La Ilustración, surgida en Inglaterra, Alemania y Francia, comenzó a considerar a los niños como sujetos con derechos. De forma progresiva, se adoptaron medidas educativas y sanitarias destinadas específicamente a ellos, y los pintores no permanecieron ajenos a este cambio histórico. Goya ensanchó los cauces artísticos con escenas populares en las que concedió una importancia inédita a la infancia y a sus juegos. Creó un mundo lleno de color, gracia y vitalidad, profundamente vinculado a la cultura popular madrileña. Pero su mirada ilustrada y crítica también abordó algunos de los aspectos más oscuros, como la vulnerabilidad, el maltrato infantil, la educación mediante la violencia o la guerra y sus consecuencias.

Su libertad artística brotó en muchas ocasiones al margen de los encargos. Con sus diferentes visiones de la infancia, plasmadas en juegos, escenas campestres y retratos, Goya amplió los límites de la pintura y otorgó un nuevo protagonismo a los niños y a su universo. Una frase del propio artista define muy bien su actitud ante la pintura: «Que no hay reglas en la pintura y que la opresión u obligación de hacer estudiar o seguir a todos por un mismo camino era un grande impedimento a los jóvenes que profesan este arte tan difícil».

Obras de infancia

Niños buscando nidos. Goya pinta a algunos niños vestidos con hábito de monje, posiblemente como exvoto ofrecido por la curación de alguna enfermedad. La tiña era una dolencia frecuente en la época, y el artista llegó a describir con sus pinceles las lesiones que provocaba en la cabeza de los niños.

Muchachos cogiendo fruta. Los niños trepando a los árboles constituyen un tema recurrente. En esta obra se observa a un niño descalzo y afectado de tiña. Santiago Ramón y Cajal afirmó que «el robo de frutas es necesario para reponer la glucosa consumida en los juegos infantiles». También era aficionado a explorar los nidos de pájaros y a cuidar de ellos. Existen interesantes analogías entre las miradas de Goya y Ramón y Cajal sobre el mundo infantil.

Muchachos jugando a soldados. En la escena aparecen una escopeta, un tambor y un campanario de feria. El protagonista parece un rey rodeado de vasallos; incluso uno de ellos le suplica arrodillado. Las miradas infantiles, captadas con extraordinaria precisión, son dominadoras, sumisas y pícaras.

Mariano Goya. La temprana pérdida de seis hijos marcó profundamente a Goya y convirtió en ocasiones la pintura en una suerte de terapia impregnada de humanidad. Su hijo Javier, único superviviente, y su nieto Marianito fueron dos de las grandes pasiones de su vida.

La era o El verano. La escena representa el descanso de los segadores durante la trilla. Los niños juegan bajo la atenta vigilancia de la madre, mientras otros se divierten en un carro cargado de espigas. En la composición se distinguen la maternidad y la paternidad. Es un cuadro «con olor a trigo», un canto a la familia y al campo de carácter costumbrista y naturalista, en una línea que posteriormente desarrollarían Jules Breton y Jean-François Millet.

Además, entre los retratos infantiles más relevantes de Goya figuran los del infante Francisco de Paula, el infante Carlos María Isidro, Teresa de Borbón y Vallabriga, Manolito Osorio Manrique de Zúñiga, Víctor Guye y Luis María Cistué.

Según José Gudiol, Goya combina la impronta del mundo cortesano y la gracia del mundo popular, dos ámbitos que convivieron constantemente en su obra. En sus retratos infantiles alcanzó una profunda penetración psicológica y fue dejando atrás las influencias del barroco de Bayeu, Correggio, Giordano y Tiepolo, así como el neoclasicismo de Mengs, para abrir caminos que conducirían al romanticismo, el naturalismo y el impresionismo. Como escribió Baudelaire, «Goya es uno de los faros que han iluminado al mundo».


El doctor Joaquín Callabed es miembro de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis.

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