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Albert Camus cumple un siglo

Si los días lo tuvieran aún con vida, Albert Camus (Mondovi, Argel, 7 de noviembre de 1913) estaría de cumpleaños; le caerían los 100. Pero esa posibilidad se transformó en un triste condicional en 1960 por una curva, un coche y un árbol. A su pie murió aplastado el escritor, Premio Nobel de Literatura 1957, al que en el conjunto de su obra la bastan tres ejemplos, –El extranjero, La caída y La peste– para quedar inscrito en la historia de las letras como uno de los realmente grandes.

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Claro que su producción va mucho más allá de estos tres decisivos títulos –ahí queda, sin ir más lejos,  El hombre rebelde, considerado por muchos como una de las cumbres ensayísticas del XX, o la frescura de esa profunda reflexión sobre el absurdo que conocemos como El mito de Sísifo o el compromiso de una obra periodística cuya coherencia y postulados le provocaron no pocos sinsabores–, pero las tres apuntadas al comienzo son especialmente emblemáticas.

Tres ejemplos

Partiendo de la idea de que una novela es una forma de filosofía puesta en imágenes, en El extranjero, Camus levanta una estructura narrativa sin fisuras para situarnos ante un desolador espejo en el que, reflejados en el protagonista, asistimos al espectáculo de nuestras propias miserias como hombres. Nos hace ver cuán fácil es perderlo todo, incluida la ética y, por supuesto, la autocrítica.

Por los caminos de la decencia-indecencia discurre también La Peste, un ejercicio narrativo perfectamente equilibrado, aunque de primeras dadas aparente lo contrario, cuyo objetivo último es denunciar lo infecto de los fanatismos ideológicos.

En La caída y con forma de monólogo, Camus se hace eco de su propia crisis existencial. Deslumbrante literatura, –acaso la más y mejor novela “camusiana” para quien esto escribe–, forjada el año anterior al Nobel y cuatro años antes de su fin, el escritor se permite cuestionar públicamente casi todas sus creencias.

Descreimiento

En ese descreimiento emerge uno de los libros capitales de quien, además de idear una forma nueva de pensamiento libertario, en el que rebeldía y libertad fluyen de la mano, ejerció, saltándose contratiempos, ortodoxias y desazones, un compromiso real y honesto con aquello por lo que consideraba justo apostar.

Sirva como paradigma el hecho de que tras defender el comunismo, abominase públicamente de los métodos dictatoriales del régimen soviético, lo que provocó su mítico enfrentamiento con Jean Paul Sartre, –“estamos en las antípodas”, declararía el autor de El extranjero–, que en otro tiempo había sido su amigo y maestro.

“Quise vivir durante años según la moral de todos. Me esforcé por vivir como todo el mundo, por parecerme a todo el mundo. Dije lo preciso para unir, aun cuando yo me sentía separado. Y al cabo de todo esto, llegó la catástrofe. Ahora me paseo por entre las ruinas, estoy sin ley, cruelmente dividido, solo y aceptando estarlo, resignado a mi singularidad y a mis discapacidades. Y debo reconstruir una verdad, tras haber vivido toda mi vida en una suerte de mentira”. Escribe, conmovedoramente sincero, Camus en 1959, ya con el premio de los premios debajo del brazo y a menos de un año de su fin.

En el discurso de aceptación del Nobel no se anduvo por las ramas: “Cada generación, sin duda, se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no lo rehará. Pero su tarea quizá sea aún más grande. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida, en la que se mezclan las revoluciones frustradas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas; cuando poderes mediocres pueden destruirlo todo, pero ya no saben convencer; cuando la inteligencia se ha rebajado hasta convertirse en criada del odio y la opresión, esta generación ha tenido, en sí misma, que restaurar, a partir de sus negaciones, un poco de lo que hace digno el vivir y el morir”. ¡Grande Camus!

El que no envidia nada

Novelista, dramaturgo, periodista, filósofo y ensayista, había nacido en Mondovi, Argel, en una familia en el que el padre, que murió combatiendo en la Primera Guerra Mundial, había ejercido como peón agrícola y la madre, española de Mahón, semianalfabeta, sorda e idolatrada por su hijo, trabajaba como limpiadora.

Esa mujer, como tantas veces declararía el escritor, fue decisiva “en mi formación, en mi visión del mundo y en mi vida. Ante mi madre siento que pertenezco a un noble linaje: el que no envidia nada”.

El origen materno y su pasión por la actriz María Casares, hija del ex ministro Casares Quiroga, que había conocido en 1944 y que fue su amante durante muchos años, acercaron España a Camus. Muy especialmente a la causa republicana. Su antifranquismo declarado lo expresó a través de múltiples artículos periodísticos.

Albert Camus. Su independencia ideológica y su honradez demostrada le han convertido en el pensador de referencia para una buena parte de las generaciones europeas de la segunda mitad del siglo pasado.

“En plena oscuridad de nuestro nihilismo, he buscado solamente las razones para superar ese nihilismo. Pero no las he buscado en absoluto por virtud, ni por una singular elevación espiritual, sino tan solo por fidelidad instintiva a la luz dónde nací y donde, desde hace milenios, los hombres aprendieron a saludar a la vida hasta en el sufrimiento”.

Había vivido mucho, intensamente, pero tenía solo 46 años recién cumplidos el día del accidente que acabó con su vida en la carretera de Villeblevin, un pequeño pueblo de la Borgoña. Conducía el coche su editor Michel Gallimard, que moriría cinco días más tarde; él lo hizo en el acto. Entre los hierros del vehículo se encontraron 144 páginas de la que él consideraba iba a ser su gran obra: El primer hombre. Fue enterrado en Lourmain, una aldea de la Provenza en la que acababa de comprarse una casa.

Crisis

No fue fácil la vida para él. Las controversias provocadas por su apoyo público a causas poco populares, el haberse convertido en referente de la conciencia de la Francia de posguerra; su apelación directa a la responsabilidad personal y su rechazo frontal a las ideologías que matan en nombre de la justicia, le acarrearon no pocos ataques desde los sectores más intransigentes de la derecha y de la izquierda e, incluso, desde ámbitos intelectuales con los que discrepaba.

A todo esto habría que añadir sus problemas sentimentales y de salud –claustrofobia, ansiedad e insuficiencia respiratoria–. Todo ello provocó durante años un bloqueo creativo que disimuló con incesantes actividades. Salió de la crisis con fuerzas renovadas. Se enfrascó en un nuevo libro que él aseguraba iba a ser su gran obra. Cultivó de lleno su pasión por el teatro. Cambió de casa…

Entonces, al pie de un árbol y rodeado de hierros retorcidos le esperó la muerte. La literatura, el mundo, enmudeció. Hasta sus máximos detractores tuvieron que reconocer entonces que en aquella carretera se apagaba el autor de una obra grande, comprometida, fraguada en tiempos de crisis. Una obra en la que late, ya para siempre, la integridad de un escritor decisivo y el rigor de una mirada honesta.

Celebremos, hoy, ahora, sus primeros cien años de vida.

Más sobre: Accidente de tráfico, Albert Camus, Argel, Centenario de su nacimiento, Jean Paul Sartre, María Casares, premio Nobel de Literatura

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Albert Camus cumple un siglo