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Esa evolución crítica es la base de la retrospectiva que el Museo del Louvre presentará a partir de octubre en el Hall Napoléon. La muestra reunirá 65 obras, 50 de ellas pintados por Zurbarán, y propondrá un recorrido cronológico y temático dividido en siete secciones. Aunque varias exposiciones se han ocupado del artista en la última década, su obra no protagonizaba una presentación internacional de esta envergadura desde la monográfica organizada por el Metropolitan Museum of Art y el Grand Palais hace casi cuarenta años.

Este proyecto nace de la colaboración entre la National Gallery de Londres, el Louvre y el Art Institute de Chicago. Antes de abrir sus puertas en París, la exposición habrá pasado por el museo londinense. El proyecto continuará así una revisión internacional que atenderá a las distintas vertientes de su pintura, desde los grandes encargos conventuales hasta los retratos, las naturalezas muertas y la producción final. También concederá un espacio relevante a Juan de Zurbarán, hijo y colaborador del maestro, cuya carrera quedó interrumpida por su temprana muerte en 1649.

El punto de partida será una de las obras que cimentaron la reputación del pintor. La crucifixión, conservada en el Art Institute de Chicago, fue realizada en 1627 para el convento dominico de San Pablo el Real de Sevilla. Con sus 269 centímetros de altura, la pintura condensa algunos de los rasgos que definirían su lenguaje. La composición se reduce a lo esencial, el cuerpo de Cristo adquiere una densidad casi escultórica y la luz recorta las formas contra la oscuridad. El naturalismo se concentra en detalles como la barba, el cabello y las gotas de sangre, mientras el conjunto mantiene una solemnidad contenida.

Sevilla

Zurbarán había nacido en Fuente de Cantos, en Extremadura, el 5 de noviembre de 1598. Después de iniciar en 1614 un aprendizaje de tres años con Pedro Díaz de Villanueva en Sevilla, se instaló en Llerena. Su primera gran oportunidad llegó en 1626, cuando recibió un encargo de los dominicos de San Pablo el Real. Al año siguiente ejecutó el Cristo en la cruz, su primera obra firmada conservada. La calidad del resultado y su adecuación a las necesidades devocionales de las órdenes religiosas impulsaron una carrera que avanzó con rapidez.

Sevilla era entonces el centro administrativo de los territorios españoles en América y una de las grandes capitales artísticas, culturales y religiosas del país. Aunque su economía comenzó a declinar en la primera mitad del siglo XVII, numerosos monasterios seguían fundándose o renovándose. Pintores y escultores recibían encargos destinados a retablos, capillas y dependencias conventuales.

Francisco Zurbarán. "La crucifixión". The Art Institute of Chicago, Robert A. Waller Memorial Fund, 1954.15 © The Art Institute of Chicago.

Francisco de Zurbarán. «La crucifixión». The Art Institute of Chicago, Robert A. Waller Memorial Fund, 1954.15 © The Art Institute of Chicago.

Zurbarán encontró aquí un terreno propicio. Entre 1627 y 1634 asumió importantes conjuntos para distintas comunidades, entre ellas los franciscanos y la Orden de la Merced. En 1628 comenzó a trabajar para el convento de la Merced Calzada en una serie sobre la vida de san Pedro Nolasco. Un año después recibió el encargo de cuatro grandes lienzos dedicados a san Buenaventura para el colegio sevillano que llevaba el nombre del teólogo franciscano. Aquellos ciclos le permitieron abordar composiciones monumentales y consolidar un lenguaje propio.

Las pinturas conventuales ocuparán un lugar destacado en el Louvre. En ellas se aprecia la capacidad del artista para representar la irrupción de lo sobrenatural en ámbitos reconocibles. Visiones, éxtasis y apariciones se incorporan a una realidad cotidiana descrita con precisión. El desafío consistía en hacer visible aquello que no lo era y en trasladar al lienzo una experiencia interior sin romper la consistencia material de cuerpos, tejidos y objetos.

El Agnus Dei, conservado en el Museo Nacional del Prado, ejemplificará esa economía expresiva. El animal atado aparece aislado y sometido a una observación minuciosa. Su función como imagen devocional convive con la radical sencillez de la composición. Zurbarán recurre a efectos pictóricos y recursos espaciales que guían la mirada del espectador, pero evita sobrecargar la escena. La intensidad nace de la concentración.

Pintura y escultura

Esta investigación sobre lo sagrado enlazará la retrospectiva con Esculpir el color. Obras maestras del Museo Nacional de Escultura de Valladolid, que se presentará simultáneamente en el Hall Napoléon del museo parisino. Serán dos exposiciones independientes, con discursos y recorridos autónomos, aunque compartirán el contexto histórico y cultural de la España del siglo XVII. Su proximidad subrayará las relaciones entre la pintura y la escultura policromada, disciplinas estrechamente vinculadas en los encargos religiosos.

Una Santa Faz de Zurbarán perteneciente al museo vallisoletano servirá de nexo. La obra recrea la huella milagrosa del rostro de Cristo sobre el paño ofrecido por santa Verónica. Esa imagen reúne varios de los retos a los que se enfrentaron pintores y escultores del periodo, empeñados en dar apariencia verosímil a una manifestación celestial dentro del mundo ordinario.

El viaje de Zurbarán a Madrid en 1634 abrió una nueva etapa. Felipe IV había convertido la corte en un foco artístico de primer orden y Velázquez ejercía como pintor del rey desde 1623. El extremeño fue invitado a participar en la decoración del Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro, un espacio de grandes dimensiones cuyos escudos representaban los territorios de la Monarquía Hispánica.

Para aquel programa pintó La defensa de Cádiz contra los ingleses, conservada en el Museo Nacional del Prado, y una serie sobre los trabajos de Hércules, mito fundacional del reino. Dos pinturas de ese conjunto estarán presentes en la exposición. Los asuntos históricos y mitológicos ampliaron un repertorio dominado hasta entonces por los encargos religiosos.

La estancia madrileña le brindó además la oportunidad de estudiar las colecciones reales, especialmente ricas en pintura italiana y flamenca. Tras su regreso, su cultura visual se ensancha. Los paisajes ganan complejidad, aparecen más personajes y arquitecturas en los fondos, y tanto la paleta como la iluminación adquieren modulaciones más sutiles.

Ese cambio podrá observarse en las obras procedentes del monumental retablo de la cartuja de Nuestra Señora de la Defensión, en Jerez de la Frontera, realizado entre 1638 y 1639 y desmembrado a comienzos del siglo XIX. El conjunto conservado en el Museo de Grenoble permitirá apreciar la transformación de su estilo en pinturas como La Adoración de los Magos y La Circuncisión.

Nuevos temas

La serie de Jacob y sus hijos confirma la diversificación de temas emprendida por el maestro y su taller. Las 13 figuras, hoy conservadas en Auckland Castle, representan a Jacob y a los fundadores de las 12 tribus de Israel. El origen del encargo no está documentado, aunque se considera probable que las pinturas fueran destinadas a América, donde esta iconografía del Antiguo Testamento gozó de aceptación en el siglo XVII.

Las santas vestidas con ropajes suntuosos conforman una de las facetas más conocidas de Zurbarán. Su refinamiento contrasta con la austeridad que suele atribuirse al pintor. Trajes, joyas y tocados están descritos con una atención que convierte las superficies textiles en materia pictórica, mientras los rostros individualizados otorgan a las jóvenes una presencia enigmática.

Muchas de estas figuras aparecen a tamaño natural y aisladas sobre fondos sobrios. Su monumentalidad las aproxima a las esculturas procesionales, aunque su fuerza depende también del color y de la precisión con la que Zurbarán diferencia cada textura. En el Louvre dialogarán con santos, personajes legendarios, retratos ficticios masculinos y algunos de los escasos retratos reales realizados por el artista. El conjunto recordará que su producción, aun ligada de manera decisiva a la religión, fue más diversa.

La naturaleza muerta constituirá otro apartado fundamental. No es el género más abundante dentro de su obra, pero revela con claridad su capacidad para representar materias y superficies. Flores, frutos, vasijas y objetos domésticos aparecen tanto en bodegones autónomos como en escenas relacionadas con la infancia de Cristo y la Virgen.

Francisco de Zurbarán. "Bodegón con limones, naranjas y una rosa". The Norton Simon Foundation, Pasadena, California © The Norton Simon Foundation.

Francisco de Zurbarán. «Bodegón con limones, naranjas y una rosa». The Norton Simon Foundation, Pasadena, California © The Norton Simon Foundation.

El silencio y la austeridad de estas composiciones han favorecido interpretaciones simbólicas. La exposición no descartará esa dimensión, especialmente por la presencia reiterada de objetos y alimentos en cuadros religiosos, aunque también situará las obras dentro del interés que existía en España por el bodegón. Antes que imponer una explicación única, el recorrido permitirá atender a la cualidad física de unos objetos pintados con tal precisión que parecen desprenderse del lienzo.

Juan de Zurbarán

En este ámbito adquirirá protagonismo Juan de Zurbarán, nacido en Llerena en 1620. Especializado en naturalezas muertas, colaboró durante un breve periodo con su padre. Las pocas obras firmadas que se conservan, junto con otras atribuidas a su mano, muestran composiciones más elaboradas y decorativas, sostenidas por una observación minuciosa de frutas, flores y hojas. La peste que golpeó Sevilla en 1649 acabó con su vida y cerró una carrera que apenas había comenzado.

La epidemia coincidió con una profunda crisis económica en Sevilla y con el ascenso de Murillo. Zurbarán tuvo que adaptarse a una clientela distinta. A partir de 1650 se alejó progresivamente de las figuras monumentales y de los volúmenes simplificados que habían caracterizado su madurez. El dibujo se hizo más trabajado, la organización espacial ganó complejidad y la luz perdió dureza. Los asuntos devocionales adquirieron un tono más tierno y la paleta se aclaró.

Su traslado a Madrid en 1658 profundizó esa renovación. Dos años después recibió el encargo del convento de Santa María de Jesús, en Alcalá de Henares, el último gran proyecto monástico de su carrera. Murió en la capital el 27 de agosto de 1664.

El tramo final de la muestra permitirá descubrir cómo la severidad que hizo célebres sus primeras composiciones fue dando paso a una pintura más suave, atenta a otros públicos y sensibilidades. Bajo ambas maneras permaneció su capacidad para dotar de volumen y gravedad a cuanto representaba.

Triunfo final

La historia de Zurbarán no terminó con su muerte. El brutal expolio napoleónico y las sucesivas confiscaciones y ventas de bienes de la Iglesia, provocaron la salida masiva al mercado de numerosas pinturas religiosas. Zurbarán, El Greco, Velázquez y Murillo despertaron entonces el interés de coleccionistas y escritores románticos. La Galería Española de Luis Felipe, abierta en el Louvre entre 1838 y 1848, alimentó aquella fascinación. Entre sus obras figuró el San Francisco de Asís con una calavera, hoy en la National Gallery de Londres, que tuvo una amplia repercusión en la prensa francesa.

Otra representación del santo, el imponente San Francisco de pie momificado, había llegado antes a Francia. Se encontraba en el convento lionés de las Collinettes antes de la Revolución y fue expuesta desde 1807 en el museo de Lyon, donde alcanzó una considerable fortuna crítica.

Baudelaire y Manet encontraron estímulos en aquella pintura española recuperada por el gusto francés. Más tarde, en el tránsito hacia el siglo XX, la geometría de las composiciones de Zurbarán, su simplificación de los cuerpos y la inquietante autonomía de sus objetos llevaron a Cézanne, Picasso y Gris a considerarlo un precursor. Algunas obras francesas de finales del XIX y comienzos del XX cerrarán el recorrido del Louvre y mostrarán el alcance de esa influencia.

La retrospectiva devolverá así al primer plano la complejidad de un artista cuya importancia rebasa la identificación con la España conventual. Zurbarán fue capaz de convertir la luz en estructura, de hacer monumental un objeto humilde y de introducir lo extraordinario en escenarios gobernados por la observación naturalista. Sus santos, vírgenes, mártires, retratos y bodegones pertenecen a un tiempo preciso, pero la claridad de sus formas y la intensidad física de su pintura explican la atención que continuaron prestándole los artistas modernos.

Al frente de este proyecto expositivo está Charlotte Chastel-Rousseau, conservadora jefe del Departamento de Pinturas del Louvre, en colaboración con Francesca Whitlum-Cooper y Daniel Sobrino Ralston, de la National Gallery de Londres, y Rebecca Long, del Art Institute de Chicago. Las tres instituciones habrán reunido un conjunto que abarcará casi toda la carrera del maestro y pondrá en relación sus grandes ciclos religiosos, su trabajo para la corte, la intimidad de sus naturalezas muertas y la huella que dejó varios siglos después de su desaparición.