Ahora, Luis Álvarez Duarte. Escultor e imaginero, la exposición que le dedica el Museo del Realismo Español Contemporáneo (MUREC, Almería), propone por primera vez una lectura conjunta de ambas vertientes a partir del conjunto de obras que el propio artista reunió en su taller y que hoy custodia la Fundación de Arte Ibáñez Cosentino.

El núcleo de la muestra reside en el llamado “Legado Álvarez Duarte”, más de trescientas piezas que incluyen esculturas en barro, terracota policromada, madera y bronce, además de moldes, bocetos y dibujos preparatorios. No se trata solo de un extraordinario inventario de obras, sino de un archivo vivo del proceso creativo. Cada modelado previo, cada estudio en barro, desvela una forma de pensar la escultura desde dentro, como un tránsito que va de la idea a la materia y de la materia a la emoción compartida.

Álvarez Duarte fue reconocido en vida como uno de los grandes renovadores de la imaginería andaluza. Su producción sacra dialoga con la tradición barroca, con los modelos clásicos y renacentistas italianos y con la estética neobarroca contemporánea. Sin embargo, su aportación no consistió en repetir fórmulas heredadas, sino en actualizar los códigos devocionales para un público actual, profundamente vinculado a la cultura cofrade. Supo escuchar esa demanda colectiva y traducirla en imágenes de intensa expresividad, técnicamente depuradas y emocionalmente accesibles.

Doble registro

Al mismo tiempo, su trayectoria desborda el ámbito religioso. Desde mediados de los años setenta, tras su etapa madrileña como retratista —cuando realizó, entre otros, los bustos del entonces príncipe de Asturias y de las infantas Elena y Cristina—, consolidó una línea profana en la que el retrato, la escultura costumbrista y el monumento público ocuparon un lugar central. En estas obras se advierte una atención minuciosa a la psicología del modelo y una voluntad de fijar en bronce o barro los tipos populares que forman parte del imaginario andaluz: gitanas, cigarreras, maternidades, toreros.

Ese doble registro —devocional y profano— no funciona como compartimentos estancos. En ambos casos aflora un mismo interés por la figura humana y por la intensidad expresiva del rostro y el gesto. El barroquismo que impregna su cristología y su mariología reaparece, con otros matices, en los pliegues de un traje de flamenca o en la tensión contenida de un busto contemporáneo. La tradición no es un peso inmóvil, sino un lenguaje que el escultor adapta a cada contexto.

La exposición adquiere así un valor que va más allá de la mera retrospectiva. Al reunir modelos previos nunca antes expuestos junto a imágenes de devoción personal y esculturas profanas, el recorrido permite asomarse al taller y a la intimidad creativa de Álvarez Duarte. Mostrar aquello que conservó hasta el final de sus días implica revelar sus dudas, sus búsquedas y sus fidelidades estéticas. El visitante no contempla solo obras terminadas, sino procesos, decisiones y caminos posibles.

Artista vocacional y precoz, Álvarez Duarte comenzó a modelar desde su más tierna infancia. Su temprana entrada como aprendiz en el taller del imaginero Francisco Buiza, con apenas diez años, marcó decisivamente su formación y su concepción del oficio escultórico. A esta primera etapa se sumarían sus estudios por libre en la Escuela de Artes y Oficios de Sevilla y su paso por otros talleres fundamentales del panorama escultórico sevillano, como los Antonio Eslava y Rafael Barbero, configurando una base sólida sobre la que desarrollaría un lenguaje propio y reconocible.

Cinco décadas de trabajo

Comisariada por Javier García-Luengo Manchado y Juan Manuel Martín Robles, y producida por la Fundación de Arte Ibáñez Cosentino con la colaboración de la Diputación de Almería, la muestra se articula como un recorrido amplio por más de cinco décadas de trabajo. La Sala de Exposiciones 1 del MUREC reúne esculturas en barro, terracota policromada, madera y bronce, junto a dibujos, apuntes y moldes que formaron parte del entorno cotidiano del escultor.

El visitante descubre, en primer término, la dimensión profana de su producción. Retratos como el de Pepa Flores, “Marisol” (ca. 1984), o bustos de tipos populares revelan su capacidad para captar la personalidad y la dignidad de sus modelos. En piezas como la Abuela flamenca o la Mujer andaluza en traje de flamenca se percibe una actualización del costumbrismo sevillano, heredero del romanticismo decimonónico, pero filtrado por una sensibilidad contemporánea.

El recorrido incluye también ejemplos de su proyección pública, como el Monumento a Lola Flores (1995) o el dedicado a Manuel Vázquez Garcés, encargado en 2005 e inaugurado en 2009 en Sevilla. Estas obras evidencian su integración en el espacio urbano y su diálogo con la memoria colectiva.

La sección sacra ocupa un lugar destacado. Bocetos en barro para imágenes procesionales, estudios de Niño Jesús y ángeles, así como piezas vinculadas a la cristología y la mariología, permiten seguir el proceso que conduce del modelado inicial a la talla en madera y al policromado final. En un boceto para el Cristo de las Penas de Almería o en un Ecce Homo de mirada ascendente se aprecia la intensidad expresiva que caracteriza su imaginería.

El montaje propone un diálogo continuo entre ambas vertientes. Retratos profanos y modelos religiosos comparten espacio y subrayan una misma raíz formal. La tradición barroca, la influencia de los maestros italianos y la estética neobarroca se entrelazan con el realismo contemporáneo que da nombre al museo almeriense. La exposición no se limita a rendir homenaje a un nombre consagrado. Ofrece la oportunidad de recorrer el interior de un taller y de comprender cómo un artista forjó, desde la infancia, un lenguaje propio que conjugó oficio, emoción y continuidad histórica.

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