La obra ocupa un lugar singular dentro de la llamada trilogía popular de Giuseppe Verdi, junto a Rigoletto y La traviata. Para Joan Matabosch, director artístico del coliseo madrileño, se trata de un título donde convergen las grandes obsesiones del compositor: la pasión amorosa, la venganza y la fuerza del destino que atraviesa toda la obra. Una visión que conecta directamente con el espíritu del drama romántico de Antonio García Gutiérrez (1813-1884), estrenado con gran éxito en Madrid en 1836 y convertido 17 años después en materia prima para uno de los mayores éxitos de Verdi.
Verdi encargó al veterano libretista Salvatore Cammarano transformar el imbricado drama en un libreto que rehuyera los tradicionales números operísticos cerrados ─arias, cabaletas, cavatinas, dúos, tríos, coros, etc.─ y primara la continuidad y fluidez del discurso dramatúrgico. Cammarano ─que falleció sin llegar a concluir la ópera─ creó, sin embargo, un libreto que incorpora todos los clichés formales de la época, aunque estructuralmente equilibrado: cuatro actos divididos en dos escenas de duración desigual.
La acción se sitúa en la España del siglo XV, durante los conflictos sucesorios que siguieron a la muerte de Martín el Humano y desembocaron en el Compromiso de Caspe. En ese contexto histórico se despliega una historia atravesada por enfrentamientos entre linajes rivales, amores imposibles y venganzas. El trovador Manrico, criado por la gitana Azucena, se enfrenta al conde de Luna sin saber que ambos comparten un vínculo de sangre que solo será revelado cuando la tragedia resulte irreversible.

Ensayo de «Il trovatore» en el Teatro Real. Rocío Faus (Inés) y Marina Rebeka (Leonora). Fotógrafo: © Javier de Real | Teatro Real.
Con esos mimbres, Verdi compuso una ópera llena de nervio dramático, belleza melódica y geniales efectos teatrales, que fluye inagotable y vertiginosa, sorteando las incongruencias y excesos del libreto: música de alto voltaje que brota, arrolladora, arrastrando al público a una catarsis colectiva, impúdica e inevitable.
Para Nicola Luisotti, director musical honorario del Teatro Real y responsable de 15 de las funciones, la importancia de Il trovatore trasciende incluso su argumento. La partitura anticipa procedimientos musicales que marcarían el desarrollo de la ópera posterior.
El motivo asociado al fuego —presente de forma recurrente a lo largo de la obra— funciona como un elemento de memoria musical que reaparece constantemente para recordar al espectador el núcleo traumático de la historia. Según el maestro italiano, Verdi logró aquí una concepción teatral y musical que influiría decisivamente en generaciones posteriores de compositores.
Esa idea del fuego se convierte también en el eje de la puesta en escena de Francisco Negrín. El director concibe el espectáculo como una inmersión en una memoria colectiva dominada por los fantasmas. Su propuesta sitúa a los personajes en un espacio cerrado y abstracto, un espacio cerrado y abstracto donde el pasado adquiere presencia física. Los recuerdos y las obsesiones se materializan sobre el escenario mediante figuras espectrales que acompañan a los protagonistas.
Negrín sostiene que la verdadera acción de la ópera no reside en los acontecimientos que se narran, sino en el acto mismo de recordar. Por eso su montaje insiste en la incapacidad de los personajes para vivir el presente. Azucena permanece atrapada por el recuerdo de la hoguera donde murió su madre y por la culpa de haber sacrificado por error a su propio hijo. Manrico carga con decisiones que no tomó cuando tuvo ocasión de hacerlo. El conde de Luna vive consumido por un deseo amoroso imposible. Solo Leonora parece mirar hacia delante, impulsada por una idea del amor capaz de desafiar los condicionantes sociales y las heridas heredadas.
La reposición reunirá además algunos de los nombres más destacados de la lírica internacional. En los cuatro repartos sobresalen las sopranos Marina Rebeka, Saioa Hernández y Anna Netrebko como Leonora; los tenores Piotr Beczała, Vittorio Grigolo, Celso Albelo y Yusif Eyvazov en el papel de Manrico; los barítonos Artur Ruciński, Juan Jesús Rodríguez y George Petean como conde de Luna; y las mezzosopranos Ksenia Dudnikova, Anita Rachvelishvili, Teresa Romano y Clémentine Margaine en el papel de Azucena. La presencia de Rachvelishvili supondrá además el debut de la artista georgiana en el escenario madrileño.
Piotr Beczała, que recibirá el Premio Teatro Real coincidiendo con estas representaciones, destacó durante la presentación a la prensa la complejidad de Manrico, un personaje que oscila constantemente entre el poeta enamorado y el guerrero. A su juicio, la grandeza del papel reside precisamente en ese equilibrio entre lirismo y heroísmo, una dualidad que Verdi expresa con enorme precisión en su música. Marina Rebeka, por su parte, subrayó el carácter sacrificial de Leonora, una figura que avanza desde la esperanza juvenil hasta la entrega absoluta en nombre del amor.

Ensayo de «Il trovatore» en el Teatro Real. Piotr Beczala (Manrico), Ksenia Dudnikova (Azucena). Fotógrafo: © Javier de Real | Teatro Real.
La presencia de Luisotti en el podio añade un elemento de continuidad a estas funciones. El director italiano debutó precisamente con Il trovatore en el Teatro Real en 2007 y ha dirigido ya nueve títulos verdianos en su escenario. Las representaciones de los días 4 y 15 de julio estarán a cargo de François López-Ferrer, que se pondrá por primera vez al frente del Coro y la Orquesta Titulares del teatro.
Junto a las funciones operísticas, el Teatro Real ha organizado un amplio programa de actividades paralelas en colaboración con distintas instituciones culturales. Conferencias, encuentros y visitas permitirán profundizar en el contexto histórico y artístico de una obra que sigue fascinando más de siglo y medio después de su estreno. Incluso el Teatro Fernán Gómez recuperará durante esas mismas fechas el drama original de Antonio García Gutiérrez.
Venganza, amor y destino
La reposición de Il trovatore en el Teatro Real no supone únicamente el regreso de uno de los títulos más populares de Verdi. También recupera una obra que, bajo su apariencia de melodrama romántico, explora una idea profundamente moderna: la imposibilidad de escapar de los traumas heredados. Todos los personajes viven sometidos a hechos ocurridos mucho antes de que se levante el telón. Nadie actúa realmente en el presente. Todos reaccionan a una herida antigua, a una deuda pendiente o a un deseo frustrado.
Tanto Matabosch como Negrín coinciden en esa lectura. El fuego que atraviesa la partitura no es solo el de la hoguera donde murió la madre de Azucena, sino también el símbolo de una memoria que sigue ardiendo décadas después. La venganza, el amor y el destino forman un mismo nudo dramático del que ninguno de los protagonistas logra liberarse. De ahí que esta producción insista en los fantasmas del pasado y en la dimensión psicológica de una obra donde los acontecimientos más importantes apenas se muestran y son, sobre todo, narrados y recordados.















