También está representada la obra de amigos con los que compartió proyectos –la Basílica de Arantzazu es el ejemplo más destacado– y trayectoria artística y vital, como son, entre otros, Eduardo Chillida, Lucio Muñoz, Pablo Palazuelo, Antonio López, José Antonio Sistiaga o Jorge Oteiza.

Al tratarse de una exposición sobre la persona, los espacios no están ordenados en torno a la cronología de su obra. Su recorrido no pretende explicar la vida, proyectos o pensamientos oizianos, sino inspirar y provocar emociones e interpretar la arquitectura y el dibujo del arquitecto como otra forma de arte. Oíza ensayaba mucho sobre plano y por ello se han conservado cientos de papeles que no han visto la luz. Además, realizaba proyectos muy variados de manera simultánea, de ahí que existan tantos bocetos.

Los comisarios de la exposición son tres de sus siete hijos –Javier, Vicente y Marisa Sáenz Guerra–, también arquitectos y que personalmente se han hecho cargo de dar forma y sentido a la exposición. Javier apunta: “Él nos explicaba que no consideraba los museos como un almacén para ver, sino un espacio para imaginar y, a partir de ahí, crear”. Sáenz de Oíza incitaba a hacer y solía decir que «el que no hace, critica».

Fiel a este espíritu, el Museo ICO lanza, en esta exposición, la misma propuesta a sus visitantes, en especial los jóvenes: concluir la visita con el ánimo de hacer, de ser creativos y de aportar soluciones.

Cinco oficios

El espacio se divide en cinco oficios, en referencia a cinco estados de conocimiento del autor, que se van interrelacionando entre sí. El recorrido se inicia en el espacio denominado ‘El oficio de aprender / El arte de enseñar’, una miscelánea de objetos y piezas que recrean sus orígenes, la inspiración encontrada en su pueblo natal, Cáseda, en su aventura americana, y en la Universidad donde fue catedrático y director de la Escuela de Arquitectura. Fruto de aquella época fueron las construcciones de las Escuelas de Batán en Madrid, la Facultad de Ciencias en Córdoba o la Universidad Pública de Navarra.

Sáenz de Oíza se definía como “un hombre de segueta”. Su extraordinaria habilidad manual le servía para elaborar sus propias maquetas de madera, corcho o cartulina, de gran capacidad sintetizadora, pero también para reparar y transformar cualquier cosa que cayera en sus manos para darle nuevas aplicaciones, o para construir juegos mentales de matemática o geometría, áreas por las que siempre tuvo gran interés, al igual que la poesía, literatura, filosofía y otras lecturas que se pueden ver en la muestra.

‘El oficio de habitar / El arte de construir’, el segundo espacio de la exposición, reúne algunas de las construcciones que realizó el arquitecto. Para él, la construcción de ‘La Casa’ era el papel principal del arquitecto. Las casas eran más que edificios donde vivir, simbolizaban espacios íntimos, lugares de protección donde cada persona potencia su mundo interior, un espacio íntimo y cerrado. “La casa –decía– es el habitáculo para dormir de un hombre que produce, trabaja, vive y se relaciona en una dilatación de espacio en la que se mueve a lo largo de las 24 horas. Es decir, que la significación del contenedor en sí queda relegada a un segundo nivel”.

En este espacio se pueden ver algunas casas proyectadas y construidas por encargo como la de Lucas Prieto (Talavera de la Reina, 1960), la de Arturo Echevarría en la urbanización La Florida (Madrid, 1972) y la Villa Fabriciano en Torrelodones (Madrid, 1987).

Dos pequeñas casas en Mallorca, donde transcurren los veraneos de Oíza y su familia, explican cómo es el Oficio de Habitar de este arquitecto en una casa hecha por otro y la relación que toda arquitectura debe tener con el lugar, la tradición, las costumbres y los oficios locales.

Oíza también dedicó una parte de los años 50 a la construcción de viviendas sociales en Madrid (Entrevías, Fuencarral, Batán…) mano a mano con los vecinos, tratando de dar una solución al problema del alojamiento de miles de emigrantes que llegaban a las ciudades. De ello son ejemplos su propuesta (no construida) junto al río Manzanares, deseando compararse con su maestro Le Corbusier, y el complejo de viviendas de realojamiento junto a la M-30 en Madrid (1986) conocido como El Ruedo.

Probablemente el tercer espacio, ‘El oficio del alma. El arte de evocar’, sea el más intimista, el que retrata la vertiente más espiritual de Oíza con la construcción de la Basílica de Aránzazu. La obra se realizó a partir de un concurso de ideas para su ampliación, aunque encontró numerosas dificultades y dudas por los problemas de la renovación del lenguaje religioso en la España de 1950.

Este edificio aglutina las obras de un conjunto de jóvenes artistas, arquitectos, escultores y pintores que, con el paso del tiempo, han convertido la Basílica en símbolo de los galardonados con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes: Eduardo Chillida (1987), Jorge Oteiza (1988) y Sáenz de Oíza (1993) y otro autor no menor, el pintor Lucio Muñoz, cuyo retablo resulta clave en el entendimiento del nuevo espacio sagrado reclamado por las jóvenes generaciones. Esta obra (planos, dibujos, maquetas, fotografías…) abre la exposición a un espacio integrador de las Artes.

'Saénz de Oíza. Artes y oficios'. © Luis Domingo.

‘Sáenz de Oíza. Artes y oficios’. © Luis Domingo.

En el cuarto espacio, ‘El oficio de creer. El arte del mecenazgo’, la exposición traslada a una etapa de gran creatividad explosiva de Oíza, la de los años 60 y 70. De esta época es el edificio madrileño de Torres Blancas, junto a la Avenida de América, una de las obras más destacadas del arquitecto.

Sáenz de Oíza trabajará en esta época junto a grupos de artistas en los que encontrará, además, una profunda amistad. Muchos de ellos (Palazuelo, Oteiza, Sistiaga… y el propio Oíza) recibirán el apoyo de los Huarte, mecenas cuya constructora le encargará el proyecto de apartamentos de verano Ciudad Blanca de Alcudia, en Mallorca, así como el diseño de la imagen de la empresa de muebles del grupo familiar, H Muebles. Oíza transformó un oscuro sótano en un luminoso local que sirviera de plataforma de difusión para las diferentes empresas del Grupo Huarte, así como en un espacio de reunión y de debates de arquitectura, en particular de gente afín a la familia.

La Ciudad Blanca de Alcudia resume las ideas de las viviendas sociales realizadas en la década de los 50, convertidas en apartamentos para el ocio. y muestra la adscripción de Oíza a las ideas de la denominada Tercera Generación de arquitectos, enlazando con el espíritu de Aldo van Eyck, van der Broek, Bakema o los Smithson, entre otros.

El artista definía este proyecto como “casas-tumbona… (En la playa) nadie va con una brújula a ponerle su orientación a las butacas, pero ve por la tarde a una playa y verás que todas están alineadas en el momento que dejaron de tomar el sol… Pues en el fondo estas son unas casas-tumbona, como te he dicho, orientadas para hacer un uso cómodo de la casa en relación con el medio”.

Por último, el espacio ‘El oficio de competir / El arte de representar’ muestra al Oíza que habitualmente participaba en concursos de ideas y proyectos arquitectónicos abiertos, o bien era invitado a convocatorias restringidas. Las propuestas de Mónaco, Las Palmas y Santander corresponden a este último caso. La muestra selecciona algunos de los proyectos que Sáenz de Oíza realizó para concursos públicos.

El Centro Atlántico de Arte Moderno CAAM (Las Palmas, 1985) muestra los criterios de intervención en Patrimonio de Oíza. El Palacio de Festivales de Santander fue otro edificio construido tras ganar un concurso, en este caso con tintes posmodernos. Aquí la demolición de unos antiguos astilleros en el centro urbano dejó un espacio vacío junto a la Escuela de Náutica. La propuesta de Oíza (1985) responde a los grandes teatros griegos, en particular Epidauro. Este espacio acoge también la torre Banco de Bilbao, en Madrid.

Oíza no escribió ningún libro, pero sí conservó una innumerable cantidad de escritos que utilizaba para sus clases, charlas y conferencias. Por eso esta exposición constituye una oportunidad única para conocer el lado más personal e íntimo de un artista polifacético, arriesgado y que nunca (en sus 82 años) quiso dejar de aprender y de hacer. Un sentimiento que los responsables de la muestra quieren inspirar en el visitante.

Proyectos singulares

'Saénz de Oíza. Artes y oficios'. © Luis Domingo.

‘Sáenz de Oíza. Artes y oficios’. © Luis Domingo.

Sáenz de Oíza diseñó proyectos muy variados. Viajó fuera de España, vivió en EE.UU. y volvió con muchas ideas e inquietudes. Algunos de sus proyectos más singulares se encuentran en Madrid. El más icónico es Torres Blancas, un edificio de 71 metros de altura con multitud de intrahistorias: el propio Oíza vivió allí y en la exposición se recoge una imagen del pintor, escultor y amigo Antonio López dibujando Madrid desde una de sus terrazas. También la Torre del Banco de Bilbao, un edificio de 107 metros de altura con fachada de acero y cristal ubicado en el complejo financiero y comercial AZCA, junto al Paseo de la Castellana. Además, realizó el proyecto del Campus de la Universidad Pública de Navarra, Torre-Triana, sede administrativa de varias consejerías en la isla de la Cartuja en Sevilla y el Palacio de Festivales de Santander, entre otras muchos.

Arquitecto de ciudad, pintor y escultor, su afán de superación hizo que se convirtiera en un erudito, ya que dedicó gran parte de su vida a estudiar varias disciplinas para optimizar sus obras. Fue profesor universitario muy entregado a sus alumnos y nunca dejó de investigar. Actualmente muchos de sus alumnos son profesores.

Siempre estuvo en constante evolución y tuvo el empeño de entender todos los procesos necesarios para elaborar el mejor proyecto posible, dependiendo del lugar, las dimensiones etc. Practicaba la austeridad en su vida y en sus obras y trataba de utilizar los materiales que tenía a mano combinándolos de la mejor manera posible. También transformaba edificios para aprovecharlos y de todo tomaba ideas.

Fue Premio Nacional de Arquitectura en 1945, tan sólo un año después de terminar la carrera de Arquitectura, obtuvo la Medalla de Oro de la Arquitectura en 1989 y fue galardonado en 1993 con el Premio Príncipe de Asturias de las Artes.