¿Quieres estar al día del arte y la cultura?

 

Suscríbete GRATIS a nuestro boletín. Más de 25.000 personas ya lo han hecho

 

 

¿Quieres ver los últimos enviados?

 

 

 

Matthew Clemente. Fotografía: Irene Medina, 2026. Cortesía Fundación Telefónica.

«Eso me hace pensar en cómo tenemos que vivir cada uno de los momentos», explicó el investigador del Boston College ante un auditorio interesado en comprender hasta qué punto las megacorporaciones tecnológicas están transformando la experiencia humana.

Clemente hablaba de algo que muchos reconocen ya en su vida cotidiana aunque todavía resulte difícil formularlo con claridad. La sensación de estar permanentemente conectados y, al mismo tiempo, extrañamente ausentes. Físicamente presentes en un lugar, pero mentalmente dispersos en decenas de estímulos simultáneos.

Porque la atención se ha convertido en uno de los bienes más frágiles de nuestro tiempo. Conscientes de ello, la Fundación Telefónica y el Museo Universidad de Navarra se han aliado para investigar su deterioro y promover iniciativas que ayuden a recuperarla. El proyecto ha comenzado con la visita a España de Graham Burnett, una de las figuras internacionales más relevantes en el estudio de la atención y cofundador de Friends of Attention, una red internacional de carácter activista centrada en recuperar la capacidad humana de atender en un entorno dominado por la hiperestimulación y la economía de la distracción.

Ayer miércoles, 10 de junio, Burnett participó en Madrid en el encuentro Abrazar de nuevo el mundo. Atención, consciencia y libertad humana en la era de la Inteligencia Artificial, organizado en el Espacio Fundación Telefónica, donde pronunció una conferencia y conversó con Gabriel Pérez-Barreiro, director artístico del Museo Universidad de Navarra, sobre las consecuencias culturales, sociales y humanas de la crisis de la atención.

La intervención comenzó desde la intuición de que la atención humana se ha convertido en uno de los grandes campos de batalla de nuestro tiempo. Historiador de la ciencia de 56 años y profesor en Princeton, Burnett desplegó una reflexión que mezcló historia, crítica, filosofía y defensa de la experiencia humana compartida. Lo hizo sin el tono apocalíptico que domina muchas veces este tipo de debates y sin nostalgia. Tampoco habló como un enemigo de la tecnología. El problema no son las máquinas en sí mismas, sino el modelo económico que las organiza y las formas de explotación que han surgido alrededor de ellas.

Graham Burnett. Fotografía: Irene Medina, 2026. Cortesía Fundación Telefónica.

«La atención humana está en el corazón de nuestra capacidad de ser libres», afirmó nada más comenzar. La frase funcionó como eje de toda la intervención porque desplazaba inmediatamente la conversación más allá del uso excesivo del móvil o de las distracciones cotidianas. Para Burnett, la cuestión decisiva es otra. La libertad depende de «conservar la capacidad de decidir qué queremos querer». Es decir, la posibilidad de orientar conscientemente la propia vida. Y ahí es donde los sistemas digitales de las grandes corporaciones empiezan a intervenir de manera cada vez más perniciosa.

«Estos sistemas tienen el poder de impedir que vayamos a donde queremos ir como personas», explicó. La afirmación tenía el tono sereno de quien lleva años estudiando cómo las plataformas digitales han aprendido a convertir la atención humana en un recurso económico explotable y extraordinariamente rentable. No hablaba únicamente de redes sociales ni de teléfonos móviles. Hablaba de un ecosistema completo diseñado para capturar tiempo, estímulos y comportamiento.

En cuanto a las redes, Burnett evitó caer en simplificaciones y reconoció que han permitido conectar personas, movimientos sociales y comunidades extraordinarias, «pero tenemos que entender que están diseñadas para maximizar permanencia, reacción emocional y consumo de estímulos. Y eso genera dinámicas muy problemáticas. La cuestión no es solo qué hacemos nosotros con estas plataformas, sino qué hacen ellas con nosotros».

Fracking humano

Fue entonces cuando introdujo el concepto que atravesaría toda la conferencia: «fracking humano». La expresión provocó primero sorpresa y después expectación en la sala mientras Burnett desarrollaba la metáfora. Igual que la fracturación hidráulica rompe las capas profundas de la tierra, al tiempo que la contamina, para extraer petróleo y generar beneficio económico, las grandes plataformas digitales bombardean constantemente la consciencia humana con estímulos destinados a fracturar la atención y convertirla en mercancía. «Estas empresas bombean sobre nosotros enormes volúmenes de estímulos que rompen la estructura profunda de nuestra consciencia», afirmó. El resultado es una «espuma constante de distracción». Mirar aquí. Mirar allá. Desplazarse sin parar. Reaccionar. Consumir otro contenido. Volver a empezar.

La fuerza de la imagen residía en que permitía entender las plataformas digitales como auténticas industrias extractivas cuya materia prima principal es el tiempo humano. Burnett insistió varias veces en que la economía de la atención funciona exactamente así. Cuanto más tiempo pasa una persona delante de una pantalla, más datos genera y mayor beneficio económico produce. «En Estados Unidos pasamos entre seis y ocho horas diarias delante de una pantalla», recordó. Los algoritmos trabajan constantemente para prolongar esa permanencia y cada vez son más eficaces.

Cigarrillos, tabletas y una generación perdida

Para Burnett, el gran cambio que está sucediendo, y que solo lleva produciéndose desde hace unos quince años, es que «los frackers humanos han conseguido interrumpir con éxito la formación de la atención. Antes, la atención se desarrollaba en lugares como la iglesia, en las escuelas, en los espacios familiares…, pero con la introducción de una vida de pantallas omnipresente —incluso para niños pequeños—, detrás de la cual existe el proyecto financiero del human fracking, realmente se ha comprometido el hábito atencional y la capacidad de atención de toda una generación. Dentro de cincuenta años miraremos atrás y no nos creeremos lo que hemos permitido que suceda, porque nos parecerá tan extraño como cuando ahora leemos que, también en España y en Estados Unidos, los médicos solían recomendar fumar para ayudar a limpiar los pulmones. Sí, sí, cigarrillos mentolados que eran supuestamente muy buenos para la respiración. «Ese sabor mentolado realmente te va a ayudar mucho». Y ahora echamos la vista atrás y pensamos: «¿En serio? ¿Y os lo creíais? ¿Pero qué estabais pensando?». Se lo decimos a nuestros abuelos y abuelas, y ellos responden: «Bueno, eran médicos, no lo sé». Decían que los cigarrillos mentolados eran buenos y, claro, la gente se los fumaba. Y va a pasar algo parecido. Los hijos de nuestros hijos dirán: «¿Les dabais a vuestros hijos tabletas con software creado por empresas con ánimo de lucro? ¿Qué pensabais que iba a suceder?». Y nosotros responderemos: «No lo sabíamos. Nos parecía una buena idea. Nos decían que eran herramientas educativas…». Y ellos dirán: «¿De verdad no pensabais que un montón de capitalistas iban a educar a vuestros hijos con dispositivos tan adictivos como el crack?». Pues no».

 
Lo más inquietante, según Burnett, es que esta lógica no surgió de la nada. Tiene detrás una larga historia científica, militar y empresarial. Durante buena parte del siglo XX, laboratorios universitarios y organismos vinculados al Departamento de Defensa estadounidense desarrollaron investigaciones destinadas a medir y optimizar la atención humana. Los primeros sistemas de seguimiento ocular aparecieron ya en los años veinte y treinta. Periódicos y revistas financiaban experimentos para descubrir hacia qué partes de la página dirigían la mirada los lectores y cuánto podían cobrar después a los anunciantes. Más tarde, durante la Guerra Fría, los militares invirtieron enormes cantidades de dinero en estudiar cuánto tiempo podía un piloto seguir un estímulo o cuánto resistía un soldado vigilando un radar.

«Lo que querían saber era durante cuánto tiempo una persona podía monitorizar una pantalla», explicó Burnett. Aquellas investigaciones construyeron una idea muy concreta de la atención entendida como vigilancia continua, capacidad de reacción y eficiencia operativa. Esa definición terminó preparando el terreno para el funcionamiento de la actual economía digital. «Los científicos prepararon el terreno para el funcionamiento de nuestra economía de la atención», señaló.

Pero Burnett dedicó buena parte de la conferencia precisamente a desmontar esa reducción. La atención humana, insistió, no puede limitarse a la productividad cognitiva ni a la gestión eficiente de estímulos. «La atención es cuidar de tu padre cuando está en cuidados paliativos», dijo en uno de los momentos más intensos de la tarde. «La atención también es acompañar a un recién nacido. Rezar. Soñar despierto. Escuchar a otra persona. Leer lentamente. Compartir tiempo con alguien sin mirar continuamente el teléfono móvil. Tiene otras temporalidades, otros ritmos y otra fenomenología completamente distinta».

La crítica se volvió todavía más precisa cuando Burnett habló del artículo científico que dio origen a la actual revolución de la inteligencia artificial. Attention Is All You Need, publicado por ingenieros de Google en 2017, constituye el texto fundacional de sus grandes modelos lingüísticos. Pero, según Burnett, «este es probablemente el estudio más sesgado de la historia y existe una confusión decisiva escondida en su título». La «atención» de la que hablan no es humana. Es atención de máquina. Un procedimiento computacional destinado a reconocer patrones y gestionar datos. «Quiero que se lleven esta distinción muy clara», insistió varias veces.

La observación escondía una crítica profunda a la forma en que la cultura tecnológica contemporánea ha terminado apropiándose incluso del lenguaje con el que describimos la experiencia humana. Durante décadas, explicó Burnett, la investigación científica dominante intentó comprender cómo hacer que las personas funcionaran cada vez más como máquinas eficientes capaces de reaccionar rápidamente ante estímulos concretos. El problema es que esa visión terminó colonizando culturalmente nuestra manera de entender la atención.

La comparación agrícola que utilizó para explicarlo resultó especialmente eficaz. En estados como Iowa o Nebraska, recordó, antes existían enormes praderas diversas. Hoy predominan gigantescos monocultivos de maíz. Un visitante de otro planeta podría pensar que aquel paisaje siempre fue así, pero no es cierto. Algo parecido sucede con nuestra atención contemporánea. “Hoy todo gira en torno a la eficiencia, la productividad y la vigilancia constante”, afirmó. Y eso, añadió, “nos está volviendo locos”.

Sociabilidad

Burnett relacionó inmediatamente esa transformación con el deterioro de la vida comunitaria, el aumento de los problemas emocionales y la fragmentación democrática que observa especialmente en Estados Unidos. Llegó incluso a advertir que España todavía conserva formas de convivencia que allí empiezan a desaparecer. «Aquí todavía veo personas hablando entre sí en los restaurantes o en los aviones», comentó. La observación provocó algunas sonrisas, pero también cierta inquietud. Burnett hablaba como alguien que percibe en Europa restos de sociabilidad que la hiperconexión permanente ha erosionado de manera mucho más profunda en su país.

La inteligencia artificial ocupa un lugar central dentro de ese proceso. Burnett insistió en que los actuales sistemas generativos no han sido construidos para producir conocimiento o resolver problemas científicos abstractos. «Han sido creados para ganar dinero», afirmó. Y la forma más rentable de hacerlo consiste en capturar atención humana durante el mayor tiempo posible. Los algoritmos que alimentan el scroll infinito funcionan ya mediante IA y se preguntan constantemente qué contenido mostrar para mantener a la persona conectada algunos segundos más.

Sin embargo, Burnett evitó la simplificación antitecnológica. Durante el diálogo posterior, Gabriel Pérez-Barreiro le preguntó directamente si la tecnología era el enemigo: «Nuestra comunidad de activistas no es antitecnología. Somos antiexplotación». El verdadero problema, insistió, no es técnico, sino económico y político. No existe ninguna ley natural que obligue a Internet a funcionar mediante vigilancia constante y extracción de atención. Esa arquitectura responde a decisiones empresariales concretas orientadas a maximizar beneficios.

La comparación con la Revolución Industrial apareció entonces. Nadie querría renunciar a los avances materiales que trajeron consigo las máquinas de vapor, explicó Burnett, pero aquellas tecnologías también hicieron posibles formas brutales de explotación laboral. La respuesta histórica no consistió en destruir las fábricas, sino en crear sindicatos, regulaciones y mecanismos colectivos de protección. Algo parecido deberá suceder ahora frente a las nuevas formas de explotación digital: «Necesitamos un nuevo movimiento político y social que nos proteja de ciertos actores económicos. No estoy diciendo que sean demonios. Simplemente quieren maximizar beneficios. No quieren hacer daño deliberadamente a tus hijos o a tu madre. Quieren ganar dinero. Ese es el problema estructural».

Resistencia

Y ahí apareció el aspecto más esperanzador de toda la intervención, porque Burnett no se limitó a diagnosticar un problema. Habló sobre todo de las formas de resistencia que empiezan ya a surgir. «Necesitamos algo parecido al movimiento medioambiental de los años sesenta», afirmó. Si entonces se trataba de proteger el entorno frente a las industrias contaminantes, ahora urge defender el «medio ambiente psicosocial».

Ese movimiento existe ya y Burnett participa activamente en él a través de Friends of Attention, una comunidad interdisciplinar formada por académicos, artistas y activistas que trabaja alrededor de la protección de la atención humana. Su propuesta se apoya en tres pilares fundamentales. El primero es el estudio entendido no como simple acumulación de información, sino como práctica de la atención. «Cuando estudiamos estamos ejercitando la atención», recordó. Por eso insiste a sus estudiantes en que utilicen la inteligencia artificial como herramienta de apoyo y no como sustituto integral del aprendizaje. Si todo el proceso intelectual queda externalizado en sistemas automáticos, desaparece precisamente aquello que hace valiosa la educación.

Graham Burnett y Gabriel Pérez-Barreiro. Fotografía: Irene Medina, 2026. Cortesía Fundación Telefónica.

Graham Burnett y Gabriel Pérez-Barreiro. Fotografía: Irene Medina, 2026. Cortesía Fundación Telefónica.

La cuestión universitaria ocupó una parte importante de la conversación con Grabriel Pérez-Barreiro. Burnett reconoció que la irrupción de la IA obligará a transformar profundamente la enseñanza superior. Durante siglos la universidad estuvo organizada alrededor de la producción de textos, ensayos y respuestas escritas. Ahora las máquinas ya son capaces de generar lenguaje convincente de forma automática. Eso obliga a replantear la pregunta fundamental. «La verdadera cuestión es qué tipo de persona se está formando», afirmó. Porque estudiar no consiste únicamente en producir información. Leer atentamente, escribir y pensar transforman la sensibilidad, el juicio y la relación con el mundo. Por eso cree que las universidades tenderán a reforzar experiencias irreductiblemente humanas: seminarios presenciales, conversaciones reales, lectura lenta, escucha compartida y trabajo colectivo. «Cuanto más poderosa se vuelve la IA, más valiosa se vuelve la experiencia humana auténtica», aseguró.

El segundo pilar de su propuesta es la organización colectiva. El profesor insistió varias veces en que ninguna familia aislada puede competir sola contra sistemas diseñados por miles de ingenieros y sostenidos por miles de millones de dólares. «Necesitamos amigos, grupos y comunidades», explicó. La defensa de la atención no puede reducirse a aplicaciones de autocontrol ni a decisiones individuales de desconexión. Hace falta reconstruir vínculos y acuerdos compartidos.

Santuarios

El tercer pilar es el santuario. Espacios protegidos donde la atención pueda desarrollarse sin interrupción permanente. Burnett puso como ejemplo cafeterías estadounidenses en las que no se permite utilizar teléfonos móviles y donde las personas vuelven a hablar entre sí. Habló también de cenas familiares sin pantallas y de lugares destinados a reaprender la presencia compartida. No basta con prohibir dispositivos. La clave consiste en construir experiencias capaces de devolver valor a la convivencia, la conversación, la lectura, la música o la participación política.

Durante el turno de preguntas, una persona del público le preguntó qué podía decirles a unos padres preocupados por el uso del móvil entre adolescentes. Burnett respondió evitando cualquier moralismo. «No intenten resolver esto únicamente como un problema individual», aconsejó. Los jóvenes permanecen en las pantallas porque ahí están también sus vínculos sociales. Por eso hacen falta respuestas colectivas entre familias, escuelas y comunidades.

Graham Burnett y Gabriel Pérez-Barreiro. Fotografía: Irene Medina, 2026. Cortesía Fundación Telefónica.

Graham Burnett y Gabriel Pérez-Barreiro. Fotografía: Irene Medina, 2026. Cortesía Fundación Telefónica.

La conversación terminó desplazándose hacia el arte. ¿Qué papel puede desempeñar en todo esto? La respuesta de Burnett funcionó como síntesis final de toda la intervención. «El arte nos enseña formas de percepción no instrumentales», afirmó. Nos obliga a detenernos, a mirar, a escuchar y a habitar el tiempo de otra manera. En una sociedad organizada alrededor de la aceleración constante, esa experiencia adquiere una dimensión profundamente política.

Quizá ahí residía también el sentido último de aquella escena inicial narrada por Matthew Clemente durante el vuelo hacia Madrid. La joven que leía a Cervantes no representaba únicamente a una persona concentrada en un libro. Encarnaba otra forma posible de estar en el mundo. Más atenta. Más consciente de la presencia de los demás. Burnett insiste en que esa experiencia no pertenece al pasado ni está condenada a desaparecer. Puede protegerse. Puede enseñarse. Puede cultivarse colectivamente.

Y precisamente por eso su discurso evita el derrotismo. La situación es grave, sí. Las grandes plataformas poseen una capacidad inmensa para capturar atención y modelar comportamientos. La inteligencia artificial transformará profundamente la educación, el conocimiento y la vida pública. Pero también empiezan a surgir movimientos sociales, comunidades educativas y prácticas culturales destinadas a defender aquello que hace valiosa la experiencia humana. Conversar. Escuchar. Leer. Pensar juntos. Volver, en definitiva, a prestar atención al mundo.


Hoy ha comenzado en el Museo Universidad de Navarra el congreso internacional Attention and Flourishing, organizado por el Center for Psychological Humanities and Ethics del Boston College junto con la Universidad de Navarra. El encuentro académico, que se desarrollará hasta el 13 de junio, reunirá a especialistas de distintas disciplinas y combinará ponencias, talleres e intervenciones artísticas. Junto a Graham Burnett y Matthew Clemente, participarán pensadores e investigadores como Clare Carlisle, del King’s College London; Adam Green, de Georgetown University, y Richard Kearney, del Boston College. El programa incluirá además la proyección de Ancient Beacons Long for Notice, la última película del artista Dario Robleto, definida por The Washington Post como la obra maestra del siglo XXI.

Activistas de la atención

«Quiero asegurarme de que nadie piense que soy pesimista», señaló Burnett durante su charla. «Tomarse en serio la atención humana es absolutamente esencial. Nos están dañando, sí. Pero también estamos ante la posibilidad de construir algo nuevo. Igual que los abusos de la Revolución Industrial hicieron surgir el movimiento obrero y los sindicatos, creo que ahora veremos surgir una nueva política de la atención. Y eso puede ser extraordinariamente esperanzador. Porque todos nosotros hemos sido transformados por la presión de la economía de la atención y cada vez más personas sienten que esto ya no es sostenible. Especialmente cuando vemos el deterioro del debate político y de la vida democrática. No podemos permitir que unas pocas empresas controlen las infraestructuras globales del conocimiento. Porque eso es exactamente lo que está ocurriendo. Afortunadamente están apareciendo alternativas interesantes: modelos abiertos, sistemas más transparentes, proyectos con principios éticos distintos. Todavía no son tan poderosos como los grandes modelos comerciales, pero están creciendo muy rápidamente. Estamos en una especie de nuevo Salvaje Oeste tecnológico. Y necesitamos vigilancia democrática constante. Porque lo que está en juego no es solo el medio ambiente o la economía. Es nuestra libertad. Y aunque el cambio que viene es inmenso, yo sigo creyendo profundamente en el ser humano. No creo que podamos ser brutalizados indefinidamente sin reaccionar. Por eso tenemos que seguir hablando, organizándonos y defendiendo la atención humana. Por eso tenemos que resistir y convertirnos en activistas de la atención. Porque los usos humanos y los seres humanos merecen ser protegidos».