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El bosque no es un simple decorado en esta obra. En la lectura que Britten hizo de la comedia de Shakespeare, ese espacio nocturno se convierte en el verdadero centro de gravedad de la historia: el territorio donde la razón pierde autoridad y donde los deseos, las pulsiones y los equívocos se exhiben sin disfraz. Frente a la corte ateniense —símbolo de orden y jerarquía—, el compositor sitúa desde el primer compás al espectador en un mundo mágico que actúa como espejo deformante de lo humano.

Britten comprendió que la ligereza aparente de la trama escondía una reflexión sobre la fragilidad del amor y la inestabilidad de la identidad. De ahí su audaz decisión de suprimir la escena inicial en palacio y abrir la ópera directamente en el bosque encantado. Ese gesto altera la perspectiva del relato y sitúa lo irracional como norma. La partitura subraya esa inversión con tres universos sonoros nítidamente diferenciados: la transparencia casi hipnótica de las hadas, el lirismo agitado de los amantes y la veta paródica de los rústicos. Bajo la comedia late una inquietud moderna sobre la condición ilusoria de nuestras certezas.

Con ese trasfondo regresa ahora la obra al Teatro Real, que estrenará el próximo 10 de marzo esta nueva producción de la ópera de Britten, en cartel hasta el día 22. Una coproducción con la Royal Ballet and Opera y el Teatro del Maggio Musicale Fiorentino destinada a viajar posteriormente a sus dos ciudades.

La propuesta reúne al mismo tándem artístico que dejó una huella profunda en el coliseo madrileño con Billy Budd y Peter Grimes. En el foso estará de nuevo Ivor Bolton, que vuelve a encontrarse con la Orquesta Titular tras una década al frente de su dirección musical. En escena, Deborah Warner asume la dirección escénica con la complicidad del escenógrafo Christof Hetzer, el iluminador Urs Schönebaum y el figurinista Luis Filipe Carvalho.

Warner opta por potenciar la dimensión inquietante y grotesca del libreto. El bosque no será un entorno amable, sino un espacio cambiante donde la fantasía roza lo perturbador. La instalación concebida por Hetzer funciona como marco conceptual de la acción y refuerza la sensación de tránsito entre mundos. El vestuario subraya la distancia entre los tres grupos de personajes, mientras la iluminación desvela zonas de sombra que remiten al inconsciente.

En el reparto destaca el contratenor Iestyn Davies como Oberon, figura clave en la dramaturgia de Britten y eje de la perturbación amorosa que desencadena la trama. A su lado, la soprano Liv Redpath encarna a Tytania, víctima de un hechizo que la llevará a enamorarse de un asno con fervor arrebatado. El personaje de Puck, mitad narrador y mitad agente del caos, será interpretado por Daniel Abelson, con alternancia del bailarín aéreo Juan Leiba.

El cuarteto de amantes lo forman Sam Furness (Lysander), Jacques Imbrailo (Demetrius), Simone McIntosh (Hermia) y Jacquelyn Wagner (Helena), mientras que Thomas Oliemans y Christine Rice asumen los papeles de Theseus e Hippolyta. Entre los rústicos sobresale Clive Bayley como Bottom, epicentro de la célebre escena del teatro dentro del teatro, donde Britten se permite ironizar sobre las convenciones del melodrama romántico.

El mundo feérico adquiere un relieve especial gracias a la participación del coro infantil Pequeños Cantores de la ORCAM, preparado por Ana González, junto a un nutrido grupo de niños actores y jóvenes bailarines. Su presencia no es meramente ornamental. En la concepción del compositor, las voces blancas y los timbres agudos crean una atmósfera suspendida que difumina la frontera entre lo real y lo imaginado.

Compuesta en apenas siete meses para la reapertura del Jubilee Hall de Aldeburgh en 1960, esta ópera supuso una inflexión en la trayectoria de Britten. Por primera y única vez firmó el libreto junto a su inseparable Peter Pears, realizando una adaptación minuciosa del texto de Shakespeare que conserva casi íntegra su poesía original. La partitura, lejos de ser un simple acompañamiento, construye una arquitectura dramática en la que cada textura orquestal define un territorio emocional.

El regreso de El sueño de una noche de verano al escenario madrileño, veinte años después de su última presencia, confirma el lugar central que ocupa Britten en la historia reciente del Teatro Real. Desde su reapertura, el coliseo ha cultivado con especial atención la obra del compositor británico, consolidando una relación que ahora suma un nuevo capítulo.

Durante seis funciones, el público volverá a internarse en ese bosque donde la pasión nubla la mirada y el amor se revela tan voluble como irresistible. Cuando amanece y el orden aparente se restablece, queda la duda de si lo vivido fue un desvarío pasajero o una verdad más honda que la vigilia. Britten parece inclinarse por lo segundo.


Las funciones de El sueño de una noche de verano cuentan con el patrocinio de la Fundación BBVA.

Shakespeare y Britten

La actual temporada del Teatro Real está especialmente marcada por la presencia del dramaturgo inglés. No en vano, el pasado mes de noviembre ya acogió una de las adaptaciones más célebres de la historia de la música, The Fairy Queen, de Henry Purcell, basada en esta misma comedia, reforzando así un hilo conductor shakespeariano que atraviesa buena parte de su programación.

Benjamin Britten ha ocupado también un lugar privilegiado en la programación del teatro desde su reapertura. En 1997, dos meses después de la reinauguración, Peter Grimes obtuvo un gran éxito, en producción procedente del Teatro de La Monnaie de Bruselas, con su coro y orquesta titulares dirigidos por Antonio Pappano. Le siguieron El sueño de una noche de verano (2006), La violación de Lucrecia (2007), Otra vuelta de tuerca (2010), Muerte en Venecia (2014), Billy Budd (2017), Gloriana (2018), Peter Gimes (2021) y las obras infantiles El pequeño deshollinador (2005, 2006 y 2007) y El diluvio de Noé (2008).