Edificado por encargo del naviero Miguel Larrinaga, el palacio responde a una estética neorrenacentista que evoca los grandes conjuntos históricos aragoneses. Su origen está atravesado por una historia personal que añade una dimensión emocional al conjunto. Originalmente su nombre fue Villa Asunción, en honor a su mujer, Asunción Clavero, con quien quiso vivir en esta residencia tras regresar de Liverpool. Pero este sueño de habitar Larrinaga fue imposible, ya que su mujer falleció en 1939. Finalmente, tras la Guerra Civil y haber sido ocupado por el ejército, el palacio fue vendido a Giesa que dividió la finca, de casi 11 hectáreas en parcelas para uso industrial y residencial. En 1946, lo compraron los Marianistas acometiendo una serie de reformas para adecuarlo a nuevo uso. La adquisición por parte de Fundación Ibercaja en 1993 permitió iniciar un complejo proceso de recuperación integral que ha devuelto al conjunto su riqueza ornamental.
La propuesta cultural que ofrece ahora la Fundación se articula a través de visitas guiadas que permiten recorrer el palacio en grupos reducidos. El itinerario combina la explicación arquitectónica con relatos vinculados a sus antiguos habitantes y a los usos que ha tenido el edificio. A esta oferta se suman actividades pedagógicas dirigidas a estudiantes, con talleres que prolongan la experiencia más allá de la visita.
En paralelo, la exposición Pintores románticos ingleses en la España del siglo XIX introduce una capa narrativa adicional. Cerca de medio centenar de obras, entre óleos y acuarelas, ocupan diferentes espacios del palacio y construyen un relato visual sobre la fascinación que España ejerció en los artistas británicos de la época. Firmas como John Phillip, John Bagnold o John Dobbin ofrecen una mirada que oscila entre el costumbrismo y la idealización.

De izquierda a derecha: Cristina Rubio, responsable de Patrimonio de la Fundación Ibercaja, José Luis Rodrigo, director general de la Fundación; Marisa Oropesa, comisaria de la exposición, y Mayte Ciriza, jefa de Cultura de la institución.
Las escenas representadas recorren ciudades, monumentos y paisajes que captaron la atención de aquellos pintores. Aparecen también momentos cotidianos y tradiciones, desde celebraciones populares hasta escenas íntimas, que reflejan la percepción romántica de una España cargada de exotismo. La figura femenina adquiere especial protagonismo en numerosos lienzos, convertida en símbolo de belleza y carácter dentro del imaginario de la época.
El discurso expositivo se integra con naturalidad en la arquitectura del palacio. Cada sala funciona como un escenario donde las obras dialogan con los materiales nobles, las vidrieras y los elementos decorativos. La disposición permite que el visitante descubra la colección mientras avanza por el edificio, sin separar la experiencia artística de la espacial.
Esta reapertura sitúa de nuevo este enclave en el mapa cultural de Zaragoza y, al mismo tiempo, refuerza el papel de Fundación Ibercaja como agente activo en la conservación y difusión del patrimonio.
Joya arquitectónica

El Palacio de Larrinaga fue proyectado entre 1901 y 1918 por encargo del naviero Miguel Larrinaga al arquitecto Félix Navarro, e ideado como una fastuosa residencia privada inspirada en los grandes palacios renacentistas aragoneses. En su ejecución participaron los mejores artistas y artesanos de la época con materiales de primera calidad, como la piedra de Quinto de Ebro y Calatorao, acero laminado, ladrillo y cerámica, así como roble (para las cubiertas), caoba para la carpintería y madera noble para los suelos de taracea. Cabe destacar igualmente que sus vidrieras fueron encargadas a La Veneciana.
El exterior está formado por cuatro torres decoradas con motivos florales que crean una galería con columnas y arcos de medio punto. En la parte superior puede observarse una alegoría del comercio marítimo y de la industria, proas de barcos o caballitos de mar, así como el lema de la empresa familiar: medallones con tres manos unidas entre sí. En la fachada posterior, en la planta baja, sobresale la rotonda del invernadero de hierro y cristal que comunica con el comedor. El interior del edificio está articulado en torno a un patio central, donde parte una espectacular escalera para subir a la segunda planta; todo ello rodeado por columnas de inspiración clásica con capiteles de estilo dórico y corintio.















