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La muestra, la primera gran exposición que se le dedica desde su fallecimiento, reúne 77 obras entre pinturas, dibujos y esculturas realizadas entre 1956 y 2021. Comisariada por Paula Luengo, recorre los motivos que regresaron de forma recurrente a su producción, no como una repetición mecánica, sino como una búsqueda incesante. Cada objeto, cada paisaje y cada forma reaparece transformado por la luz, el tiempo y la propia evolución de su mirada.

Laffón fue una creadora de fidelidades. Eligió profundizar durante décadas en unos pocos temas, a los que volvía pasado cierto tiempo, que terminaron convirtiéndose en auténticos territorios de exploración estética. La exposición se articula en nueve apartados que permiten seguir ese proceso a través de iconografías recurrentes como las cunas, los bodegones, los paisajes, las alacenas, el Coto de Doñana, las viñas, la cal o las salinas.

El recorrido comienza con una pequeña sección dedicada a la muñeca Marcelina, su primera serie como tal. Marcelina viaja (1965) presenta una atmósfera sombría y onírica que contrasta fuertemente con la luminosidad de la obra que cierra la secuencia dos años más tarde: Marcelina blanca. Junto a ella, las cunas introducen una reflexión silenciosa sobre la fragilidad, la vulnerabilidad y el paso del tiempo. Son obras que revelan una sensibilidad temprana que ya anticipa muchas de las preocupaciones que la acompañarán durante toda su carrera.

Bodegones y objetos

El bodegón está muy presente en todas las etapas de la trayectoria de Laffón. Un género que le permite pintar en la tranquilidad de su estudio y representar objetos cotidianos, explorando sus diferentes posibilidades. Generalmente realiza cuadros con pocos elementos en las que se concentra en la atmósfera, el ambiente o la poética de las pequeñas cosas.

El formato horizontal predomina en sus naturalezas muertas más clásicas, dividiendo la estructura en dos planos, con los objetos en el plano superior. Sus pinturas, de factura etérea, están compuestas de capas de veladuras superpuestas, favoreciendo contornos borrosos, con un colorido cuidadosamente elegido y aplicado.

Con el tiempo, ya en los años noventa, esos interiores comienzan a abrirse al exterior y el paisaje se incorpora a las composiciones, desdibujando los límites entre géneros, como en Mesa con flores en el jardín (1991-1992) o Bodegón oscuro (1997-2000), y a finales de esta década rompe la horizontalidad atreviéndose con naturalezas muertas verticales, tanto pictóricas como escultóricas, como en Relieve del bodegón (2000) o Repisa improvisada (2002-2003).

Esa atención a las cosas sencillas alcanza una intensidad especial en las obras dedicadas a los objetos domésticos. Canastas, costureros o máquinas de coser se convierten en protagonistas absolutos. Lo que en sus primeras pinturas formaba parte de una escena más amplia acaba ocupando todo el espacio pictórico. Son imágenes que remiten a la vida cotidiana, al trabajo manual y a los ámbitos tradicionalmente asociados a la experiencia femenina. En algunas de ellas, los objetos aparecen cubiertos por telas, estableciendo un sugerente diálogo entre presencia y ausencia, entre aquello que se muestra y aquello que permanece oculto.

Insistir

Carmen Laffón entendía que determinadas cuestiones plásticas exigían ser exploradas a lo largo del tiempo mediante series sucesivas. Alacenas, canastas, bodegones o paisajes reaparecen en su producción, sometidos a sutiles transformaciones que revelan una mirada en constante evolución. Regresaba de forma recurrente a los mismos motivos porque encontraba en ellos un campo abierto de investigación. Cada nueva versión incorporaba un matiz, una variación de la luz, una modificación de la atmósfera o una nueva aproximación a la forma. Algunas de estas series surgían durante un periodo determinado para desaparecer después y, años más tarde, volver a cobrar protagonismo. En su caso, el regreso a esos temas revela la persistencia de una búsqueda que nunca dio por concluida. Su pintura, en suma, estuvo marcada por esa indagación constante, por la necesidad de acercarse una y otra vez a una verdad visual que quizá ya había alcanzado, pero que nunca dejó de explorar.

 
El paisaje constituye otro gran eje de la exposición. Primero aparecen las azoteas y las vistas urbanas de Sevilla y Madrid pintadas en los años sesenta y setenta, preludio de las que pintará de su querido Sanlúcar de Barrameda. Destaca La terraza, Madrid (1973-1975), donde el motivo es una azotea bañada en una luz cálida y envolvente. En sus primeras panorámicas de Sanlúcar la azotea ocupa un pequeño espacio en primer plano y da paso a unas amplísimas vistas de los tejados que se pierden en el horizonte. El cielo ocupa casi la mitad del lienzo, anticipando sus célebres vistas del Coto de Doñana, uno de los temas más representativos de su producción.

Pocas relaciones entre una pintora y un territorio resultan tan intensas como la que Laffón mantuvo con el entorno de Doñana y la desembocadura del Guadalquivir. Desde finales de los años setenta, el paisaje observado desde su casa de Sanlúcar, la «otra banda», se convierte en una presencia constante. La línea que separa el cielo y el agua, apenas insinuada en ocasiones, sirve de punto de partida para una investigación sobre la luz, el color y la atmósfera.

Las numerosas versiones realizadas a lo largo de décadas registran cambios meteorológicos, variaciones estacionales y transformaciones lumínicas con una sensibilidad extraordinaria. Los formatos y composiciones de todos estos cuadros son muy similares, pero en los más tardíos, de un marcado carácter rothkiano, emplea colores más saturados en poéticas manchas de denso pigmento donde el paisaje prácticamente desaparece.

Alacenas

Algo similar sucede con la serie de los armarios, uno de los proyectos más prolongados de toda su trayectoria. Durante más de cuarenta años volvió desde la pintura y también la escultura sobre la imagen de una sencilla alacena de madera, pintada en blanco en los setenta, en negro en los ochenta, replicada en escultura de bronce a partir del 2000 y en vivos colores en la década de 2010.

Laffón representa en estas composiciones un mueble tradicional de manera contemporánea y la contemplación de la secuencia completa permite constatar cómo elige un tema, lo desarrolla y lo simplifica en estas series en cadena. El pequeño armario es modesto, pero a la vez posee cierto misterio, sobre todo si está cerrado. La serie trata de esconder, de sugerir, de tapar y desvelar. En estas obras domina la verticalidad del mueble, que coloca sobre un fondo neutro y abstracto: armarios cerrados, semicerrados o abiertos que en algunos casos permiten entrever una carta o muestran cuencos en la parte superior.

La etapa final de su producción ocupa una parte especialmente significativa de la exposición. En las series dedicadas a la cal, la sal y la viña, alcanza algunas de sus propuestas más ambiciosas.

En La cal (2011-2015), bidones, cubos, carretillas y herramientas de trabajo para encalar son observados con la misma atención que antes había dedicado a los objetos domésticos. Convertidos en protagonistas de grandes formatos de madera al óleo, témpera y carboncillo adquieren una dignidad inesperada y una intensa carga poética.

Salinas

Las salinas de La Algaida y de Bonanza, próximas a Sanlúcar, representan quizá el punto culminante de esa evolución. Esta última de sus series, realizada entre 2017 y 2020, muestra una pintura cada vez más sintética y esencial. Los blancos dominan la superficie y las formas se simplifican hasta rozar la abstracción. Lejos de abandonar la realidad, Laffón parece buscar su esencia última, reduciendo el paisaje a una experiencia de luz, espacio y silencio.

La exposición concluye con la serie de La viña, inspirada en el pequeño viñedo que rodeaba su estudio de Sanlúcar y que ella misma cuidaba. Las grandes tablas que integran este proyecto dialogan con una monumental instalación de cestos cargados de uvas, una obra situada entre la escultura y la instalación que resume muchas de las constantes presentes en toda su producción. La observación paciente de la naturaleza, el valor simbólico de los objetos cotidianos y la capacidad de encontrar belleza en aquello que suele pasar desapercibido.

Más allá del recorrido cronológico o temático, Carmen Laffón. Variaciones permite comprender la singularidad de una creadora que desarrolló una de las voces más personales del arte español de los siglos XX y XXI. Segunda mujer en ingresar como académica de número en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, construyó una obra donde la realidad nunca fue un simple motivo de representación, sino el punto de partida para una reflexión profunda sobre la memoria, el tiempo y la percepción.

Esta exposición imprescindible revela cómo una creadora aparentemente fiel a unos pocos temas fue capaz de reinventarlos durante décadas. En cada repetición existe una diferencia, en cada regreso una nueva pregunta. Esa búsqueda constante explica la vigencia de una obra que continúa invitando a mirar despacio y a descubrir la extraordinaria complejidad que puede ocultarse en las cosas más sencillas.

Una vida diferente

Carmen Laffón.

Carmen Laffón tuvo una vida diferente desde su niñez. Nacida en el seno de una familia culta, sus padres, que se habían conocido en la Residencia de Estudiantes, decidieron no llevarla al colegio. Su educación se llevó a cabo en casa. Sus inicios en la pintura tuvieron lugar a los 12 años de la mano del pintor costumbrista sevillano Manuel González Santos, amigo de la familia, vecino de La Jara y antiguo profesor de Dibujo de su padre, por cuya indicación ingresó en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla a los 14 años de edad.

Tras cursar estudios en esta institución durante tres años se trasladó a Madrid, en cuya Escuela de Bellas Artes finalizó su carrera con tan solo 19 años. En ese mismo año, 1954, hizo su viaje de fin de estudios a París, donde quedó especialmente impresionada por la obra de Chagall. La atmósfera poética y los contornos difuminados del artista influyeron en su sensibilidad pictórica. Al año siguiente realizó una estancia de estudios en Roma. Además de Chagall, sentía una profunda admiración por Picasso y Rothko. Aunque su obra es figurativa, compartía con este último el interés por la emoción, la luz y la contemplación silenciosa.

A su regreso a Sevilla, en 1956, continuó pintando en la casa de verano familiar de Sanlúcar de Barrameda, en La Jara, que acabaría siendo el lugar central de su actividad artística. Allí tenía su estudio, y Doñana y su paisaje se convirtieron en el principal protagonista de su pintura: «El Guadalquivir es el río de Sevilla, mi ciudad de nacimiento, que me lleva a Sanlúcar de Barrameda, mi otra ciudad, donde comencé a pintar y a soñar».

Tuvo una relación de amistad con el grupo de los Realistas de Madrid. En los años sesenta se relacionó con creadores como Fernando Zóbel, Gerardo Rueda y Gustavo Torner y trabajó en el entorno de la influyente Galería Juana Mordó, punto de encuentro de la vanguardia española.

En 1998 fue nombrada académica de número de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, algo que solo había sucedido en una ocasión anterior con Teresa Berganza. En enero de 2000 pronunció su discurso de ingreso, titulado Visión de un paisaje, que versó precisamente sobre su relación con Sanlúcar y el Coto: «La variación continua de este paisaje, la sorpresa que ocasiona a cada hora, sus rumores, sus olores de piedras mojadas, de algas y del mar de Poniente, fueron y siguen siendo para mi labor pictórica un inagotable caudal de sugerencias».

Aunque nunca abandonó la figuración, sus paisajes más tardíos presentan horizontes mínimos y formas casi disueltas que rozan la abstracción. En los últimos años desarrolló una extensa investigación sobre las salinas de Bonanza, un tema que transformó en pinturas de gran formato y esculturas.

Laffón fue Hija Predilecta de Andalucía y, entre otras muchas distinciones, se le otorgó el Premio Nacional de Artes Plásticas, la Medalla de Oro al Mérito a las Bellas Artes y la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio.