Tenía 86 años, arrastraba un Parkinson demoledor y mantenía, pese a todo, el talante pícaro y la ganas de seguir en las que insisten quienes de cerca conocieron a este enorme literato, el primer húngaro que obtuvo el Premio Nobel, en 2002, “por una obra que conserva la frágil experiencia del individuo frente a la bárbara arbitrariedad de la historia”.

Los que no tuvimos la suerte de tratarle pero un día caímos en las redes de su creatividad sabemos que algunas de sus obras (Sin destino; Yo, otro; Liquidación o sus memorias de juventud agrupadas en La bandera inglesa) se inscriben en la gran literatura centroeuropea surgida al aire de la adversidad en diferentes décadas del siglo pasado. Esa que es capaz de dejar una huella profunda e imperecedera en el lector.

“Allí estaba yo, aceptando cualquier argumento con tal de poder seguir viviendo”, escribe Kertész en los párrafos que cierran Sin destino, un libro capital que se sirve de la voz de un muchacho judío que es detenido y deportado a Auschwitz tras besar por primera vez a una chica.

Elementos comunes

Apenas había cumplido Kertész los 15 años cuando fue deportado en 1944 por la policía húngara a Auschwitz a causa de su ascendencia judía. Como él mismo ha contado, cuando regresó a Budapest, no sólo encontró la casa paterna ocupada sino que fue consciente de su absoluta soledad: toda su familia había sido exterminada por la maquinaria asesina alemana.

Negó siempre su autor que Sin destino, por muchos considerada la mejor obra de ficción que se haya escrito sobre el Holocausto, fuera una obra autobiográfica. Pero son tantos los elementos comunes entre lo que nos narra y lo que vivió en primera persona en relación con el genocidio, que leer ese libro desgarrador y desgarrado que vio la luz en 1975 y en cuya redacción invirtió trece años, es adentrarse en el infierno que el escritor tuvo que vivir. Pero sin olvidar jamás que detrás de aquellos horrores la vida fluía.

“Sentí como crecían y se juntaban en mí, las ganas de continuar con mi vida, aunque pareciera imposible. Mi madre me estaría esperando y seguramente se pondría muy contenta de verme, la pobre. Me acordé de que ella quería que yo fuera arquitecto, médico o algo así. Seguramente así sería, como ella deseara, puesto que no existía ninguna cosa insensata que no pudiéramos vivir de manera natural, y en mi camino, ya lo sabía, me estaría esperando, como una inevitable trampa, la felicidad”, relata el pequeño protagonista de Sin destino sin que al lector se le oculte que entre ese muchacho y el autor que le presta la voz hay numerosos caminos confluyentes.

Crítico e independiente

Consciente de que el eco de su figura y de su obra transcendía el plano estrictamente literario, Kertész ha mantenido a lo largo de toda su existencia una actitud crítica e independiente. Denunció con fuerza la sinrazón de los totalitarismos, con una mirada especialmente dura con el régimen soviético y, posteriormente, no tuvo una actitud menos beligerante frente al capitalismo y al neoliberalismo.

“La esencia de mi obra consiste en trasladar lo ocurrido a una dimensión espiritual. Que quede en la conciencia, aunque ahora lo veo con menos optimismo que hace unos años. El Holocausto es el hundimiento universal de todos los valores de la civilización y una sociedad no puede permitir que se repita, que vuelva a presentarse una situación parecida. Pero la crisis económica, una crisis parecida a la que hoy arrastra el mundo, dio pie a la llegada de Hitler al poder. Por tanto deberían sonar todas las alarmas. Pero no suenan. Lo cual quiere decir que aquella aberración no está presente en la conciencia de los políticos europeos”. Declaró con preocupación en una reciente entrevista.

A modo de despedida, cuando surgieron los primeros síntomas de la enfermedad de Parkinson, Kertész comenzó a redactar una especie de diario sin fechas que titula La última posada, un libro que está a punto de publicar en español, como ha hecho con buena parte de la obra del escritor, Acantilado.

Kertész anota con rigor su día a día interior y exterior. Padece los estragos de la enfermedad y confiesa sentirse incapacitado para escribir nuevas obras narrativas. Pero prosigue la redacción de sus diarios en los que vuelca de un modo descarnado su magnífica memoria sin eludir los temas más espinosos de su existencia.

Expone sus dudas, manifiesta sus miedos y, consciente del avance de su incapacidad bordea la depresión. Pero a pesar de todas las dificultades y los condicionantes físicos y psicológicos completa una obra que, por muchas razones, se convierte en un testimonio epilogar memorable.

El mal absoluto

Como se ha apuntado, después de su liberación tras la debacle, Kertész regresó a Hungría en donde concluyó sus estudios de letras. Durante un tiempo se ganó la vida en diversas ocupaciones, entre ellas una breve incursión en el periodismo, hasta que decidió dedicarse por completo a la creación literaria escribiendo piezas teatrales y guiones cinematográficos, al tiempo que durante décadas ha desarrollado una importante carrera como traductor.

La realidad dispuso que no fuera (acaso como él mismo declaraba que su madre hubiera deseado) ni médico, ni arquitecto, sino el escritor de amplísimos horizontes que nos habló de la perversión a la que el ser humano puede llegar con sus iguales. Una honda reflexión sobre el mal absoluto y sobre la capacidad de sobrevivir que de la mano de una esperanza que nunca ha de perderse, en las situaciones más extremas el hombre, como especie, puede llegar a alcanzar.

Hasta el jueves pasado él encarno un ejemplo clarísimo de esa capacidad. Nadie, nada pudo con él salvo el tiempo. El tiempo, sólo.