Artista polifacético, pintor y arquitecto, su obra trascendió la propia voluntad creadora para colocarla en un rico entramado de política cultural como fue la Roma del Cinquecento. Los encargos de comerciantes y, sobre todo, la vinculación directa con el papado de Julio II y León X desde su llegada a Roma en 1508, hicieron del pintor de Urbino un hombre prestigioso y respetado. Un reconocimiento que, desde luego, acabó colocando al mito por encima del hombre.

Por todo ello y a pesar de ser un artista muy estudiado, Rafael sigue fascinando a los amantes de la pintura. Con él quedó ennoblecido el ideal clásico, definitivamente absorbido por la Roma católica mediante un calculado aparato político y social que en pocos años originó la controversia del Barroco, donde abiertamente los artistas se posicionaron como partidarios o detractores del maestro de Urbino; sin duda, su pintura (clara, proporcionada y acorde a las leyes de la perspectiva) estableció un nuevo orden a la hora de representar los acontecimientos dramáticos, algo que se hizo especialmente evidente en sus composiciones de temática sagrada.

Ya desde el principio su arte (inscrito, no olvidemos, en un contexto lleno de matices y discutibles lecturas como fue el Renacimiento clásico) mereció el calificativo de «perfecto» por tratarse de un arte que respondía a los dictados estéticos de la época, por ser un arte que parecía más que vivo tal y como dejaba escrito Giorgio Vasari en sus Vite : «las pinturas de Rafael se puede decir que están vivas: porque tiembla la carne, se ve el espíritu, se inflaman los sentidos ante sus figuras, en las que se reconoce la realidad más viva«.

Los últimos diez años

Los últimos diez años de la vida del pintor estuvieron marcados por una intensa actividad. Desde su llegada a Roma hasta su muerte en 1520, Rafael recibió importantes nombramientos como son el de Arquitecto de San Pedro en 1514 y el de Superintendente de los monumentos antiguos de Roma en 1515. De aquellos años son famosos sus frescos y decoraciones de las Stanze vaticanas (las viviendas papales) y las loggie (logias del jardín) así como las intervenciones en la Villa Farnesina. Sin duda se afianzó su interés por la arquitectura fuera de San Pedro mediante varios proyectos de diversa índole, como son la construcción de la Capilla de Agostino Chigi en Santa María del Popolo y la Villa Madama, esta última, encargada por el cardenal Giulio de Medici (futuro Clemente VII).

La mirada arqueológica

En la década de 1960, la historiadora italiana Anna Maria Brizio entendió que los múltiples perfiles del Rafael artista (a saber, el Rafael pintor, el Rafael arquitecto, el Rafael arqueólogo) estaban íntimamente vinculados a toda su labor creativa. Así, la faceta «arqueológica» de Rafael Sanzio no sólo se redujo a reinterpretar los monumentos clásicos y adaptarlos a la nueva moda que él mismo estaba creando en el entorno de la Corte papal mediante sus decoraciones (hacía poco que se había desenterrado la Domus Aurea, cuyos grutescos gustaron mucho), sino que estaba presente en su pintura y, especialmente, en sus retratos.

Ciertamente, es en este género donde Rafael alcanzará la mayor perfección antes referida y donde verdaderamente quedará plasmada su madurez, pues sus retratos son el resultado del estudio y la acumulación de experiencias. La voluntad de introspección en la figura y el deseo de profundizar en las peculiaridades del modelo, más allá de su evidente monumentalidad, serán las características propias de los retratos que realizó en sus diez últimos años, influenciado, como es lógico, por pintores italianos como Leonardo o Lorenzo Lotto, pero también por referentes del norte como Durero o Hans Holbein el Joven.

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Rafael y el Prado

De esta época dorada conserva el Museo del Prado una obra importante, la conocida como El cardenal (hacia 1510), un pequeño formato que muestra una figura en un perfil de tres cuartos, con capelo rojo cardenalicio y actitud vivaz. Seguramente, la pinacoteca madrileña nos invitará a comparar este magnífico retrato con las otras grandes obras maestras de esa década, hoy distribuidas en diversos museos de Europa como el parisino Museo del Louvre (que conserva el famoso Retrato de Baltasar de Castiglione, 1514-1515), la National Gallery de Londres (que atesora el Retrato de Julio II, 1512), el Palazzo Pitti de Florencia (que guarda el extraño Retrato de León X, 1518-1519) o la Galleria Nazionale de Roma (que esconde la sensual Fornarina, 1518-1519). ¿Veremos también a la enigmática Donna Velata, amante del pintor?

El público, gozará por segunda vez (ya vino Rafael a Madrid de manera triunfante en 1985 en una exposición titulada Rafael en España, comisariada por Manuela B. Mena) del mejor Rafael. Habrá tiempo para completar la escasez de obra propia (aunque, no obstante, representativa) que posee el Museo del Prado en su colección permanente. Igualmente, volverán a discutir los entendidos sobre su maestría, bailando sobre su joven tumba (murió con apenas 37 años) y pisando el popular epitafio Pietro Bembo:

ILLE HIC EST RAPHAEL, TIMVIT QVO SOSPITE VINCI

RERVM MAGNA PARENS, ET MORIENTE MORI

[Aquí está Rafael, por quien la Naturaleza, madre de todas las cosas, temió ser vencida y morir con su muerte]

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Madrid. El último RafaelMuseo Nacional del Prado.

Del 12 de junio al 16 de septiembre de 2012.