A mitad del siglo XVIII, un grupo de jóvenes intelectuales se propuso recopilar el conocimiento humano y sistematizarlo conforme a criterios únicamente racionales. El resultado fueron los 27 volúmenes de la Encyclopédie, un compendio monumental del saber que pasaba página a los valores del Antiguo Régimen y relegaba tanto las supercherías e intolerancia de la iglesia como el autoritarismo y la represión de la monarquía. La Encyclopédie, en suma, supuso el triunfo de la razón en tiempos de la sinrazón, propiciando el clima en el que germinaría el espíritu democrático moderno.

¿Qué queda de esa inteligencia revolucionaria en la era de la posverdad y los selfies, de las ventanas indiscretas de Facebook y de las sirenas del consumo, de los emoticones y del spam? Hoy, en los albores del siglo XXI, nos enfrentamos a la globalización feroz y la economía virtual. El capitalismo de las mercancías ha sido engullido por un capitalismo de imágenes. Habitamos una sociedad hipermoderna marcada por el consumo, la cuantificación, el exceso, la confusión y la urgencia. Una sociedad donde el acento ya no se pone sobre la ruptura con los valores de la modernidad sino más bien con su exacerbación. Descubrimos el mundo a través de pantallas digitales que dan acceso a una realidad fluida, compleja y vigilada. Internet, las redes sociales, los teléfonos móviles, las cámaras de vigilancia y toda forma de dispositivos de registro gráfico generan una sobresaturación en la que las imágenes ya no son sumisas mediaciones entre el mundo y nosotros sino que se vuelven activas y furiosas.

Domar esas imágenes, purgarlas, es la tarea de la pléyade de artistas neo-enciclopedistas. Tras los pasos de D’Alembert y Diderot, las paranoias tipológicas de Francis Galton y Cesare Lombroso, del Atlas Mnemosyne de Aby Warburg, del Musée Imaginaire de André Malraux y el ensayo sobre la clasificación de Foucault, hasta llegar a Hans-Peter Feldman, los nuevos enciclopedistas efectúan un largo recorrido teórico reinventando los principios de clasificación y ordenamiento que deberán gobernar nuestra experiencia. Estos artistas, que se proponen proyectar sentido sobre el inconmensurable magma de datos e imágenes disponibles –de los que el marasmo de internet es sólo un exponente–, aplican a menudo estrategias de recolección y catalogación de imágenes para llegar a lo que podría justamente denominarse una “obra-colección”. Esta “obra-colección” revalida la labor del coleccionista, quien al determinar un criterio de colección y efectuar unas decisiones sobre los repertorios posibles, proyecta igualmente su experiencia sensible y su creatividad: muchas colecciones pueden considerarse, en consecuencia, una obra de obras.

En este curso se abordará un elenco de propuestas pedagógicas que ya no tratan, como antaño, de echar luz a la sombras sino de devolver lucidez al caos. Porque hoy más que nunca hay que recurrir a la sensatez y a la inteligencia si queremos sobrevivir al estadio de estupidez y confusión que como una mancha de aceite se extiende alrededor nuestro.

Organizado por el IAC y la Asociación de Coleccionistas de Arte Contemporáneo 9915, el curso coincidirá con la feria ARTESANTANDER y está patrocinado por Santander Fundación.

Participantes

Joan Fontcuberta
Ignasi Aballí
Jaime Sordo
Corinne Vionnet
Maria Beguiristain
Iván de la Nuez
Chema de Francisco
Ira Lombardía
Pilar Serra
Fernando Castro
Enrique Vallés
Alicia Aza
Isabel Durán.
Kurt Caviezel