Activo entre las décadas de 1940 y 1960, Tusquets de Cabirol no fue fotógrafo profesional. Perito químico y copropietario de una fábrica, desarrolló su pasión al margen de cualquier aspiración económica. Esa independencia le permitió construir un lenguaje propio, atento a las transformaciones estéticas de su tiempo y libre de condicionantes. Su archivo, integrado por cerca de 5.000 negativos y alrededor de 1.000 copias positivadas, constituye un testimonio excepcional de un país marcado por la dictadura y las profundas transformaciones sociales.
La exposición organizada por Fundación Mapfre en colaboración con la Fundación Photographic Social Vision, responsable de custodiar el legado del autor, se suma a la línea de proyectos que KBr viene dedicando desde hace años a la recuperación de archivos fotográficos catalanes. En este caso, el protagonismo recae en una figura cuya obra posee un doble interés. Por un lado, ofrece un valioso documento histórico sobre la vida cotidiana de su tiempo. Por otro, revela una notable sensibilidad formal capaz de transformar escenas aparentemente ordinarias en imágenes de gran fuerza.
La muestra subraya además la importancia de una práctica fotográfica que durante mucho tiempo quedó relegada a un segundo plano. La fotografía amateur desempeñó un papel fundamental en la construcción del imaginario visual del siglo XX y Tusquets de Cabirol representa uno de sus ejemplos más sólidos. Lejos de las urgencias informativas o de los encargos profesionales, sus fotografías nacen de la observación paciente, del paseo y de la voluntad de comprender el entorno a través de la cámara.
Esa dedicación se percibe en cada aspecto de su trabajo. Utilizaba una Rolleiflex y controlaba personalmente todas las fases del proceso, desde la toma hasta el revelado y el positivado. La precisión técnica no era para él un simple requisito instrumental, sino una forma de pensamiento visual. Cada encuadre, cada contraste y cada equilibrio compositivo responden a una búsqueda consciente de significado.
Su incorporación a la Agrupació Fotogràfica de Catalunya en 1946 resultó decisiva para el desarrollo de su trayectoria. La entidad funcionaba como un espacio de intercambio de ideas, excursiones colectivas y circulación de imágenes que alimentó los intereses temáticos de numerosos aficionados. En ese contexto, Tusquets de Cabirol consolidó una producción coherente y personal, abierta a las nuevas corrientes y cada vez más interesada por las posibilidades expresivas del medio.
El recorrido expositivo propone una lectura transversal de sus principales intereses visuales. El visitante descubre así cómo distintos temas conviven y evolucionan simultáneamente hasta desembocar en una progresiva depuración visual. Uno de los primeros ámbitos se centra en el litoral catalán y especialmente en el puerto de Barcelona, un escenario recurrente en su producción. Frente a las imágenes pintorescas o anecdóticas, Tusquets de Cabirol dirige la atención hacia la arquitectura portuaria, los espacios de trabajo y las relaciones humanas que se desarrollan en ellos. Las figuras aparecen absortas por sus tareas o suspendidas en momentos de espera, integradas en composiciones donde las líneas, los volúmenes y las perspectivas adquieren una importancia decisiva.
Más allá del puerto, la costa se convierte en un territorio de observación privilegiado. El horizonte marino aparece una y otra vez como una frontera abierta a la contemplación. En sus fotografías conviven la actividad humana y la inmensidad del paisaje, generando imágenes de una serenidad que no excluye cierta sensación de incertidumbre, tan característica de aquellos años.
La ciudad constituye otro de los grandes protagonistas de la exposición. Barcelona ocupa un lugar central, aunque también aparecen París, Venecia y otros destinos visitados por el fotógrafo. Sus imágenes urbanas nacen del paseo y de la observación atenta de la vida cotidiana. La figura del flâneur parece proyectarse sobre un autor que recorre calles y plazas buscando escenas mínimas, gestos fugaces y relaciones inesperadas entre las personas y el espacio.
En estas fotografías resulta evidente la influencia del humanismo fotográfico francés. Sin necesidad de recurrir a acontecimientos extraordinarios, Tusquets de Cabirol encuentra materia visual en los márgenes de la ciudad, en sus rincones menos visibles y en aquellos espacios donde la vida se desarrolla lejos de los focos. Su mirada evita el dramatismo y apuesta por una descripción contenida que termina revelando con mayor intensidad la realidad social de su tiempo.
Las excursiones realizadas junto a los miembros de la Agrupació y con su propia familia ampliaron el radio de acción de su cámara hacia el entorno rural. En pueblos, caminos y paisajes naturales encontró nuevos motivos para profundizar en una fotografía cada vez más reflexiva. Las escenas muestran ecos del neorrealismo italiano y una creciente atención hacia esos espacios intermedios que hoy llamaríamos periferias.
Lo que inicialmente podía parecer una visión idealizada del campo fue transformándose poco a poco en una aproximación más compleja y realista. El interés por las estructuras compositivas, las repeticiones y los ritmos visuales fue ganando terreno hasta conducir al fotógrafo hacia una creciente simplificación formal. Ese proceso alcanza su culminación en el último apartado de la exposición. Fragmentos arquitectónicos, superficies industriales, sombras y objetos cotidianos aparecen aislados de su contexto original para convertirse en estudios sobre líneas, texturas y volúmenes. La realidad deja de ser únicamente un tema para convertirse en materia visual.
Sin abandonar nunca la referencia al mundo que le rodea, Tusquets de Cabirol avanza hacia una fotografía cercana a la abstracción. Sus imágenes más depuradas no describen directamente la España de su tiempo, pero la evocan de forma poderosa a través de formas austeras, silenciosas y contenidas. Esa capacidad para sugerir sin explicar constituye uno de los rasgos más fascinantes de su obra.
La recuperación de este archivo permite comprender hasta qué punto la historia de la fotografía sigue estando llena de voces pendientes de reconocimiento. Las imágenes de Tusquets de Cabirol amplían nuestra comprensión de la posguerra desde una perspectiva alejada de los relatos oficiales. Son fotografías que hablan de trabajo, ocio, paisaje, espera y transformación. También hablan de la capacidad de la fotografía para descubrir significado en aquello que parece cotidiano.
Valor estético y documental
«Puede ser fácil obtener casualmente una bella fotografía; pero un trabajo artístico continuado no está al alcance de cualquiera».
(Tusquets de Cabirol, Cómo hago mis fotografías, 1954)
Formado por cerca de 5.000 negativos y alrededor de 1.000 copias positivadas, el legado de Tusquets de Cabirol está marcado por la reciente recuperación e identificación de gran parte de sus fondos. Desde entonces, sus imágenes no han dejado de suscitar enorme interés y recibir la consideración que merecen por su valor estético y documental.
En un contexto en el que España se encontraba todavía aislada con respecto a Europa y no se permitía la crítica social, su lenguaje fotográfico transitó desde el plano general de carácter cinematográfico al detalle más concreto, con una mirada permanente a la vida cotidiana, el paisaje urbano, el litoral y el entorno rural de la posguerra.





























