Lo primero que me viene a la cabeza si pienso en risas y arte expuesto son algunos pasotes del arte moderno como la noticia de ese empleado de la limpieza que barre por error alguna instalación, el plátano pegado a la pared con cinta adhesiva o las críticas de Andrés Trapiello a Marcel Duchamp o Antoni Tàpies. O cómo no citar la gracia que provocan los pies de foto, algunos realmente tronchantes, salidos de la imaginación de Miguel Ángel López González, El Hematocrítico, tan añorado, y recogidos en los tres libros que dedicó a este asunto.

Pero la risa es cosa seria. Ahí están pensadores como el filósofo Henri Bergson o el padre del psicoanálisis Sigmund Freud dedicando sesudos ensayos a entender la risa y al chiste respectivamente. Ambos ahí retando aquella máxima de Wittgenstein: “De lo que no se puede hablar, hay que callar”. Otro que no se calla es el profesor y especialista en arte del siglo XIX, Carlos Reyero, y lo cierto es que hay que agradecérselo: no intenta aprehender los escurridizos mecanismos de la risa, pero sí rastrear, por un lado, su presencia en el arte occidental, del XVI a principios del XX, tanto en obras de artistas menores como en lienzos o dibujos con la firma de Rembrandt, Rubens, Cézanne o Goya; y, por otro lado, se centra en analizar los temas que provocan risa en quien hoy se detiene en esos cuadros. Lo ha hecho en Las risas del arte, y la primera sorpresa es la cantidad de risas pintadas que resultan ajenas al regocijo o la felicidad y que más bien esconden maldad, vergüenza o sufrimiento.

En su repaso Reyero tiene en cuenta, según el mismo anuncia en la introducción, “las estrategias de representación y comunicación, las variaciones interpretativas, los contextos históricos del humor y las implicaciones sociales de las imágenes”. La relación de risas que detecta el autor no es precisamente breve. Está la risa anacrónica, esa que cuesta entender en nuestra época porque los códigos han cambiado demasiado. Si nos pasa con algunas películas de hace varias décadas cuando vemos a personajes reírse por motivos que hoy no nos hacen gracia, qué no pasará con cuadros pintados hace varios siglos. También puede suceder lo contrario: que nos riamos de algo que en su momento se concibió con otra finalidad. Solo los genios consiguen que lo ridículo de una prenda o lo grotesco de un rostro despierte en nosotros más admiración que risa.

Bufones, cómicos, gordos, mujeres barbudas, enanos… son objeto de análisis en diferentes pinturas seleccionadas por Reyero, que también estudia la risa en banquetes o bacanales, es decir en condiciones de glotonería, embriaguez o frenesí. Situaciones propicias para la risa festiva, la risa contagiosa, la lúbrica o la plena de dicha, sin pasar por alto su reverso más o menos tenebroso: las risas que ocultan crueldad, las diabólicas, las malvadas (“en la Biblia, los malvados no paran de reír”, nos recuerda el autor), también las burlescas, satíricas o paródicas. Cuando se hace referencia a las risas enigmáticas, imposible no citar la más célebre de todos los tiempos, la de La Gioconda o Mona Lisa de Leonardo da Vinci.

De este libro tan erudito se puede decir eso tan grato de que las risas están garantizadas. Al menos en los cuadros.


Las risas del arte. Carlos Reyero. Cátedra. 288 páginas.