Comisariada por María Ortega Gálvez, la muestra reúne 42 esculturas, acompañadas de dibujos y fotografías realizados durante el desarrollo de un proyecto que ya cuenta con la participación de más de 80 mujeres artistas. Su singularidad reside tanto en las piezas resultantes como en el procedimiento empleado para obtenerlas. Cada molde nace de un encuentro entre Jiménez y otra creadora, de una conversación y de un tiempo compartido que forman parte esencial de la obra.
«Cuando decidí hacer este proyecto, no lo llamaba archivo. Era un encuentro. Lo importante era estar cara a cara con estas compañeras», explica la artista. La pregunta que da título a la exposición constituye el punto de partida de cada sesión. «El tiempo que transcurre desde que yo les pregunto ‘¿Me das tus manos?’ hasta que termina el proceso es un momento en el que las artistas nos unimos, me cuentan sus proyectos, sus vidas y también sus preocupaciones».
De esas reuniones surgen las esculturas, pero también una memoria de relaciones personales y profesionales que difícilmente podría conservarse mediante los procedimientos habituales de documentación artística. Jiménez define su trabajo como un archivo «sentimental y personal», en el que el componente afectivo resulta inseparable de la investigación y de la dimensión performativa del proceso.
Anonimato
Una de las decisiones más significativas del proyecto es preservar el anonimato de las participantes. Las esculturas no se presentan como retratos identificados mediante nombres propios. Son manos que remiten a personas concretas, con sus líneas, pliegues y marcas particulares, pero cuya identidad permanece deliberadamente fuera de la representación.
«Aunque no se vean los rostros de las artistas, retratadas en sus estudios o en sus casas, sí vamos a poder reconocerlas a través de sus manos, de esta manera anónima con la que hemos querido trabajar», señala Jiménez. La elección desplaza la atención desde la identidad individual hacia aquello que las participantes comparten, su condición de creadoras y el trabajo desarrollado a través de sus respectivas trayectorias. Cada pieza mantiene su singularidad dentro de un conjunto que adquiere sentido precisamente por la acumulación de diferencias.
Para María Ortega, el proyecto se inscribe en las prácticas feministas contemporáneas interesadas en recuperar relatos históricamente silenciados y ensayar otras formas de representación. «Frente a las ausencias que han atravesado la historia cultural, Jiménez propone una constelación de presencias», explica la comisaria, que entiende el archivo como una red de reconocimientos entre mujeres de distintas generaciones, procedencias y experiencias artísticas.
La dimensión colectiva resulta especialmente relevante en una propuesta que cuestiona la concepción de la creación como una actividad exclusivamente individual. Las esculturas llevan la impronta de sus protagonistas, pero su realización exige la intervención de ambas partes. La artista insiste en esa condición compartida:»Esta no es una obra que yo pueda hacer sola. Es una obra que hemos hecho entre todas».
La museografía busca aproximarse a la apariencia de un archivo o un laboratorio, una elección que introduce cierta distancia respecto a la carga emocional del proceso. La disposición de las piezas permite observar las particularidades de cada molde y establecer relaciones entre unas manos y otras.
Esa presentación convive con los dibujos y las fotografías que documentan su realización. Los primeros recogen movimientos asociados a la elaboración de los moldes, mientras que las imágenes muestran las manos durante el proceso de trabajo. Su incorporación resulta fundamental para comprender que las esculturas expuestas son el resultado material de una experiencia más amplia.
La escayola desempeña un papel decisivo. Su capacidad para reproducir los detalles de la piel permite conservar una huella precisa, mientras que su fragilidad introduce una relación particular entre el cuerpo representado y la materia. El archivo reúne así formas semejantes que nunca llegan a ser idénticas.
Esta atención a las propiedades físicas de los materiales enlaza con las investigaciones desarrolladas por Jiménez en sus últimos trabajos, en los que ha abordado el cuerpo a partir de conceptos como la fragilidad, la resistencia, la ductilidad o la tenacidad.
Premio Nacional de Arte Gráfico 2025, Elena Jiménez ha desarrollado una trayectoria multidisciplinar que comprende el grabado, la pintura, el dibujo, la fotografía y la instalación. En los últimos años ha trabajado especialmente con instalaciones procesuales y propuestas vinculadas a la gráfica expandida.
Su obra figura en colecciones como las de la Biblioteca Nacional, la Calcografía Nacional, la Fundación Pilar y Joan Miró, el CA2M y la Fundación Mapfre. También ha participado en residencias de investigación artística en ciudades como La Habana, Nueva York, Londres y Berlín.

«Me das tus manos. Archivo de mujeres creadoras», exposición de Elena Jiménez en CentroCentro. Fotografía: Alejandro Cayetano.
En Me das tus manos, esa experiencia con diferentes lenguajes converge en una investigación que continúa abierta. Las 42 esculturas presentadas en CentroCentro constituyen una parte de un archivo mayor, construido progresivamente desde 2020 y susceptible de seguir incorporando nuevas participantes.
La exposición plantea, además, una reflexión sobre los procedimientos con los que se conserva la memoria de las artistas. Frente a los documentos escritos, las imágenes de sus obras o los relatos biográficos, Jiménez propone registrar algo tan elemental y personal como las manos. Una parte del cuerpo que interviene directamente en numerosos procesos creativos y que aquí adquiere valor como testimonio de una trayectoria.
El resultado conserva una paradoja deliberada. Las protagonistas permanecen anónimas, pero cada una deja una huella irrepetible. Y aunque el archivo se materializa en esculturas, su origen está en conversaciones y encuentros que no pueden reconstruirse por completo a partir de los objetos expuestos.

















