con polvo de mármol y fibra de vidrio con acabados metálicos, estas esculturas se mueven en un equilibrio precario entre arraigo y deriva, estabilidad y caída, vulnerabilidad y firmeza.
Uno de los elementos clave del trabajo de Moisès Gil es la construcción de anatomías exageradas y tensadas: manos y pies sobredimensionados, extremidades que protegen o sostienen, torsos sometidos a presión. Estas deformaciones funcionan como metáforas del trabajo, del vínculo con la tierra y de la resistencia frente a las lógicas de dominación que atraviesan los cuerpos en el presente.
La materialidad y la superficie adquieren un papel central en el discurso escultórico. Las texturas rugosas y gestuales conservan la huella del proceso, alejándose de cualquier acabado idealizado. La materia se convierte así en un registro visible del dolor, el desgaste y la lucha, pero también de la persistencia, inscribiendo la obra en una tradición crítica que concibe el arte como una forma de interpelación ética.
Sin recurrir a discursos cerrados, Derivas atemporales invita al espectador a recorrer el espacio expositivo como un lugar de reflexión compartida. En un contexto marcado por la inestabilidad, el individualismo y la deshumanización, la obra de Gil se afirma como una escultura de resistencia, donde el cuerpo —herido, pesado, pero firme— sigue siendo el último bastión de lo humano.












