El bis tuvo algo de rito compartido. En una partitura atravesada por la violencia moral, la traición y el desgarro, la voz de Amalia se elevó como un destello de pureza. Repetir aquella página significó prolongar ese instante en el que la música de Verdi suspende el tiempo y lo transforma en respiración colectiva.

Con este gesto, Oropesa suma su tercer bis en el coliseo madrileño, un hito que la convierte en la única cantante que lo ha logrado en tres óperas distintas. El primero llegó en 2018 con el sexteto de Lucia di Lammermoor de Gaetano Donizetti. El segundo estremeció al teatro en 2020, en plena pandemia, cuando repitió Addio del passato de La traviata. Ahora la historia se amplía con I masnadieri de Giuseppe Verdi, confirmando una relación artística poco frecuente por su intensidad y continuidad.

Oropesa, soprano cubanoestadounidense con nacionalidad española desde 2019, ha tejido en Madrid una trayectoria sólida y coherente. Desde Rigoletto en 2015 hasta Maria Stuarda en 2024, pasando por Il turco in Italia y un recital en 2022, su presencia ha ido dejando una huella reconocible, marcada por la precisión técnica y una entrega expresiva que evita cualquier exceso.


Programada en versión de concierto los días 10 y 14 de febrero, I masnadieri es una de las obras menos transitadas del catálogo verdiano. Inspirada en Die Räuber de Friedrich von Schiller y adaptada al italiano por Andrea Maffei, la ópera se adentra en un territorio áspero donde la mentira y la ambición fracturan una familia.

Carlo Moor, traicionado por su hermano Francesco, abandona su mundo y se une a una banda de forajidos. El motor de la acción no es solo la intriga, sino la herida moral que empuja al protagonista hacia la violencia y el desencanto. El resultado es un melodrama de aristas abruptas, complejo en su arquitectura dramática y, quizá por ello, escasamente representado.

El estreno tuvo lugar en Londres en 1847, en el Her Majesty’s Theatre, ante la reina Victoria y el príncipe Alberto. La expectativa fue enorme. La acogida inicial resultó favorable, aunque el tiempo subrayó la fragilidad estructural de la obra. Esa debilidad dramática la relegó a un segundo plano dentro del repertorio verdiano.

La soprano Lisette Oropesa en el estreno de “I masnadieri”, de Verdi, en el Teatro Real. Fotos: © Javier del Real | Teatro Real.

Sin embargo, su música conserva el pulso inconfundible del compositor. Las líneas vocales exigen amplitud, agilidad y una resistencia poco común. Cada aria se convierte en una prueba de fuego para los intérpretes, obligados a conjugar virtuosismo y verdad escénica incluso en formato de concierto.

En Madrid, la dirección musical recae en Francesco Lanzillotta al frente del Coro y la Orquesta Titulares del Teatro Real. Junto a Oropesa como Amalia, el bajo Alexander Vinogradov encarna a Massimiliano, Piero Pretti asume el atormentado Carlo y Mattia Olivieri da vida al implacable Francesco. Completan el elenco Alejandro del Cerro, Albert Casals y George Andguladze.

En ese contexto de voces curtidas en el repertorio verdiano, el bis de Oropesa no fue un simple añadido festivo. Funcionó como síntesis de la velada. La repetición de la cabaletta dejó al descubierto la esencia de la obra, esa mezcla de ardor juvenil y lirismo apasionado que anticipa al Verdi más maduro.

La ovación final no celebraba únicamente una proeza técnica. Reconocía la capacidad de la intérprete para convertir una partitura rara en una experiencia vibrante. Durante unos minutos, el teatro respiró al compás de una melodía que parecía descender, como dice el texto, de un paraíso musical. Y en ese eco prolongado quedó la certeza de que algunas noches, cuando la emoción se impone, la historia de un teatro se escribe a viva voz.