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Esa mirada atraviesa La armonía secreta del pensamiento, la exposición con la que la Fundación Bancaja revisa en Valencia seis décadas de la trayectoria de uno de los nombres fundamentales del arte español del siglo XX. Comisariada por Alicia Vallina, la antológica reúne 42 piezas realizadas entre 1955 y 2004 y permite seguir la transformación de un lenguaje que partió de la figuración, se adentró muy pronto en la abstracción y alcanzó en sus últimas etapas una marcada economía de medios.

Pinturas, esculturas, collages y obra gráfica trazan un recorrido que no se limita a ordenar cronológicamente su producción. El discurso se articula mediante cuatro ámbitos dedicados a la geometría como orden místico, el diálogo entre materia y vacío, la transversalidad creativa y la poética del silencio. Cada apartado aborda una dimensión de su trabajo y, al mismo tiempo, muestra la continuidad de unas inquietudes que Torner mantuvo a lo largo de toda su extensa carrera.

«En esta muestra realizamos un análisis muy profundo de todo el pensamiento de uno de los grandes pensadores y creadores del arte de vanguardia de la posguerra española», destaca su comisaria, que califica a Torner como «un creador multidisciplinar que cultivó todas estas ramas del arte siempre profundamente influido por una reflexión sobre la naturaleza. Torner resolvió mediante sus obras todos los conflictos y las revoluciones interiores que experimentaba como artista».

Naturaleza

La exposición parte de sus primeras investigaciones de los años cincuenta, cuando su actividad como ingeniero convivía todavía con una vocación artística en pleno proceso de definición. Al margen de una formación académica estricta, construyó su lenguaje mediante la experiencia, el análisis y el contacto directo con la naturaleza. Su interés se desplazó pronto desde las apariencias hacia las fuerzas internas que organizan la realidad.

En 1955 presentó su primera exposición individual en la Sala Aguirre de Cuenca con pinturas de carácter figurativo. Solo un año después mostró en la Galería Alfil de Madrid sus primeras composiciones abstractas. La rapidez de ese tránsito refleja una búsqueda que no respondía tanto al abandono de la realidad como a la voluntad de penetrar en ella. La abstracción le ofrecía la posibilidad de expresar aquello que la representación convencional no alcanzaba a mostrar.

Obras como Amarillentos, con zona negra, fechada en 1957 y perteneciente al Museo Reina Sofía, permiten apreciar ese temprano desplazamiento. La superficie pictórica se convierte en un territorio de texturas, densidades y contrastes. El paisaje ya no comparece como imagen reconocible, pero permanece en la organización interna de la materia y en la tensión entre las distintas zonas del lienzo.

En sus trabajos iniciales, Torner incorporó materiales poco habituales y abordó la composición con una disciplina cercana al método científico. No pretendía trasladar un fragmento de naturaleza al lienzo, sino descomponerlo y estudiar los elementos que lo conforman. Las rugosidades, las maderas, los metales y los elementos naturales adquirieron una capacidad expresiva propia, enfrentados con frecuencia a superficies lisas, frías o reflectantes.

En su obra, la materia nunca funciona como un simple soporte. Posee peso, memoria y resistencia. Su presencia física se relaciona con el espacio que la rodea, con las sombras que proyecta y con el vacío que delimita. Lo lleno y lo ausente dejan de actuar como términos opuestos para integrarse en una misma construcción visual.

Geometría

Esa tensión puede observarse en piezas como Homenaje a Pitágoras I, de 1965, un ensamblaje de espejo, tableros pintados y una correa de cuero. Los materiales se combinan en una estructura cuya precisión geométrica no elimina su carga poética. La referencia a Pitágoras remite a una concepción del número y la proporción como vías para comprender el mundo. En Torner, la geometría no se reduce a una herramienta formal. Se convierte en un principio ordenador capaz de contener, sin suprimirlo, el desorden de la experiencia.


A lo largo de los años sesenta, su lenguaje abstracto ganó rigor. La gestualidad cedió terreno ante unas composiciones más meditadas, sustentadas en relaciones espaciales, simetrías y estructuras de gran equilibrio. Esa depuración no condujo a una obra fría. Bajo la exactitud de las formas persistía la voluntad de plantear interrogantes y de situar al espectador ante una realidad que no se agota en lo visible.

La década siguiente amplió el alcance conceptual de su trabajo. Torner comenzó a introducir referencias históricas, literarias y simbólicas que vinculaban la abstracción con la memoria y la tradición cultural. Medida de la vida (a Jorge Manrique), de 1975, resume esa apertura. La pintura y el objeto se encuentran sobre una superficie de madera para construir una obra que enlaza pensamiento, experiencia y conciencia del tiempo.

El artista concebía el arte como un proceso de investigación. Cada obra representaba una respuesta provisional dentro de una exploración más amplia y nunca cerrada. De ahí que no ofrezcan conclusiones unívocas. Su propósito consiste en ensanchar el campo de las preguntas y reclamar una mirada capaz de demorarse ante aquello que no puede resolverse de inmediato.

La producción de los años ochenta y noventa acentuó la claridad compositiva. El espacio, el tiempo y la percepción se convirtieron en cuestiones centrales, mientras la reducción de elementos aumentaba la intensidad de cada decisión. Piezas como La rectitud de las cosas I, de 1980, muestran una geometría despojada en la que la forma parece concentrar un razonamiento completo.

De una disciplina a otra

Esta economía expresiva alcanzó su mayor grado en sus obras tardías. Torner prescindió de todo aquello que consideraba accesorio hasta dejar únicamente los componentes imprescindibles. El resultado invita a una contemplación pausada y exige la participación de quien observa.

La capacidad para trasladar sus principios de una disciplina a otra constituye otra de las claves del recorrido. Torner borró las fronteras entre pintura y escultura, llevó la tridimensionalidad a la superficie pictórica y aplicó criterios arquitectónicos a la organización de objetos y espacios. Su actividad abarcó también el dibujo, la fotografía, el diseño gráfico, la escenografía, los figurines y las vidrieras realizadas para la Catedral de Cuenca.

Esa amplitud tuvo una prolongación especialmente relevante en la museografía y la ordenación de espacios. En 1980 colaboró con el equipo de arquitectos del Museo del Prado en la reestructuración de las salas dedicadas a la pintura flamenca del siglo XVII. También trabajó como asesor artístico de la Fundación Juan March y participó en 1982 en la creación de la nueva imagen de Loewe, para la que diseñó establecimientos en distintas ciudades españolas y europeas, además de su tienda en la Trump Tower de Nueva York.

Su trayectoria permanece estrechamente unida a Cuenca. Torner formó parte del grupo de artistas que convirtió la ciudad en uno de los focos esenciales de la modernidad española. Junto a Fernando Zóbel y cerca de figuras como Gerardo Rueda, contribuyó a crear un contexto favorable para la renovación de los lenguajes plásticos. Con Zóbel participó además en la fundación del Museo de Arte Abstracto Español, inaugurado en las Casas Colgadas en 1966.

Su proyección alcanzó pronto el ámbito internacional. Participó en las bienales de São Paulo de 1961 y Venecia de 1962 y protagonizó alrededor de medio centenar de exposiciones, entre ellas la retrospectiva organizada en 1991 por el Museo Reina Sofía. Su trabajo recibió reconocimientos como la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica, el Premio Nacional de Arte Gráfico y la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X el Sabio. Desde 1993 perteneció a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y en 2002 fue investido doctor honoris causa por la Universidad de Castilla-La Mancha.

Fallecido en Cuenca el 6 de septiembre de 2025, poco después de cumplir cien años, Torner dejó una obra marcada por la curiosidad y la coherencia. La armonía secreta del pensamiento permite contemplarla como un territorio en el que ciencia, intuición y cultura se entrelazan. En sus obras, la materia piensa, el vacío adquiere presencia y la geometría intenta desvelar el orden invisible del mundo.

Préstamos destacados

Las obras reunidas en Valencia proceden de un amplio conjunto de colecciones públicas y privadas. Entre ellas figuran el Museo Reina Sofía, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid, la Fundación Juan March, el Museo de Arte Contemporáneo de Alicante, el Museo Patio Herreriano de Valladolid y el IAACC Pablo Serrano de Zaragoza. La Fundación Bancaja aporta cuatro obras sobre papel pertenecientes a la serie El Museo del Prado visto por 12 artistas.

El recorrido se completa con un audiovisual cedido por la UNED que reúne entrevistas con Torner y diversos aspectos de su trayectoria, además de una cronología de su vida y su trabajo. El catálogo editado para la ocasión reproduce las obras expuestas e incluye textos de Alicia Vallina, Alfonso de la Torre y Lorena Robredo.