—En una habitación cerrada con llave desde dentro, con las ventanas cerradas, aparece un hombre colgado de una soga a una altura considerable; el techo es alto. En el suelo, bajo el cadáver ahorcado, hay un charco. En la habitación no hay ningún mueble y…

—¿De verdad, Ernesto? —no pude reprimir una sonrisa por sentir que por una vez podía descubrirle algo a mi amigo, tan capaz de desentrañar los grandes misterios ocultos como de no saber quién es Cristóbal Colón.

—¿De verdad qué? —su tono era muy brusco y seco, molesto por haber sido interrumpido.

—Hombre, no voy a ponerme como te pones tú a explicar tus deducciones, pero está claro, ¿no lo ves? —no pude evitarlo, entiéndanlo.

—No lo veo, no. Ilumíname —me asustaba un poco su indisimulada acritud.

—Pues lógicamente el hombre se suicidó. Se subió a un bloque de hielo para colgarse y luego se derritió y dejó el charco de agua —y mi satisfacción duró menos de un segundo; al ver su cara, se resquebrajó mi supuesta seguridad y entendí que, otra vez, mi amigo iba muchos pasos por delante.

—Me da mucha rabia que no aprendas nada, Santi. Hay cosas que no puedo entender, pero de momento trataré de seguir enseñándote lo más básico. ¿Qué hay que hacer siempre? Escuchar, observar… para tener el mayor volumen posible de información. ¡Pues déjame que termine de explicarte el caso y no me insultes con tanta estupidez, coño! —me encogí sobre mí mismo como un bicho bola—. Te decía que en la habitación no hay muebles. Pero hay mucho más; hay una enorme cantidad de información a nuestra disposición.

—Te escucho —fue mi manera de pedirle disculpas, algo que en realidad no le debía porque él nunca lo hacía.

—El hombre tiene un disparo de bala en la cabeza y en el suelo, cerca del charco, está la pistola. Junto a la pistola, un viejo radiocasete y ropa desperdigada por toda la habitación. Al darle al play al radiocasete se escucha una grabación con la confesión del suicidio de aquel hombre, su nota de despedida.

¿Pero murió ahorcado o por el disparo?, quise haberle preguntado, pero ya no me atreví a adelantarme más.

—El hombre está desnudo y en la mano izquierda sujeta un palito de madera con su puño cerrado, imposible de abrir por el rigor mortis —¿qué importancia podría tener aquello?—. Y eso no es todo. En la chimenea, todavía encendida, apareció una bala. Y sobre la repisa de la chimenea, en un viejo papel de periódico una nota ininteligible: IIIIVVVIIIM. Interesante, ¿verdad?

—Sinceramente, estoy completamente perdido. ¿Sabemos cómo murió?

—Sí, por supuesto —respondió Mendoza, y se quedó mirándome como si esperara algo de mí.

—¿Y bien? —le pregunté de nuevo, odio que me haga eso.

—¿Y bien qué?

—¿¿QUE CÓMO MURIÓ?? —lo que me irrita este hombre.

—Según el forense murió al menos un día antes de que le colgaran y le dispararan. Y murió envenenado, pero eso es lo de menos.

—¿Cómo? —¿desde cuándo la razón de la muerte es lo de menos para encontrar al asesino?

—Lo que nos interesa ahora es que estamos ante un verdadero artesano del crimen —dijo Mendoza­—, un nostálgico y un divertido jugador.

—¡¡¿¿Divertido??!!

—Bueno, sí, la verdad. Ha querido contarnos una historia, una historia de juegos y acertijos clásicos. El del ahorcado y el hielo que tan bien has descrito —lo decía como si no hubiera un ápice de ironía—. El del supuesto suicida que no podía haber grabado su propia muerte, porque la cinta del radiocasete estaba rebobinada. El del tipo que va en un globo aerostático que va perdiendo altura; él y sus acompañantes tiran todo el peso que pueden, incluida su ropa, pero al final se juegan al palito más corto quién debe sacrificarse y tirarse del globo. Y finalmente el del asesino que mata a su víctima y deja una bala en el fuego para que estalle y suene un disparo cuando él está en otro lugar con muchos testigos.

—¿Y todo eso en una escena del crimen?

—Apasionante, ¿verdad? —se le iluminaban los ojos como a un niño en la mañana del 6 de enero.

—¿Y entonces quién envenenó a nuestro hombre? —le pregunté a Mendoza, dando por hecho que sabía hasta la fecha de nacimiento del asesino.

—No tengo ni la menor idea —afirmó sin desmontar la enorme sonrisa de su cara—. Ni la menor idea —repitió.

—Oh, vaya —solté—. ¿Y…?

—El comisario Morán, completamente perdido, me llamó para pedir ayuda porque además el muerto era policía. No había huellas, la ropa que había en el suelo no me dice nada, era vulgar; la pistola era propiedad de la víctima; y, sin embargo… esa nota, ¿qué diablos significará?, ahora mismo no tengo ni idea de por dónde avanzar —recuerdo muy pocas veces en las que Mendoza haya manifestado así, abiertamente, que anduviera perdido en la investigación de un caso.

—¡Alexa! —elevé el tono para hablar con nuestro altavoz inteligente—, ¿qué significa IIIIVVVIIIM?

—Lo siento, no he podido encontrar la respuesta —respondió amablemente el dispositivo.

—Esos cacharros nos terminarán quitando el trabajo, Santi —reflexionó Mendoza—. Cada vez dispondrán de más información y serán capaces de hacer eso que tú sueles llamar “adivinar”.

—Afortunadamente, este caso todavía lo tenemos que resolver nosotros.

—Jajaja —soltó una sonora carcajada mi compañero—. Entre tanto, ¿crees que finalmente el PP votará en contra de la prórroga del Estado de Alarma?

—¿Desde cuándo te interesa la política, Ernesto?

—No sé, supongo que en estos años en coma me he tragado muchas horas de tertulias de la radio. Me apasiona el comportamiento humano, la convicción de nuestra especie de su libre albedrío, cuando todo está determinado por los genes, la química, la física, el ambiente… Si tuviera toda la información necesaria podría saber no solo todo lo que ha ocurrido en el pasado sino también todo lo que va a pasar en cualquier instante del futuro, las decisiones que tomará cualquier persona…

Finalmente, una nueva prórroga del Estado de Alarma ha sido aprobada por el Congreso de los Diputados, así que seguiremos confinados, pero estamos a la espera de ver si el lunes pasaremos a la fase 1 y podremos ir a una terraza. Mendoza ha diseñado un algoritmo que le dice que sí iremos a una terraza, que a mediados de la semana que viene habrá un pequeño repunte de las cifras de contagiados y, por una simple e inocente coincidencia, encontraremos en los medios de comunicación a los culpables, historias cuidadosamente filtradas de malvados empresarios que han forzado a sus trabajadores a volver a la faena sin la protección adecuada, ciudadanos que incumplen las normas y nos ponen en riesgo a todos y partidos políticos de la oposición que se muestran desleales y siguen utilizando políticamente a los muertos. Ya veremos si su algoritmo no es más que una lista de premoniciones o una mágica forma de conocer el futuro.

Mientras, no tengo mucho más que contarles. Pero Mendoza me ha dado permiso para pedirles ayuda a ustedes. ¿Creen que podrán ayudarnos en el caso del hombre envenenado, disparado y ahorcado? ¿Qué puede significar IIIIVVIIIM?

¿Se animan a especular con nosotros? Ya saben, tienen aquí abajo la posibilidad de dejarnos un comentario o nos pueden escribir a santiagolucano@gmail.com

Escritor de ustedes. Para ustedes. Con ustedes.