Hay tantas historias de ficción que en la gran pantalla han mostrado el impacto del cáncer, el VIH o la esquizofrenia que llama la atención el escasísimo porcentaje de cintas que plasmen el terrible malestar que arrastran millones de personas en todo el mundo. Los especialistas tienen claro que esto también pasa porque estamos ante una enfermedad social y médicamente bastante ninguneada. El presidente de la Sociedad Española de Neurología (SEN), el doctor Jesús Porta-Etessam, cree que las cefaleas y, en especial, la migraña, que es una de las cefaleas más frecuentes, constituyen un verdadero problema social marcado por una enorme banalidad: “Las series y películas llegan a mucha gente y pueden ser de gran ayuda si se sabe transmitir el sufrimiento real y las necesidades de estos pacientes. Hay que desterrar esa banalidad recordando, por ejemplo, que nada tiene de banal el hecho de que los hijos de estas personas estén menos socializados. O reflejando que estas personas tienen menos oportunidades a la hora de optar a un puesto de trabajo”.
¿Qué se suele mostrar? Pues a veces a una mujer, mayormente en tono de comedia, evitando una relación sexual con la excusa de un horrible dolor de cabeza. Sobre esa carga frívola que percibe el problema como algo eminentemente femenino, el doctor Roberto Belvís, coordinador del Grupo de Cefaleas de la SEN, opina: “Hay cierto machismo. Afecta a tres mujeres por cada hombre. Es una banalización que desaparecería si fuera una dolencia exclusivamente masculina. Añadamos a esto que, al no mostrar alteración estructural del cerebro, algunos médicos no le conceden la gravedad que tiene”.
Dar una visibilidad adecuada a una enfermedad a través del arte siempre suma en positivo porque impulsa el conocimiento y, sobre todo, la sensibilización, incluida la de las autoridades que, según el doctor Belvís, no la tienen en justa consideración porque no ocasiona grandes gastos hospitalarios. “Cualquier aparición de la migraña en una película, en una serie o en las redes sociales es bienvenida porque ayuda a sensibilizar. Y la migraña necesita aún mucha sensibilización. Asimismo, ayudaría a que muchos afectados que nunca consultan al médico lo hagan y de ese modo no abusen en el consumo de analgésicos”, considera el doctor Belvís.
Todo este ninguneo que acusa la migraña podría ser la razón por la que en Europa apenas haya actores que hablen abiertamente de su migraña como sí han hecho en Estados Unidos figuras tan populares como Ben Affleck o Whoopi Goldberg. Pedro Almodóvar es una de esas excepciones que, por estos lares, confirman la regla, especialmente en algunas de sus últimas cintas. Por ejemplo, en Amarga navidad, una de las películas más esperadas de este 2026 que además fue incluida en la sección oficial del recién celebrado Festival de Cannes.
Sin desvelar nada importante de la trama, sí diremos que el personaje protagonista, que encarna Barbara Lennie y que podría ser uno de los varios trasuntos del propio Almodóvar en esta historia, acude de urgencia al hospital señalando que tiene una «migraña horrible». Es una mujer estresada, y el estrés es el principal desencadenante de este tipo de crisis; luego vendrían, con un impacto parejo, los problemas del sueño, el ayuno, es decir la hipoglucemia, y en el caso de ellas los problemas de periodicidad en la menstruación.
En la película el doctor le pregunta entonces qué parte de la cabeza le duele. Ella contesta que el dolor empieza en la zona occipital y se expande cubriéndole la cabeza como un gorro, que la luz le molesta mucho, que la raíz del pelo le arde, que no puede ni leer ni casi hablar… ¿Exagerado? ¿Urgencias? Para nada. Los pacientes cuentan con tratamientos en casa, habitualmente pastillas y pulverizadores nasales, alguno subcutáneo autoinyectable, pero no siempre van a ser eficaces y no te puedes tomar más de dos en menos de un par de horas por lo que, realmente, si no se consigue el efecto deseado no queda otra que poner rumbo al hospital. Tan es así que, según el doctor Láinez, “en los estudios que hacemos en migraña crónica, uno de los factores que se considera como tasa de buena respuesta es la reducción de la asistencia a urgencias. En los casos más graves es posible que se actúe tarde, pero también pasa que no siempre la medicación oral les funciona. Cuando van es porque están realmente desesperados”.

El doctor Belvís explica que casi siempre se acude con dolor en un lado de la cabeza, con náuseas, a veces con vómitos, con fotofobia. También provocan malestar los ruidos y los olores. En el momento de mayor intensidad el dolor se vuelve pulsativo, como un martillo rítmico. Los ataques pueden durar entre 4 y 72 horas y, tras ir desapareciendo de forma progresiva, queda lo que los pacientes definen como una suerte de resaca. Algunos de ellos (un 25-35%), antes del ataque, tienen lo que se llama un aura visual, una fase que puede durar entre treinta y sesenta minutos en la que ven destellos y luces blancas con poco color que pueden dejarles ciegos durante ese tiempo. Algunos pacientes pueden presentar incluso un aura sensitiva con la sensación de cosquillas en media boca y en una mano del mismo lado, a veces con problemas para hablar. En las personas con más episodios se da también la alodinia, que es sentir dolor ante estímulos que no deberían doler como recibir una caricia o peinarse.
No es la primera vez que Almodóvar habla de la migraña en su cine. Unos años antes, en Dolor y gloria (2019), el personaje que interpreta Antonio Banderas, a quien el espectador en seguida identifica con el propio director, nos cuenta que los primeros treinta años de su vida los vivió con relativa inconsciencia, pero que a partir de entonces descubrió que su cabeza podía no solo ser «fuente de placer y conocimiento» sino que también podía entrañar «infinitas posibilidades de dolor». Dice tener migrañas, cefaleas de tensión y racimo. Habla de muchos dolores musculares (lumbares, dorsales, tendinitis, hombros…) y llega un momento en que confiesa que «las noches que coinciden varios dolores creo en Dios; si solo hay un tipo de dolor, soy ateo».
En la película refleja siempre un cierto vínculo entre el dolor de cabeza y lo que el personaje de Antonio Banderas llama los «dolores del alma», a saber, el pánico, la ansiedad o la depresión. Los estudios demuestran que la migraña empeora la ansiedad o la depresión, pero también que éstas hacen lo propio con la migraña. Todos los neurólogos dicen conocer casos del tipo de alguien que estando bien sufre una migraña justo tras una malísima noticia familiar, por ejemplo. En migraña crónica, los porcentajes llegan hasta el 15-30% de problemas añadidos de salud mental. El doctor Láinez apunta que uno de los elementos importantes en la depresión es una bajada de la serotonina, que es uno de los neurotransmisores que influye en los mecanismos naturales de defensa del dolor. “Es inevitable que haya personas en las que el miedo a tener una crisis en un momento inoportuno les genere ansiedad”. El doctor Belvís añade que estamos ante un círculo vicioso donde tienen que actuar el neurólogo y el psiquiatra. “Hay que atajar ambos problemas; además hay tratamientos que pueden ir bien para los dos y hay tratamientos que pueden mejorar uno y empeorar el otro. De ahí la necesidad de que los psiquiatras y los neurólogos estemos coordinados”.
Fuera de España, encontramos sintomatología propia de la migraña en unas cuantas películas de éxito masivo. En Shutter Island (2010), de Martin Scorsese, el personaje principal, con la cara de Leonardo DiCaprio, padecía migrañas y así las definía otro de los personajes de aquella historia: «Imagine su cabeza llena de cuchillas y que se la agitaran fuertemente». El de Nicole Kidman en la película Los otros (2001), de Alejandro Amenábar, tenía verdadero pavor al ruido, a que a sus hijos aporrearan el piano y su situación se agravara. Un año después la misma Kidman encarnó a la escritora Virginia Woolf en Las horas (2002), de Stephen Daldry, y lo primero que le preguntaba su marido al despertar era si había dormido bien. En realidad, aclara el doctor Belvís, la relación entre las horas de sueño y la migraña no va tanto por dormir mucho como por cumplir el tiempo de descanso habitual. “La calidad del sueño es siempre fundamental, pero conviene saber que el ataque puede suceder por pasar menos tiempo en cama, pero también por hacerlo de más. Y otro tanto sucede con la alimentación. La clave es siempre tratar de tener bajo control los factores desencadenantes de la migraña”.















