Del mismo modo que los sacerdotes de los templos de Asclepio utilizaban el sueño como rito purificador, él usaba la tensión, la angustia y la ansiedad como catarsis para curar el miedo. Como un nuevo Mitrídates hacía consumir a los pacientes-espectadores pequeñas dosis de terror con las que se podían inmunizar contra el horror de los días corrientes y los zarpazos de la rutina.

Su método terapéutico consistía en el suspense, en entretener con el riesgo. Emocionar, incluso divertir, con la incertidumbre, con la aceleración del pulso, con la muerte acechando al doblar cualquier esquina, merodeando por el mercado, esperando en el salón de la casa, en el dormitorio, en la escalera, en la ducha…, pisando siempre los talones: “si usted no experimenta una deliciosa sensación de miedo contemplando esta película, pellízquese… lo más probable es que esté muerto”.

Como la mayoría de los pacientes que van al médico en busca no de un diagnóstico o de un pronóstico sino de un remedio, los espectadores iban al cine con el único propósito de obtener una receta de Hitch, para emocionarse individual y colectivamente, no con el guion o con los actores, sino con la película: la fotografía, la banda sonora, los gestos. Para fundir su mirada con la de los ojos de la ventana indiscreta, con el objetivo de la cámara. Cine en estado sólido.