En 10 lecciones en mi vida, Nagano cuenta a la periodista alemana Inge Kloepfer su sorpresa al enterarse personalmente de que aquel personajazo de poblado bigotón, pegado siempre a un cigarro que solo se quitaba de la boca para colocarlo en las clavijas de afinación de su guitarra, rockeaba con su banda con la esperanza de que eso ayudara a que algún día sus otras composiciones, más complejas, acabaran siendo interpretadas en una sala de conciertos.
Zappa vio en un joven Nagano un director que podría ayudarle y Nagano descubrió en las partituras de Zappa “magníficas piezas de música seria, emocionante, escritas de manera excelente y con colores increíbles”. Zappa no quería la opinión de Nagano, sino que este hiciera realidad su sueño. ¿Quería o no quería realmente Nagano ser el primero en subir al podio con piezas escritas por un rockero? Nagano quiso entonces hacerse el interesante y le pidió tiempo para pensarlo, aunque tenía bastante claro que aceptaría, pero Zappa era Zappa y así le replicó:
—Te doy exactamente quince segundos para responder a mi pregunta con un sí o un no. No tendrás más tiempo para decidirte. Si no dices nada en los próximos quince segundos, colgaré y buscaré otro director.
Nagano dijo sí y extrajo de la situación un aprendizaje que no ha olvidado: “que toda persona que tiene una preocupación sincera y la expresa como tal merece una respuesta sincera y clara”. Supo bien desde entonces que no es correcto mostrar cierta reticencia impostada simplemente para sugerir que estás por encima del otro.
Zappa es uno de los diez nombres propios con los que Nagano se ha cruzado a lo largo de su vida y que han cambiado su forma de ver las cosas y no solo a nivel musical, aunque todos ellos están vinculados a este mundo con la excepción del premio Nobel de Física Donald Arthur Glaser. Y, aun así, hay que decir que Glaser era un apasionado tal de la viola que, según Nagano, hubiera preferido tocar en un cuarteto de cuerdas que incluyera a Albert Einstein al violín que trabajar mano a mano con el padre de la teoría de la relatividad. Esa velada musical, por cierto, estuvo a punto de producirse.
A tenor de los encuentros descritos en el libro, muchos de los cuales dieron lugar a grandes amistades, la primera conclusión es que Nagano ha sido un tipo con suerte. El principio pudo ser complicado —para empezar, le costó convencer a sus padres para que lo apoyaran en su decisión de dedicarse a la música—, pero luego llegó la fortuna y la aptitud para aprovecharla: la fortuna que supone que te avalen en el camino talentos del nivel de Leonard Bernstein (“alguien a quien le habría gustado abrazar al mundo entero”), que le enseñó a no estar nunca conforme con el statu quo; de la pianista Yvonne Loriod, que protagoniza el capítulo más entrañable por esa relación tan afectuosa con la esposa y mano derecha de Olivier Messiaen, olvidada en una residencia de ancianos; de uno de los compositores más radicales del siglo XX, Pierre Boulez, cuyo carisma, cree Nagano, estaría en su abierta intransigencia frente a lo antiguo en beneficio de lo nuevo (“quería ampliar los límites de la música contemporánea mucho más allá de lo que ya lo había hecho Messiaen y no estaba dispuesto a aceptar ninguna restricción”); o de ese genio del teclado que fue Alfred Brendel con un don, muy trabajado, para resolver la cuadratura del círculo (“¿de dónde surge ese equilibrio singular entre la fidelidad incondicional a la obra y el máximo grado de libertad interpretativa, de disciplina y de imprevisibilidad casi provocadora si no es de su propio interior?”).
Como Zappa, Björk es otra sorpresa entre los retratados. En ella Nagano encontró la voz idónea para cantar el ciclo de poemas Pierrot lunaire a los que puso música Arnold Schoenberg. A Nagano siempre le atrajo esa obra y además le obsesionaba cómo deberían sonar esas letras. Corría el año 1992 y en un vuelo de Londres a su ciudad natal, San Francisco, se duerme y cuando despierta “una extraña criatura” surge en la pantalla con “una voz como si no fuera de este mundo, algo aguda y áspera, a veces dulce, otras veces vigorosa y juvenil, a veces casi infantilmente transparente”. Lo tuvo claro: la voz de Pierrot lunaire tenía que ser la de la solista de la banda The Sugarcubes que estaba por entonces a punto de iniciar su carrera en solitario con Debut (1993). Cuatro años después, siendo ya una estrella del pop internacional, la islandesa decidió interpretar en un festival de verano en Suiza la obra de Schoenberg con Nagano en el estrado.
Sabido es que Björk ha colaborado en el último disco de Rosalía y que Nagano ha expresado públicamente su deseo de trabajar con la española. Visto lo visto, raro será que no se crucen los caminos de dos creadores tan abiertos a todo desde el primer día que se subieron a un escenario.
10 lecciones en mi vida. Lo que de verdad importa
Kent Nagano con Inge Kloepfer
Traductor: Miriam Palacios Martínez
Alianza Editorial
248 páginas
18,95 euros

















