La muestra, abierta hasta el 3 de mayo, desplaza el foco desde el pintor brillante de La vicaría hacia un creador que encontraba en el papel un espacio de intimidad y riesgo. Ese desplazamiento no es menor. Durante años, el éxito internacional de sus grandes composiciones, celebradas en el París de 1870, fijó una imagen reducida del artista, asociada al preciosismo y al virtuosismo técnico. Sin embargo, al recorrer estas obras sobre papel se desmorona el cliché y emerge una personalidad más compleja, más audaz y, en cierto modo, más contemporánea.

El dibujo fue para Fortuny algo más que un paso previo a la pintura. En él se jugaba su relación directa con el mundo. Las hojas reunidas en Málaga permiten asomarse a ese laboratorio interior donde la línea se vuelve pensamiento. En carboncillos y aguadas, en tintas rápidas y acuarelas transparentes, el artista ensaya soluciones compositivas, tantea luces, se abandona a la inmediatez del gesto. Frente a las exigencias del mercado y de su marchante parisino, que condicionaron parte de su producción oficial, el papel ofrecía un margen de libertad difícil de encontrar en los grandes encargos.

El comisario del Año Fortuny, Francesc Quílez, insiste en esa dimensión liberada del dibujo, capaz de desvelar a un artista valiente, dispuesto a romper con los estereotipos que han modelado su fortuna crítica. Basta detenerse ante escenas como los mendigos árabes o los campamentos norteafricanos para advertir que su modernidad no reside únicamente en su destreza, sino en su mirada. El viaje a Marruecos entre 1860 y 1862 dejó una huella profunda en su imaginario, alimentando un orientalismo que, lejos de ser decorativo, se convierte en terreno de experimentación formal.

La exposición subraya también su fascinación por el paisaje y la pintura al aire libre. Algunos apuntes revelan una atención a la luz que anticipa libertades de trazo asociadas al impresionismo, movimiento que eclosionaría tras su muerte prematura a los 36 años. En esos estudios rápidos se percibe una energía contenida, un deseo de capturar lo fugaz antes de que se desvanezca. El papel, frágil y directo, acoge esa urgencia sin filtros.

Formado en la tradición académica, donde el dibujo era la base de toda práctica artística, Fortuny llevó esa disciplina a un territorio personalísimo. Este recorrido permite calibrar hasta qué punto el trabajo sobre papel fue el sustento de su crecimiento creativo. No se trata solo de talento innato ni de dominio técnico, aunque ambos resulten evidentes. Lo que asoma es una autoexigencia constante, una voluntad de no repetirse y de asumir riesgos para evitar la comodidad.


Las cuatro planchas de aguafuerte incluidas en la selección recuerdan que esa maestría lineal se trasladó también al grabado, técnica que el museo ya había abordado en una exposición anterior dedicada al artista. Aquí, sin embargo, el protagonismo lo asume la inmediatez del dibujo. En él se transparenta un Fortuny que dialoga consigo mismo, que explora emociones y sensaciones más allá de la mera verosimilitud.

El conjunto procede de uno de los fondos públicos más importantes de obra gráfica del pintor, custodiado en Castres gracias a la donación de Henriette Fortuny en 1950 y a adquisiciones posteriores. La mayoría de estas piezas se muestran ahora por primera vez en España, lo que convierte la cita malagueña en una oportunidad excepcional para reconsiderar su legado.

Como contrapunto, en la sala dedicada al preciosismo se exhiben dos pinturas icónicas del museo, Paisaje norteafricano y Corrida de toros, cuyos temas dialogan con los dibujos seleccionados. Ese diálogo refuerza la idea central de la muestra. Bajo la superficie brillante del pintor celebrado late un dibujante inquieto que no se conforma con repetir fórmulas de éxito.

Fortuny murió joven y dejó una obra atravesada por la intensidad. En estas hojas, ligeras y decisivas, se advierte que su modernidad no fue un accidente ni un adorno retrospectivo. Nació del contacto directo con el papel, de la confianza en la línea y del impulso de ir más allá de lo esperado. Málaga ofrece ahora la posibilidad de mirarlo de cerca y, al hacerlo, de descubrir que la verdadera audacia del maestro se escribió muchas veces en silencio, con tinta y carbón, lejos del ruido del mercado.


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Luz africana

MARIANO FORTUNY Y MARSAL. Campamento árabe, c. 1862. Acuarela y lápiz grafito sobre papel, 127 x 180 mm. Musée Goya, Castres, inv. 50-6-52. ©Ville de Castres-Musée Goya – B. Nicaise.

MARIANO FORTUNY Y MARSAL. Campamento árabe, c. 1862. Acuarela y lápiz grafito sobre papel, 127 x 180 mm. Musée Goya, Castres, inv. 50-6-52. © Ville de Castres-Musée Goya – B. Nicaise.

Lourdes Moreno, directora del Museo Carmen Thyssen, recuerda que el pintor procedía de una familia humilde. Huérfano a los seis años de padre y a los 16 de madre, fue su abuelo quien se hizo cargo de su educación. Viajó con él hasta Barcelona, donde recibió clases en la escuela de la Llotja. Allí, la Diputación de Barcelona, con tan solo 20 años, le otorgó una beca para viajar como una especie de corresponsal de guerra a la campaña del norte de Marruecos. Fue bien acogido por el general Juan Prim, también natural de Reus. Para Moreno, «en Marruecos, Fortuny sintió que la naturaleza y la luz le dominaban. A partir de ese momento, esa temática estuvo presente a lo largo de toda su vida y de toda su producción. La luz —en esto fue un innovador—, la luz del exterior. Y, aunque estaba comisionado para representar escenas de guerra, puso sobre todo su ojo sensible en los personajes autóctonos del mundo norteafricano y en el gran escenario geográfico de ese Marruecos del norte. Tanto le influyó que después volvió: solicitó de nuevo ayuda a la Diputación y regresó. El primer viaje fue en 1860; el segundo, en 1862; y hubo un tercero, posterior, cercano a los años setenta del siglo XIX».