Quizá la clave de estas tramas, en sus diferentes formas, sea que todos, de alguna forma, reconocemos a alguien cercano en ellas y si no, como diría la Vecina Rubia, “ese alguien eres tú”. Un mal pensamiento que cruzó un día por nuestra mente, un deseo que no supimos controlar o pusimos demasiado empeño en hacerlo, un odio que sin razón comenzó a brotar desde nuestro estómago y creció como la mala hierba… sea como fuere, estas historias funcionaron, funcionan y, posiblemente, nunca dejen de hacerlo.
Y de las más bajas pasiones nació en su momento La Malquerida (1912-13), una obra que nos asoma a la España rural de finales del siglo XIX, comienzos del XX. Un territorio profundamente tradicional marcada por el honor, la reputación y la moral colectiva, donde el “qué dirán” condiciona la vida de las personas. Y en este contexto, en el que la familia es jerárquica y patriarcal en extremo, la mujer, aun siendo víctima, se convierte siempre en culpable. Y cuanto mayor sea el ultraje mayor será su condena.
Aquí, todo gira en torno al asesinato del joven Faustino, el novio de Acacia, el mismo día en el que se celebra la pedida de mano. Un crimen sin motivo aparente que enseguida lleva a que las sospechas recaigan sobre un antiguo pretendiente, Norberto. Demasiado fácil.
La obra transcurre en la casa de los padres de ella, Esteban y Raimunda, que, interpretada por Aitana Sánchez Gijón, capta la atención del espectador desde el primer instante. Destacan su potencia, verosimilitud y naturalidad, especialmente en escenas muy complejas que, sin destripar la obra a quienes no la conozcan, llevan al personaje a justificar lo injustificable sin que chirríe ni un momento. La evolución sutil pero contundente del personaje convence de principio a fin como convence también Goizalde Núñez en el papel de Juliana, la criada. Un personaje que aporta humor y sabiduría popular, contrapunto a la tragedia en el que la actriz se desenvuelve como en un traje hecho a medida.
No sucede así en el que es justo el momento clave de esta obra, el gran giro final. El peso aquí recae en Acacia, interpretada por Lucía Juárez, y su padrastro, Esteban, a cargo de Juan Carlos Vellido. En esta ocasión, se echa en falta la evolución previa de los personajes que, sin adelantar lo que va a suceder, no deje en estado de shock al espectador. Un shock no buscado porque la conmoción no llega por la sorpresa del desenlace, de lo que se nos descubre, sino por lo abrupto e histérico de la situación. Se desata aquí la novela turca como cortocircuito de Thermomix o quien encuentra una mosca en la sopa. Se arruina el plato.
La obra se disfruta, se paladea y engancha. Lástima de la inverosimilitud de un momento tan crucial que sólo se justifica por la decisión consciente de sorprender, y que sí, sorprende, pero no convence.
Ficha artística

Elenco de «Malquerida» en el Teatro Español. Fotografía: marcosGpunto.
De Jacinto Benavente (Madrid, 1866-1954)
Dirección y adaptación: Natalia Menéndez
Adaptación: Juan Carlos Rubio
Reparto:
Raimunda: Aitana Sánchez-Gijón
Esteban: Juan Carlos Vellido
Acacia: Lucía Juárez
Juliana: Goizalde Núñez
Eusebio: José Luis Alcobendas
El Rubio: Dani Pérez Prada
Norberto: Álex Mola
Faustino: Antonio Hernández Fimia
Escenografía: Alfonso Barajas
Vestuario: Rafael Garrigós
Iluminación: Juan Gómez Cornejo
Música y espacio sonoro: Mariano Marín
Cante: Marcos León
Violoncello: Clara Rivière
Dirección de producción: Ana Guarnizo
Producción ejecutiva: Mónica Regueiro
Ayudante de dirección: Majo Moreno
Ayudante de escenografía: Andrea Merchán
Producción: ProduccionesOff















