Todas ellas fueron reunidas entre 1924 y 1947 por Alfred Baur, trabajador infatigable, curioso y sensible viajero, que estableció contactos comerciales con Oriente Próximo, donde quedó impresionado por el seductor arte de la porcelana. Allí, asesorado por el marchante japonés Kumasuku Tomita, Baur reunió un excepcional conjunto de más de 7.000 piezas de arte asiático, datadas entre los siglos VIII-XIX y que conforman a fecha de hoy una de las colecciones más importantes del mundo en cuanto a porcelana china se refiere.

En la cultura china, la cerámica ha adquirido un papel protagonista y místico desde los orígenes de su larga historia, hasta el punto de que ha llegado a convertirse en un arte superior a la escultura y a la propia arquitectura.

La porcelana imperial y su evolución

Las 64 piezas presentes en la muestra aparecen presentadas siguiendo un orden cronológico establecido según las dinastías imperiales a las que pertenecen. Asimismo, dentro de cada época, las obras forman varios grupos que ponen de relieve la importancia de determinados modelos, colores y decoraciones. Junto a ellas, se exhiben también una serie de piezas procedentes del propio museo catalán, con el fin de crear un rico diálogo entre Oriente y Occidente, entre el arte antiguo y las creaciones contemporáneas.

A pesar de que la cerámica se conocía en China desde antes del año 7000 a.C., no es hasta el siglo VIII d.C.–con la dinastía Tang– cuando se descubrieron las técnicas para fabricar porcelana, material cerámico por excelencia y tan apreciada en todo el mundo por sus cualidades de impermeabilidad, blancura, transparencia, dureza y sonoridad. A partir de ese momento, se convirtió en un material muy valorado por ser capaz de poseer por un lado el lirismo propio de la estética budista y taoísta, pero también el rigor, el orden y la adecuación característicos del confucionismo.

Exportación masiva a Europa

La época de clasicismo artístico de la cerámica llegó con la dinastía Song (960-1260), cuyos alfareros, influenciados por la espiritualidad budista, realizaron un tipo de obras de sofisticada factura, con formas simples y depuradas, de gran virtuosismo técnico y siempre monocromas.

Posteriomente, la invasión mongol en el siglo XIII favoreció los contactos con Occidente gracias a la Ruta de la Seda. A través de ésta, no solo exportaron productos sino que también importaron nuevos materiales de Europa y el Próximo Oriente, como el azul cobalto, que aplicaron a la porcelana, creando las célebres piezas de cerámica “blanca y azul”.

Durante el reinado de los Ming (1368- 1644), las cortes europeas, fascinadas por este novedoso material, empezaron a exportar porcelana en cantidades masivas e incluso a pedir piezas por encargo. Se fabricaron durante estos años ejemplares de gran virtuosismo técnico, al que se sumó el uso de esmaltes, barnices así como la proliferación de colores.

En el siglo XX

Fue bajo el reinado de la dinastías Qing (1644-1911), cuando los alardes técnicos llegaron a su apogeo y comenzó la decadencia de la porcelana, en parte consecuencia de la “industrialización” a la que se la estaba sometiendo por los masivos encargos de las cortes rococó.

Con el triunfo de la revolución de 1949, el arte imperial chino fue largamente perseguido y muchas de las piezas fueron destruidas o desaparecieron recicladas para uso doméstico. Desde finales del siglo XIX se han convertido en objetos de colección para los occidentales, y actualmente un reducido número de ellas están regresando a China tras ser adquiridas por grandes sumas en subastas internacionales.

 

Barcelona. Elegancia y minimalismo. Porcelana China de las colecciones Baur de Ginebra. Museo de Cerámica de Cataluña.

Hasta el 31 de enero de 2010.