Mis primeras palabras sean para solidarizarme con el sufrimiento de la población de Gaza y desear el retorno al diálogo y una paz justa para Oriente Próximo.

Estimat Miquel: nos une una memoria y presente compartido. Más cosas todavía, muy amadas: Catalunya, el catalán y nuestra ciudad, Barcelona. Todo ello se plasma en esta cartera ministerial, que no nos pertenece, porque nos la presta la ciudadanía, pero que pasa hoy de tus manos a las mías.

He vuelto a las palabras que pronunciaste aquí en julio de 2021 y he rescatado tu elogio a la diversidad lingüística, la defensa del diálogo frente al odio, en el ámbito cultural y deportivo.

Recibo ese legado de responsabilidad y de gratitud que quiero compartir con todas las personas que, día a día, permitís el funcionamiento de este Ministerio y de las principales instituciones y organismos que vertebran las políticas culturales del Gobierno, a sus centros y unidades producción.

Como tú en tu día, querido Miquel, he contemplado la lista de ministras y de ministros que nos han precedido. Imposible no compartir el mismo vértigo y sensación de respeto ante los nombres de Jorge Semprún, Jordi Solé Tura, Carmen Alborch o José Guirao.

Para ella y para ellos, que ya no están, es hoy mi recuerdo. Por haber permitido, con talento y valentía, en varias etapas de nuestra democracia, fraguar esa amalgama fructífera entre la institución, la cultura y el servicio público.

Celebramos en este 2023 el centenario de Jorge Semprún Maura. En él me quiero detener ahora. El escritor y político de la memoria antifascista, expatriado en Francia, preso en el campo de concentración de Buchenwald, que tuve la oportunidad de visitar de pequeño y que tanto me impresionó.

En Semprún está todo lo que conviene recordar: la cultura como antídoto contra la barbarie, garantía de una democracia plena, pilar de un proyecto europeo colectivo basado en los valores de la libertad y la fraternidad.

Las lecciones del exiliado no han prescrito. Más aún, nos muestran su vigencia en una Europa en la que fuerzas y gobiernos conservadores y ultraconservadores, más interesados en las guerras culturales que en la Cultura, tratan de afianzar sus relatos excluyentes. Relatos que apelan al miedo y a las fronteras, a la desmemoria, negando la diversidad lingüística o afectivo-sexual, ejerciendo el veto y la censura de la producción literaria y artística, convirtiendo a los creadores en enemigos y bloqueando, desde el odio, el poder de la cultura para mejorar y transformar el mundo.

Este Ministerio debe ser, en este sentido, una expresión de lo que ya es España: una intersección de culturas, lenguas y patrimonios diversos que debemos cuidar, proteger y difundir. Hablamos, amamos y creamos en gallego, en catalán, en castellano, en euskera. En La Mancha, en Balears, en Aragón, Navarra o Andalucía. Somos esa pluralidad, somos, por suerte, esa riqueza, y hacia ese lugar de encuentro debemos seguir avanzando.

Hoy nos encontramos en la Casa de las Siete Chimeneas, que forma parte hoy de las dependencias de este Ministerio de Cultura y que fue, entre el año 1926 y hasta el fin de la Guerra, sede del Lyceum Club Femenino.

El Lyceum Club fue la primera organización cultural fundada en España creada por y para las mujeres. Un espacio donde luchar por la libertad y los derechos civiles para las mujeres de aquella Edad de Plata. Pero también un espacio de creación artística, crecimiento intelectual y cultura feminista de la que con indisimulado orgullo somos, en 2023, herederas y herederos.

Quiero tan solo evocar algunos de los nombres de esa genealogía que, con todo nuestro esfuerzo y entusiasmo, debemos seguir recuperando para la cultura de este país: María de Maeztu, Clara Campoamor, Victoria Kent o Maria Zambrano.

Ha pasado casi un siglo desde aquella lucha de las mujeres republicanas, y los procesos de producción y recepción de la cultura se han transformado radicalmente.

Son hoy los derechos culturales, la propia concepción de la cultura como derecho, los que está marcando el diseño y la realidad de las políticas culturales en Europa y en el mundo. Derechos culturales que vamos a defender en su ejercicio y por los que vamos a velar, sin tregua, de la mano de la ciudadanía.

En primer lugar, el derecho a la libre expresión. La libertad de expresión es un logro inherente a nuestra democracia, contemplado en la propia Constitución. Hemos conocido, en tiempos recientes en nuestro país, vetos a cantantes, censura de espectáculos, de conciertos, de obras de teatro, incluso de películas infantiles. No habrá vuelta atrás porque ese ya no es nuestro tiempo. Este Ministerio se abraza al derecho a la libre expresión y seremos firmes en esto, porque no hay derecho a la cultura sin libertad de expresión.

Quiero destacar también el derecho al acceso a la cultura y al acervo cultural acumulado. Sabemos que allí donde hay desigualdad social existe también una profunda fractura en el acceso a bienes, saberes, recursos y prácticas culturales. La educación, dentro y fuera de la escuela, sigue siendo fundamental.

Este derecho al acceso exige escuelas públicas, profesorado, bibliotecarios, programadoras culturales, salas de teatro, auditorios, programas para las familias, museos, centros de arte y escuelas de música o de danza. Y nos demanda también volver la vista hacia nuestra infancia. Porque de ellas y de ellos debemos también aprender a diseñar la Cultura que queremos.

Nos queda aún una tercera expresión de los derechos culturales, la que apela a la capacidad de la comunidad, de la ciudadanía, para participar en la vida cultural de su país, a contribuir al paisaje cultural que nos circunda: el derecho a la participación en la vida cultural.

Además, desde este Ministerio seguiremos cuidando, estimulando y protegiendo las condiciones laborales que garantizan la creación artística, tal como se ha hecho, desde el Gobierno de coalición, impulsando el desarrollo legal del Estatuto del Artista. Si queremos unas industrias culturales potentes, avanzadas y capaces de proyectar a nuestro país en el mundo hay que proteger a quien hacen posible, día a día, la cultura y todas sus realizaciones.

Un Ministerio que sea expresión de la pluralidad de España, en el que apostamos por la política cultural como política pública de Estado, siempre en estrecha cooperación y colaboración con las Comunidades Autónomas. Reconocernos en esa riqueza y diversidad para promover la vertebración territorial, desde una concepción de la Cultura como bien esencial, pues también la cultura es uno de los pilares en los que debe sostenerse una sociedad igualitaria.

Y por supuesto, defendiendo la pluralidad lingüística como patrimonio cultural común: porque las lenguas no deben ser usadas como lugar de confrontación sino de encuentro y mutuo enriquecimiento, como materia constitutiva de nuestra cultura.

Me gustaría ir finalizando releyendo a Montserrat Roig, otra mujer pionera y libre, decidida a transformar el mundo. Desde la memoria. Militante del PSUC, feminista y comprometida con su país. Escribir en catalán fue, para ella, una afirmación de supervivencia, y no solamente literaria.

Dijo Montserrat Roig:

“Progrés potser significa (…) la recuperació de la teva identitat, viure la teva cultura sense complexos ni provincialismes però amb seguretat perquè, al cap i a la fi, cultura és l’aire que respires”.

Me quedaré con esta última idea: “Cultura es el aire que respiras”.

También Montserrat Roig:

“La cultura és l’opció política més revolucionària a llarg termini”.

Para esa transformación vamos, entre todas y todos, a ampliar nuestro contrato social como comunidad creativa, que recibe y demanda contenidos culturales, también, desde luego, en el entorno digital, porque en él vivimos.

Vamos a levantar la bandera de la cultura frente a la censura y el miedo. En la calle, en los medios de comunicación y en las redes sociales. Donde sea.

La Cultura es más que una marca o un reclamo comercial. Son cifras y porcentajes de nuestro Producto Interior Bruto. Es industria y es riqueza. Son puestos de trabajo, nunca lo olvidemos, y deben ser vidas dignas.

Y algo más. La cultura debe atravesar los retos globales de nuestro planeta. Hablar de cultura es hablar también de cómo afrontamos el cambio climático, de cómo habitamos y leemos nuestras ciudades, de la forma en la cual consumimos, de cómo buscamos la justicia social y articulamos vínculos colectivos para erradicar las desigualdades.

Este Ministerio quiere también mirar al mundo. La internacionalización de nuestra Cultura seguirá siendo eje estratégico de trabajo, no solo en términos de difusión sino de alianzas, de generación de puentes culturales a un nivel no solo simbólico y lingüístico, sino de industria y coproducción.

Y en un contexto internacional como el que vivimos, apostamos por la diplomacia cultural. Las instituciones públicas españolas con las que debemos cooperar, nuestras redes culturales, nuestra capacidad de influencia, son una potencia transformadora: hacer diplomacia cultural en favor de los derechos humanos y de los Objetivos de Desarrollo Sostenible es hacerlo a favor de un mundo más justo.

Gracias al presidente del Gobierno y a la vicepresidenta Yolanda Díaz por la confianza. Gracias a los equipos de SUMAR, y a mi familia política los Comunes, gracias Jessica Albiach, Candela López y Ada Colau por estar hoy aquí con nosotros y por la confianza.

Y gracias a mi compañera y a mis hijos, por su apoyo y por soportar mis ausencias.

Muchas gracias, eskerrik asko, moitas grazas, moltes gràcies.


Discurso de toma de posesión de Ernest Urtasun como ministro de Cultura pronunciado el 21 de noviembre de 2023.