Por eso, el dueño en 2017 del Premio Princesa de Asturias de las Letras insistía en que las ideologías encorsetan y que, en lo posible, ejercer la escritura debe pasar por el distanciamiento ideológico: “La ideología limita la libertad y, por tanto, va en contra de lo humano y de la poesía”.

Dicho esto y acaso paradójicamente, la obra del polaco atesora un hondo sentido del compromiso, ese término a menudo desgastado por un uso sin fondo que por el contrario y en su caso cobra todo el respetuoso sentido que merece. Hay ejercicios de creación profundamente comprometidos y el suyo lo fue ya desde los primeros envites.

Exilio y desarraigo

Como el propio escritor refería, al poco de nacer, con apenas cuatro meses de edad, su ciudad natal fue incorporada a la URSS y su familia obligada a mudarse a Gliwice, una vieja población de la Silesia alemana que acababa de ser anexionada al territorio polaco. En una Europa marcada por el totalitarismo, la contradicción y el desarraigo, aquellas gentes desplazadas contra su voluntad se convirtieron en “inmigrantes que, no obstante, nunca habían abandonado su país”.

Mucho tiempo después de aquella árida experiencia surgiría Dos ciudades, un libro brillante, una reflexión clara y valiente a través de las que intentaba conciliar las dos realidades que en su existencia representaban aquellas dos poblaciones: la de partida y la de llegada. Ese ir y venir quedaría para siempre impreso en su obra y en su persona: “En el fondo siempre me he sentido una especie de desplazado y por ello la figura del exiliado forma parte indisoluble de mi forma de concebir la literatura en general, y la poesía en particular”.

Así ha sido hasta el último de sus alientos. Así manifestaba muy recientemente su preocupación por el actual estado de las cosas: “Asistimos a la dramática situación de las gentes que tienen que abandonar sus lugares de origen. Estamos en un momento peligroso y la pandemia lo hace aún más peligroso”. Ni quiso ni supo deslindar de la poesía la idea del desarraigo: “La poesía es propia de aquellos desdichados que, con un patrimonio ridículo, se balancean al borde del abismo, a caballo entre continentes”.

Literatura, periodismo…

Instalado en Cracovia en 1963, en cuya universidad estudió Filosofía y Psicología, Zagajewski fue el principal representante de la Generación del 68, formada por autores polacos políticamente comprometidos que hicieron bandera de los lemas Powiedz prawde (Di la verdad) y Mow wprost (Habla claro).

En 1982 viajó a París, en donde residió hasta 1988, fecha en que se instaló en Estados Unidos, donde ejerció como profesor en las universidades de Houston y Chicago. Cumpliendo un sueño repetidamente manifestado, en 2002 se trasladó Cracovia, en donde ha vivido hasta su muerte.

Además de poeta, ensayista, novelista y traductor, el periodismo y el arte también reclamaron fuertemente su atención. Esa amalgama fraguó en un sólido ejercicio creativo que inauguró en 1972 con el poemario El mensaje, al que seguirían, entre otros, Ir a Lvov, Lienzo, Carnicerías, Tierra del fuego, Deseo, Anhelo, Regreso, Asimetría, Antenas y Mano invisible.

Intercalaba en esa obra poética, que acercó su nombre al Nobel en no pocas ocasiones, novelas como Caliente y frío y Trazo y ensayos tan lúcidos como Solidaridad y soledad, En defensa del fervor, Releer a Rilke, el mencionado Dos ciudades, En la belleza ajena, un luminoso volumen nostálgicamente apegado a su propia memoria, y su peculiar autobiografía, -como la mayor parte de su obra, publicada en español por Acantilado-, Una leve exageración.

A los 75 años, en el Día Mundial de la Poesía, se ha despedido Adam Zagajewski, autor de una obra, -así lo concluyó el jurado que le premió con el Princesa de Asturias- que “confirma el sentido ético de la literatura”. Adiós al hombre que, rememorando a Kafka, dejó escrito: “En la lucha entre uno y el mundo, uno debe ponerse del lado del mundo. Siempre habrá tiempo de volver a uno mismo. De momento tienes que ponerte del lado del mundo para ser justo porque el mundo es más sabio que nosotros”.


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Poemas para la vida: ‘Autorretrato’, de Adam Zagajewski

La táctil escritura de Zagajewski