Mayte Gómez Molina.
Además de poeta premiada y novelista debutante, Mayte Gómez Molina, granadina de 33 años nacida en Madrid, es profesora de arte en Basilea. Conoce los entresijos del mercado del arte, parece saber bien lo que se enseña en la carrera de Bellas Artes y, sobre todo, lo que no se enseña; y eso incluye afrontar el fracaso, pero también convivir con el éxito. A tenor de algunas declaraciones que ha hecho sobre su biografía y aunque no es pintora, es fácil que el lector tienda a identificar a Gómez Molina con la protagonista: Anna es una joven artista que desde cría ha crecido con algunas heridas que no se cierran tanto tiempo después y con la obsesión de estar a la altura de lo que se espera de alguien que demostró pronto talento para el dibujo. Ese esfuerzo incesante por no decepcionar, incluso por utilizar esa fortaleza como vía de acercamiento a los demás, se quiebra precisamente cuando la galerista más importante del país se fija en ella, le pide un número de obras y le pone un deadline para tener lista la que será su primera exposición. Llegan entonces la crisis creativa y los problemas de identidad.
En el relato apenas se suceden las situaciones que hagan avanzar la acción hacia un final que necesitamos conocer (¿llegará la inspiración a tiempo?). Por contra, hay multitud de reflexiones, algunas con humor corrosivo (las cafeterías de moda “desde fuera invitan a entrar; desde dentro, a salir. Sus asientos están diseñados para que cualquier estancia de más de veinte minutos sea un infierno. Que vengan muchos y se queden poco: esa debe de ser la lógica interna”); o cuando habla del síndrome del impostor, del miedo a no estar a la altura, del sentimiento de clase, del peso del azar al entrar en el mundo laboral, de la vocación en tiempos de precariedad económica o de las siempre complicadas relaciones familiares (“entre la juventud de los hijos y la madurez de los padres hay un periodo en el que las familias se traicionan de forma constante”).

Maruja Mallo. «Sorpresa de trigo» (1936).
En este retrato de la artista bloqueada (“me pongo delante del lienzo y es como mirar por una ventana que da a un muro. No veo nada”), que llega a desconfiar de su talento y de su vocación, hay algo que no arroja duda: su adicción al arte como filtro evocador para mirar el mundo. Por mal que esté, el personaje de Anna sale a la calle y da igual si ve las luces de los coches, a alguien leyendo, a unos niños en un parque, a pájaros en los árboles o a una mujer llorando, siempre le pasa que no puede evitar que aquello le traiga a la memoria un cuadro o una escultura. El texto está trufado de nombres de artistas de diferentes épocas y estilos que no distraen pese a ser muchos y algunos poco conocidos que favorecen el googleo. Muchas son mujeres. Entre ellas, una que sí es popular, Maruja Mallo. Suyo es un cuadro que, sin citar de forma expresa, sale en el libro: Sorpresa de trigo, pintado hace justo noventa años. Es el mismo trigo que sale en el título y en un sueño de la protagonista de esta novela, pero simbolizando algo distinto que debe descubrir el lector.



La boca llena de trigo











