El libro del periodista y escritor aragonés estuvo precedido por la publicación de la novela Intemperie (2013), de Jesús Carrasco, y tuvo continuidad en otras dos narraciones ficcionales de muy distinto corte: Los Asquerosos (2018), de Santiago Lorenzo, y La tierra desnuda (2019), de Fernando Navarro. Todas ellas ayudaron poderosamente a generar una nueva conversación, cuyo centro de atención era la vida de las gentes en esa gran parte de nuestro país separada de la vida urbana, una vida enmarcada por el ciclo de las estaciones y las tareas del campo, pero también por las estrechas relaciones familiares, la solidaridad, los enconos entre vecinos y el silencio de los secretos guardados.

Salvador Corel, el médico que consiguió ser profeta en su tierra, no pudo leer ninguno de los libros citados (¡con cuántos libros interesantes no leídos nos pilla la muerte!), pero sí dejó en su Cuaderno de Vitácora —con uve de vida— algunos hechos curiosos de esa España vaciada, —no vacía, sino abandonada— como consecuencia de la emigración masiva que tuvo lugar desde la segunda parte del siglo XX y hasta hoy en territorios como el de Torre Cadima, en el que él ejercicio su profesión durante más de cuarenta años. Hemos recogido aquí para entretenimiento del lector de hoyesarte.com algunos de los sucedidos más curiosos que aparecen en su diario, que tiene algo de carta, pero también de memoria fantástica y crónica periodística a la vez.

Con la llegada de los años cincuenta, España fue pasando del boicot internacional, la pertinaz sequía, el gasógeno, las restricciones generalizadas y el fomento de los beneficios de una vida austera y sacrificada a dar la bienvenida a un sucedáneo de Plan Marshall, como consecuencia del restablecimiento de relaciones diplomáticas con Estados Unidos. La firma del primer convenio de colaboración entre ambos países en 1953 trajo consigo un giro en la política económica, que se acompañó de una cierta mayor tolerancia en las costumbres sociales al rebajarse la presión religiosa y abrirse las ventanas del invernadero cultural. España parecía empezar a superar los rigores de la posguerra y dejar atrás la miseria, aunque solo fuera para “seguir de pobres”, lo que también ocurría en Torre Cadima.

Convencido de que sanidad y educación deben ir unidas para conseguir los mejores frutos, Salvador consiguió poner en marcha un plan para inculcar a la población medidas higiénicas y preventivas eficaces, para lo cual contó con la ayuda inestimable de su amigo Paco Ruivantes, el buen maestro de escuela, y de Santiago Antón, el patriarca de la amplia comunidad gitana, un Séneca oculto: “Quien buena salud tiene, dispone del mejor de los bienes”.

Como resultado de todo ello, se eliminaron los corrales situados junto o dentro de las casas del pueblo, se combatió pertinazmente no solo las parasitaciones, sino también el tracoma y la brucelosis, dos enfermedades infecciosas de las que todavía quedaban brasas por apagar, se intensificaron las campañas de vacunación entre los niños y se presionó a las autoridades provinciales para la construcción de la red de alcantarillado y el abastecimiento de agua potable, que desgraciadamente no se harían realidad hasta una década después. No obstante, durante un largo periodo de tiempo, Salvador tuvo que convivir con una arraigada tradición de curanderismo, de la que ya hemos dado cuenta en estas páginas (De médicos, curanderos y saludaderos).

Salvador había aprendido a aprovechar al máximo cualquier resquicio del tiempo que le dejaban libre sus ocupaciones médicas y fue alargando los días conforme los años se le fueron haciendo más cortos. Todas las mañanas las dedicaba a ver a los pacientes que acudían al consultorio y parte de la tarde a realizar las visitas domiciliarias a los enfermos más impedidos, así como a atender los avisos no urgentes, pues las urgencias eran atendidas de forma inmediata a cualquier hora del día o de la noche (“el que cura, no tiene hora segura”).

Entre ambas tareas había renunciado a la costumbre de echarse la siesta después de la comida en familia, a cambio de un rato de cháchara con los parroquianos que se congregaban en el bar Avenida para tomar un café y jugar una partida de tute, de ajedrez o de dominó. En esta tertulia, como en la de la rebotica de la Farmacia Caparrosa o en la de la Barbería del maestro Diago, se comentaban los acontecimientos más significativos que tenían lugar en el pueblo y sus alrededores, algunos de los cuales Salvador los trasladaba a su cuaderno de la manera más variada. Y es que en aquellos ambientes surgían ideas a borbotones para imaginar relatos, poemas, proverbios, escenas teatrales e incluso urdir un golpe de Estado incruento. Eso sí, sin darle importancia alguna a la gramática ni dejar que ella misma se la diera; al contrario, a veces, reinventándola o corrigiéndola con alguna que otra magnífica equivocación.

En general, las conversaciones comunes solían girar en torno a los acontecimientos que marcaban el calendario agrícola-religioso del pueblo o a los comentarios de hechos o sucedidos inesperados que se producían de vez en cuando, pedazos de realidad susceptibles de ser transformados rápidamente por la fantasía popular en leyendas o cuentos luminosos, en historias de la historia del pueblo, que corrían de boca en boca. Este era el caso de la asombrosa historia del cerdo que, después de haber sido sacrificado y recogida su sangre en un lebrillo, como era costumbre en el ritual de la matanza, fue abandonado encima de la mesa del sacrificio a la espera de ser limpiado y descuartizado por el matarife y su cuadrilla después de un breve descanso para tomar el primer aguardiente de la mañana; sin que nadie pudiera explicárselo, el gorrino bajó de la mesa por sus propias pezuñas, salió en silencio del patio de la casa dónde había sido criado, recorrió varias calles con el boquete abierto en su yugular y llegó hasta la plaza del pueblo, donde ya había gente jugando al boliche a esa hora de la mañana. Allí, se desplomó definitivamente, encima de la alargada U del boliche excavada en el suelo, sin pronunciar gruñido alguno.

Como la imaginación popular no tiene límites, hubo algún guasón entre los presentes que se atrevió a vaticinar que, a partir de ese momento, en el singular juego (únicamente se autorizaba por el gobernador civil de la provincia para los días de Navidad) podía haber tres resultados posibles en lugar de dos: pares, nones o gorrino. Por otra parte, cuando la historia se difundió por los pueblos vecinos, siguiendo la máxima de que “el chisme ni se crea ni se destruye, simplemente se transforma”, hubo más de un burlón que sentenció: “El cochino de Torre Cadima tenía baja la vista y alta la mira”.

En fin, el dueño del marrano interpretó el acontecimiento como una señal del cielo y se aventuró a vender los productos de la matanza como “carnes y embutidos que resucitan a un muerto”, eslogan con el que consiguió aliviar por algún tiempo su maltrecha economía doméstica. El acontecimiento pronto tomó cuerpo en forma de relato prodigioso —a la manera de Álvaro Cunqueiro, pero con cierta retranca sureña— bajo el título El resucitado, y entró a formar parte del repertorio de los cuentacuentos locales.

Otro de los episodios curiosos que recogió Salvador en su Vitácora fue la colecta que se hizo en la primavera de 1957 entre los aficionados del Real Madrid para pagarle el desplazamiento hasta la capital de España y que asistiera a la final de la segunda Copa de Europa a Alonso Ruiz, alias El Sorullo. La finalidad era que Sorullo, uno de los más fieles seguidores merengues y con una marcada vocación de Matías Prats, contara a su vuelta los pormenores del partido a sus patrocinadores.

En efecto, él fue uno de los más de cien mil espectadores que el día 30 de mayo presenció en el estadio Santiago Bernabéu la victoria por dos goles a cero del Real Madrid sobre la Fiorentina y, de regreso a Torre Cadima, dio todo tipo de explicaciones acerca del partido a los aficionados que se habían congregado en la plaza del pueblo, detallando la resistencia del equipo italiano durante más de una hora de partido, pero que, al final, acabó sucumbiendo ante el mejor juego de los madridistas, espoleados por Alfredo Di Stéfano.

De paso, Sorullo contó como en la capital de España convivían tranvías y autobuses, carros tirados por mulas y biscúteres, el contraste entre el carácter rural de los extrarradios, donde pastaban ganados y se cultivaba la tierra de labor, con el cosmopolitismo de la Gran Vía y alrededores. La verdad es que la escena narrativa protagonizada por Sorullo le recordó a Salvador el episodio del cura Pero Pérez leyendo la quijotesca Novela del curioso impertinente en la venta de Juan Palomeque y su manera de dar tanto gusto a los presentes que era capaz de quitarles mil canas. Una dramaturgia parecida se repitió tres años después, cuando el Real Madrid conquistó su quinta Copa de Europa en la mítica final de Glasgow.

Por aquel entonces también tuvo lugar una violenta tormenta el día de San Francisco, el santo patrón del pueblo al que se dedicaban varios días de fiesta. La luz matinal había aparecido resquebrajada, como un cristal hecho añicos por el fuerte viento de jaloque y, hacia el mediodía, el cielo tomó un color verdoso, como de mariguana, antes nunca visto. Desde ese momento, a la súbita explosión del rayo sucedía el estampido del trueno que resonaba hasta en el último rincón del pueblo. La nube, apoyada en las faldas de Sierra Cabrera, vaciaba su inflamado lacrimal con la violencia del llanto incontenible de un niño hambriento y, en cuestión de minutos, el cauce del barranco de El Negro se vio desbordado y comenzó a verter la mayor parte de su caudal en la rambla del pueblo, convertida desde hacía tiempo en su calle principal.

Cuando llegó el atardecer, el cielo se había aclarado, pero todavía no había perdido del todo el verdín ni había sido ganada la luz. Ningún pájaro había vuelto a cruzar el aire y muchas personas seguían refugiadas en alguno de los rincones de sus casas, a solas, con el corazón encogido hasta el tamaño de una molécula de agua. A esa hora en la que otros días se alargan imparables las sombras, las amenazadoras nubes se fueron retirando por la parte de la Loma de La Venena afufadas por los cánticos a San Francisco, las plegarias a ¡Santa Bárbara que truena! o las encomiendas a San Bartolomé. A eso de la medianoche comenzó a sentirse la escampada.

A la mañana siguiente, día de la corrida de cintas y del baile de cinteras, se pudo comprobar que los tablachos de las casas de la avenida principal no habían podido contener la riada, ni los techos de cañizo y tierra roya las violentas goteras. Tampoco se habían salvado de las inundaciones la caseta de tiro, ni la tómbola, ni los puestos de turrón. Por su parte, la noria fue arrastrada entera hasta la confluencia de la rambla con el irónico río Aguas, mientras que los caballitos de madera, arrancados del cuerpo principal de la atracción de feria, aparecieron en su mayoría en la misma desembocadura del río, a una legua de distancia.

El circo, que se había instalado en la parte alta del pueblo, corrió mejor suerte, aunque los destrozos del viento dejaron al descubierto un pequeño zoológico junto a la iglesia, en el que no faltaban una juguetona pareja de cebras, un viejo y somnoliento león con pulgas no demasiado buenas, además de un grupo de cabras con aptitudes musicales y dos vistosos caballos: uno blanco y otro, azabache.  Al que no se pudo retener fue al simpático mono Pepito, que tomó las calles del pueblo, haciéndose amigo de quien le ofreciera un puñado de cacahuetes o alguna fruta de su gusto.

En las noches que siguieron a la espantada del chaparrón se pudo ver al mono Pepito apostado en la puerta de la ermita del santo a la espera de que San Francisco le contara la historia del furioso lobo de Gubbio para poder conciliar el sueño, en sabiendo que, como aquél, la fiera tempestad también había sido amansada y él podría volver a hacer reír a los niños con sus monadas.

Uno de los recuerdos más vivos de aquellos tiempos que permanecieron en la memoria de Salvador fueron sus escapadas, en la vespa de segunda mano que había adquirido poco antes, para ver el rodaje de Lawrence de Arabia, la película del director británico David Lean. El adelantado Eddie Fowlie había descubierto en el paraje de El Algarrobico (Carboneras), la ubicación ideal para la reproducción cinematográfica de la ciudad jordana de Áqaba, situada realmente a las puertas del Mar Rojo, y la filmación de la inolvidable secuencia de su ataque al imperio otomano por parte de unas cuantas tribus árabes rebeldes comandadas por T.E. Lawrence, cuyo papel era interpretado por Peter O’ Toole, a quien un día Salvador se vio en la obligación de asistir médicamente tras sufrir el carismático actor inglés la aparatosa caída de un camello.


Pocos lugares se han transformado con más ahínco en otro que aquella Almería de desiertos lunares y playas vírgenes moldeadas por las manos de la erosión o el capricho de los dioses. En este caso, los parajes costeros de Carboneras, las depresiones volcánicas de Níjar, las dunas del Cabo de Gata y las ramblas de Tabernas se convirtieron en otros tantos lugares de la península arábiga y, como el rodaje se prolongó durante varias semanas, no fueron pocos los vecinos de Torre Cadima que se apuntaron para figurar como extras bereberes a pie o a caballo en la película; de esta manera, podían obtener en unos cuantos días los ingresos económicos que habitualmente conseguían en meses trabajando en sus oficios habituales, con el añadido de poder presumir delante de sus familiares y amigos de alguna que otra fotografía posando al lado de Peter O’ Toole, Omar Sharif o Anthony Quinn.

Por cierto, en el pueblo era un rumor generalizado que el actor de origen mexicano pasó más de una noche disfrutando del arte flamenco de los gitanos de Torre Cadima en el patio del hotel Simón de Almería y en alguna taberna mojaquera, como El Zurriburri, intercalando entre los fandangos, bulerías y tarantos de los cantaores locales algún corrido salido de su propia garganta. Quien estuvo allí dio testimonio de que no le costaba mucho arrancarse a bailar cuando le invitaban El Joseíco o La Pulga y algunos de sus allegados contarían después que durante los ensayos de Zorba el Griego más de una vez recordaría la manera de interpretar de la artística pareja de bailaores antes de acometer la famosa escena de la danza del sirtaki.

Lo que no pudo llevar a cabo Quinn fue su idea de montar en un escenario neoyorquino o de llevar al cine la lorquiana Bodas de sangre, obra de profunda raíz almeriense, como bien pudo comprobar en su visita al Cortijo del Fraile una tarde con la luz dorada y la sombra filtrada de un dramático pasado.

Poniéndolos por escrito, “pasando a limpio” todos estos relatos, Salvador se sentía como el autor de Las mil y una noches, sobre todo cuando las historias contadas se iban enredando con otras sacadas de su cacumen y, así, dentro de un cuento, aparecía otro nuevo, que dejaba la puerta abierta para la narración del siguiente. Según decía, era una sensación de dicha inigualable.