La declaración de intenciones parte de una paradoja contemporánea. Nunca habíamos tenido tanto conocimiento a nuestro alcance y, sin embargo, tan poco tiempo para paladearlo. Frente a esa contradicción, Vitruvia reivindica el placer de pensar sin prisas y descubrir aquello que no estábamos buscando. Renuncia expresamente a convertirse en una guía de consumo cultural o en una simple agenda de actividades. Su aspiración es otra, más ambiciosa: ofrecer al lector motivos para formularse preguntas que quizá no se había planteado.
Ese artículo adquiere especial interés al conocer el origen del proyecto. Se trata de una iniciativa de Vitruvia, el café-bar de la calle Reconquista de Vigo fundado por Javier Ferreiro, que desde 2015 desarrolla, contra viento y marea, una actividad cultural poco común, fiel reflejo de las múltiples pasiones humanistas de su propietario. Su programación combina conciertos de música clásica y jazz, exposiciones, encuentros creativos y hasta un club de lectura. También está detrás de MusicaV, el Festival de Música Clásica y Jazz de Vigo, que este octubre celebra su cuarta edición.
El establecimiento, con mobiliario original de las décadas de 1950, 1960 y 1970, ha construido una identidad reconocible alrededor de una determinada manera de entender la música, la estética y la convivencia. La revista prolonga ahora esa personalidad más allá de sus paredes. Que un negocio hostelero decida dedicar recursos, imaginación y, sobre todo, esfuerzo a editar una publicación cultural impresa constituye, por sí mismo, una noticia estimulante. No es precisamente lo que uno espera encontrar entre las iniciativas de un café-bar.
Basta hojear cualquiera de los tres números publicados, correspondientes a julio-agosto, septiembre y octubre, para apreciar una de sus principales virtudes. Vitruvia está concebida con una atención al diseño poco frecuente en las publicaciones vinculadas a establecimientos comerciales.
La composición gráfica, el tratamiento de las imágenes, el uso del blanco y la relación entre ilustración y tipografía responden a una intención reconocible. Cada elemento encuentra su lugar sin que la página resulte recargada. Las fotografías conviven con ilustraciones de gran fuerza expresiva y los espacios vacíos adquieren tanta importancia como los propios textos. No hay voluntad de llenar cada centímetro de papel. El resultado invita a detener la mirada, algo especialmente coherente con una revista que defiende la atención frente a la dispersión de nuestro tiempo.
La creatividad y el diseño de este artefacto cultural corresponden a Carlos Miniño, mientras que Ferreiro es el responsable de sus contenidos. Y estos confirman las expectativas que despierta el continente. Uno de los mayores aciertos de Vitruvia, al que también aspiramos en hoyesarte.com, reside en su voluntad de establecer relaciones entre disciplinas que con frecuencia aparecen artificialmente separadas.
La música dialoga con la filosofía; la fotografía, con la historia; la literatura, con las grandes cuestiones de nuestro tiempo. No hay jerarquías rígidas entre las manifestaciones artísticas ni compartimentos estancos. La cultura se presenta como una forma de interpretar la experiencia humana, de comprender mejor lo que somos y el mundo que habitamos.
En el primer número, por ejemplo, la reflexión sobre la necesidad de conservar los espacios físicos para la cultura convive con textos dedicados a la improvisación jazzística, la música de Bach y Mendelssohn y la defensa de la cultura frente a una concepción exclusivamente productiva de la existencia. La variedad de asuntos no impide reconocer una preocupación común: qué lugar concedemos al arte y al pensamiento en nuestra vida cotidiana.
Septiembre profundiza en esa línea con dos textos de Ferreiro, La inteligencia incompleta y La serenidad que hemos ido perdiendo. El primero cuestiona una concepción de la inteligencia limitada a las capacidades de razonamiento y reivindica la cooperación, la imaginación, la valentía y la bondad. El segundo examina nuestra creciente dificultad para prestar atención. Esa preocupación encuentra después una expresión musical en un artículo sobre Mozart y la interpretación que Hélène Grimaud hace del movimiento lento de su Concierto para piano número 23.
Ahí se advierte una cualidad especialmente atractiva de la publicación: las ideas no permanecen encerradas en el ensayo, sino que encuentran expresión en obras concretas. Algo semejante sucede en octubre, cuando una reflexión sobre el progreso moral de la humanidad y la distancia entre nuestros principios y nuestras acciones conduce a la música de Max Richter y su relación con la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El lector pasa del pensamiento a la escucha sin que el recorrido resulte forzado.
Las páginas de Vitruvia también se asoman a la fotografía de Horst P. Horst, las relaciones entre creación y biografía, los retratos y las conversaciones con personalidades de diferentes ámbitos. La sección Retratos augustos, con fotografías de Augusto Rodríguez y un cuestionario que permite conocer facetas menos evidentes de sus protagonistas, introduce un registro más cercano. Frente al discurso de las grandes ideas, aparecen las personas, sus experiencias y sus particulares maneras de mirar la realidad.
La presencia de la programación de Vitruvia y de MusicaV establece una relación directa entre las páginas de la revista y la actividad del café. Sin embargo, los textos que acompañan a los conciertos no se conforman con anunciarlos. Explican las propuestas, las sitúan en su contexto y proporcionan claves para disfrutar de aquello que va a escucharse.
El tratamiento del festival en los números de septiembre y octubre resulta ilustrativo. Su cuarta edición reúne jazz, bolero, música contemporánea y cine con acompañamiento musical en directo. Una diversidad que invita a abandonar prejuicios y explorar territorios musicales diferentes, sin necesidad de ser un especialista para disfrutar de ellos.
En el fondo, esa manera de presentar la programación guarda una estrecha relación con la experiencia cultural que ofrece el propio establecimiento. Los conciertos de pequeño formato favorecen una proximidad entre intérpretes y público difícil de reproducir en otros espacios. La revista amplía esa experiencia: permite acercarse a las obras antes de escucharlas y regresar a ellas después, con otros conocimientos y nuevas preguntas.
Tres números bastan para reconocer una propuesta editorial con personalidad, aunque todavía sea pronto para juzgar su evolución. Vitruvia ha encontrado una identidad gráfica propia y una línea de contenidos que evita tanto la especialización excluyente como la superficialidad. Pero quizá su principal mérito sea otro: existe una correspondencia poco habitual entre las ideas que defiende y la iniciativa que las hace posibles.
En un momento en el que buena parte de la comunicación cultural se consume fugazmente en las pantallas resulta particularmente valioso crear una revista impresa, concebida para leerse con calma y conservarse. La apuesta tiene algo de insólita, pero también de profundamente lógica. Si la cultura merece ocupar un lugar en nuestra vida cotidiana, ¿por qué no empezar por un acogedor y elegante café de Vigo?
– Consulta en línea Vitruvia. Cuaderno de Cultura
















