Caminar por el campo, observar el movimiento de las nubes, recoger los pequeños objetos que aparecen al borde de un sendero o detenerse ante las formas de una planta fueron para Sabando maneras de pensar y de hacer arte. Sus paseos por los paisajes de la Sierra de Cantabria, a menudo acompañado por su perro, alimentaron una obra difícil de encasillar, construida a partir de fotografías, dibujos, esculturas, textos, vídeos y acciones que terminarían confluyendo en una de sus creaciones más personales, los libros-caja.

Quince años después de su fallecimiento, el museo dedica a este creador una muestra que revisa una trayectoria poco conocida en su tierra natal, pese a su presencia en los circuitos artísticos de La Rioja y el País Vasco. Titulada Teo Sabando (1954–2011). Jardines, acciones y sueños que se bifurcan, la exposición, comisariada por Fernando Golvano, incluye una selección de obras datadas entre 1991 y 2011 que permite seguir la evolución de un artista que hizo de la experimentación una práctica constante. Su trabajo transitó entre la escultura, la instalación, la fotografía, el diseño gráfico y la performance, sin establecer fronteras rígidas entre disciplinas. También cultivó la escritura, especialmente los aforismos y los ensayos breves, que incorporaba a sus creaciones como parte de un mismo proceso de investigación.

Golvano, profundo conocedor de su trayectoria, resume una de las claves de su singularidad: «Lo relevante es su capacidad de recorrer diferentes ámbitos del arte». Esa libertad explica buena parte de una producción en la que las imágenes dialogan con las palabras, los objetos se convierten en depósitos de memoria y las experiencias personales adquieren una dimensión artística.

Los primeros años

La trayectoria de Sabando comenzó a adquirir visibilidad en la segunda mitad de los años ochenta. Entre 1986 y 1992 trabajó junto a su hermano Félix, con quien desarrolló esculturas, instalaciones y acciones que los situaron entre los pioneros de la performance en el contexto vasco-navarro.

Uno de sus primeros proyectos conjuntos fue Arte combinatorio, presentado en 1988 en el Museo San Telmo de San Sebastián. A través de distintas propuestas exploraron las relaciones entre naturaleza, objetos y lenguaje, con una atención particular a las posibilidades simbólicas de los materiales y a las transformaciones del paisaje.

En aquellos años surgieron trabajos como El viento hace la casa (1988), que reunía esculturas, una proyección de vídeo y piezas de Biblioteca de hierro, una serie integrada por cuarenta cajas metálicas. También Sacrificio (1988–1990), donde fotografías, grabaciones y objetos documentaban y prolongaban una acción realizada en un entorno natural.

La última colaboración de los hermanos fue Rosa púrpura del tiempo (1990–1992), vinculada al paisaje de las Salinas de Añana, en Álava. En marzo de 1991 instalaron allí tiendas de campaña, cajas sostenidas sobre pilares de madera y montículos de sal con forma piramidal. La intervención dialogaba con los restos de una arquitectura tradicional transformada por el abandono y el paso del tiempo. Aquella experiencia quedó recogida posteriormente en cuadernos, fotografías, vídeos y dibujos.

El paisaje aparecía ya en su obra como algo más que un escenario. Era un territorio sobre el que actuar, un espacio cargado de huellas y un motivo de reflexión sobre la fragilidad de las construcciones humanas. A partir de 1993 emprendió su camino en solitario. Su primera propuesta de esta etapa, El cazador de nubes (1993–1994), presentada en la Sala Rekalde de Bilbao, reunió acciones relacionadas con los sentidos, la experiencia, la imaginación y la meditación. Una de sus imágenes más representativas lo muestra subido a una escalera en un entorno montañoso, con la mano levantada en un intento imposible de atrapar una nube.

En otras fotografías comenzó a utilizar el cuerpo humano como superficie de escritura. Sobre la piel desnuda escribía palabras, frases y aforismos que convertían el cuerpo en parte de la propia obra. Esta práctica reaparecería en proyectos posteriores, especialmente en aquellos relacionados con el silencio, la memoria y la naturaleza.

Memoria en una caja

Una de las aportaciones más originales de Sabando fue su manera de concebir el libro de artista. Desarrolló estructuras manipulables que podían desplegarse, abrir compartimentos y transformarse en pequeñas arquitecturas. En ellas guardaba dibujos, fotografías, textos, objetos encontrados, piezas escultóricas y grabaciones.

Estas cajas condensaban sus investigaciones y, en muchos casos, servían como punto de partida para instalaciones de mayor escala. El libro dejaba de ser únicamente un soporte de imágenes y palabras para convertirse en una obra con entidad física propia.

El cuaderno de un naturalista (1994–1995) constituye un ejemplo temprano de esta concepción. Integrado por quince láminas impresas y presentadas en una caja, combina ilustraciones realizadas por ordenador con textos dedicados a personajes reales o imaginarios. Entre ellos aparecen un jardinero, un coleccionista de insectos, un tallador de flores de alabastro o un pintor que trabaja en un jardín. El resultado recuerda a los antiguos álbumes ilustrados de ciencias naturales, aunque Sabando introduce elementos fantásticos, asociaciones inesperadas y un humor que altera cualquier pretensión de clasificación científica.

En Las espaldas al enemigo, los lirios en el jardín (1995–1996), presentado inicialmente en Tarazona Foto, recurrió a seis cajas de luz, un ordenador y pequeñas piezas de alabastro. Las imágenes y los textos adoptaban recursos propios del diseño publicitario, pero sus combinaciones desplazaban los significados habituales y obligaban a reconsiderar lo que se estaba viendo.

La ciudad adquirió protagonismo en El restaurador de sombras (1998–1999), un proyecto que tuvo distintas presentaciones en Logroño, Pamplona, San Sebastián, ARCO y Bruselas. Ocho cajas de luz reunían fotografías, palabras y signos gráficos, mientras un texto dispuesto sobre el suelo completaba la instalación. La sombra se convertía en una metáfora de la identidad, del tiempo y de cuanto desaparece. El propio Sabando explicó así su interés: «Entiendo la sombra como un gigantesco signo de interrogación en el que se unen arte y existencia».

Aquella investigación encontraría continuidad en Mi sombra sin mí (2008), un autorretrato fotográfico que forma parte de la exposición del Museo de Navarra.

La preocupación por lo efímero se manifestó igualmente en El olvido, el silencio, los espacios abiertos, una acción realizada en septiembre de 2001 en el río Ega. Mientras un trío de cuerda interpretaba música, tres cuerpos desnudos, sobre los que el artista había escrito, se sumergían en el agua. La experiencia quedó registrada en vídeo y posteriormente se integró en una caja de artista junto con dibujos, textos y una pieza de plomo realizada a partir de un tallo de rosal silvestre.

En estas obras se advierte una creciente inclinación hacia la introspección y hacia una concepción del arte vinculada a la experiencia espiritual, aunque sin abandonar el interés por los materiales y las posibilidades de la imagen.

El jardín y el paseo

El jardín terminó convirtiéndose en el motivo central de su obra. Su presencia, cada vez más importante desde los primeros años del siglo XXI, respondió a una larga relación con la naturaleza y a la convicción de que observar sus formas podía proporcionar claves para la creación artística.

En esa práctica confluyeron lecturas e intereses muy diversos. Sabando admiraba los Aforismos de Georg Christoph Lichtenberg y se sintió atraído por el pensamiento oriental, especialmente por el Tao Te Ching de Lao Tse y los escritos de Chuang Tsé. También le fascinó El sueño de Polifilo, el libro publicado en Venecia en 1499, cuya combinación de arquitectura, naturaleza, imágenes y narración onírica encontró resonancias en sus propios proyectos.


La proporción áurea adquirió una importancia especial en sus investigaciones. El artista la utilizó para determinar las dimensiones y relaciones geométricas de algunas de sus cajas, buscando correspondencias entre las estructuras matemáticas, las formas naturales y la construcción de objetos artísticos.

El jardín del mismo día (2003–2004) marcó un momento decisivo en esta evolución. El proyecto partía de un libro con dibujos, fotografías y textos que se integraba en una caja desplegable con forma de zigurat. La instalación se completaba con un políptico de 24 imágenes de gran formato.

Su origen estaba en los paseos cotidianos por los alrededores de su estudio en Sorzano, La Rioja, y en la observación de las pequeñas formas y objetos que encontraba. El título remitía al placer de repetir cada día aquel recorrido y descubrir en él nuevas posibilidades. «Él hizo de su paseo cotidiano una forma de pensar», recuerda Fernando Golvano.

Los jardines fueron adquiriendo en su obra una complejidad creciente. Reunían árboles, arquitecturas, fragmentos de escritura, imágenes y elementos simbólicos. Podían ser espacios reales o construcciones imaginarias, proyectos monumentales o pequeñas cajas que se abrían como flores.

Teo Sabando. "Jardín para Susa" (2010).

«Jardín para Susa» (2010).

En Jardín para Susa (2010), dedicado a su pareja, Susana Azofra, volvió a recurrir a la proporción áurea. La caja, dividida en tres módulos, contenía un cuaderno de 42 hojas con fotografías, dibujos y textos. Entre sus motivos figuraban materiales encontrados durante sus caminatas, autorretratos y anotaciones breves. El carácter íntimo de esta obra revela hasta qué punto los jardines habían terminado por convertirse en una manera de organizar su memoria personal y su relación con el mundo.

Arte público

La expresión más ambiciosa de aquella búsqueda fue Jardín de la Vía Láctea (2008), una intervención de arte público realizada en Logroño dentro del proyecto La ciudad inventada. Sabando transformó un espacio lateral de la iglesia de Santiago en un jardín con doce pináculos de alabastro de más de tres metros de altura, caminos, césped, árboles frutales y textos. Las piezas escultóricas, de marcada verticalidad, se integraban en un entorno vegetal concebido para ser recorrido.

La instalación trasladaba al espacio urbano muchas de las preocupaciones que hasta entonces habían aparecido en sus cuadernos y cajas. El paseo se convertía en parte de la experiencia artística, mientras las esculturas y las palabras introducían una dimensión contemplativa. El proyecto planteaba una convivencia entre elementos naturales, formas creadas por el ser humano y pensamientos escritos. También establecía una relación con el tiempo, pues la vegetación seguía sus propios ciclos de crecimiento y transformación.

La posibilidad de convertir aquel jardín en una instalación permanente quedó pendiente. Sus elementos fueron almacenados en un depósito municipal a la espera de una decisión sobre su futuro.

El alabastro, material que ya había utilizado, adquirió una presencia destacada en sus últimos años. En El color blanco se esparce sobre la furia (2007–2009) reunió un conjunto de piezas escultóricas de resonancias orgánicas y antropomorfas. Sus formas, próximas en ocasiones a brotes vegetales o cuerpos en transformación, establecían relaciones de semejanza y diferencia.

La instalación dialogaba con El jardín de invierno (2007–2009), un proyecto de mayor amplitud que incorporaba esculturas, dibujos, fotografías, vídeos y cajas con textos. En él reaparecían las preocupaciones sobre la naturaleza, el paso del tiempo y la capacidad de las imágenes para sugerir realidades que escapan a una interpretación cerrada.

Especial importancia adquirió la serie audiovisual Las estaciones. Cuatro elegías (2009), integrada por piezas dedicadas a la primavera, el verano, el otoño y el invierno. Cada una desarrollaba una reflexión sobre la naturaleza y la experiencia humana a través de imágenes y asociaciones simbólicas.

El interés por los ciclos naturales también estuvo presente en El jardín del hombre pobre (2010–2011), un libro-caja dividido en cuatro secciones relacionadas con las estaciones y con sus correspondientes gamas cromáticas. Su estructura desplegable permitía abrir distintos módulos como si fueran los pétalos de una flor. La obra fue presentada en el centro de arte La Panera de Lleida.

Último proyecto

En 2011, el año de su fallecimiento, Sabando presentó La creación del mundo en los XXII Encuentros de Arte de Sajazarra, en La Rioja. Fue la culminación de sus investigaciones sobre el jardín, el libro de artista y las relaciones entre naturaleza, pensamiento y existencia.

La obra adoptaba la forma de una colmena que albergaba distintos elementos. Uno de ellos era una Máquina de pensar, formada por bastidores abatibles con metacrilatos impresos y concebida como homenaje a Ramon Llull. Otro consistía en un libro desplegable, con treinta páginas dispuestas en acordeón, donde dibujos y textos componían una narración del mundo destinada a sus hijos.

El conjunto incorporaba también el vídeo El autómata celeste, una reflexión sobre el destino, el libre albedrío y la providencia divina inspirada, entre otras referencias, en La consolación de la filosofía, de Boecio.

El Museo de Navarra acoge la exposición «Teo Sabando (1954-2011). Jardines, acciones y sueños que se bifurcan». En la imagen, de izquierda a derecha, Mercedes Jover, jefa de sección del Museo de Navarra; la consejera de Cultura, Deporte y Turismo del Gobierno de Navarra, Rebeca Esnaola; y el comisario Fernando Golvano.

El profesor y crítico Francisco Javier San Martín dedicó a este último proyecto un ensayo titulado Paradeisología, recuperado ahora en el catálogo de la exposición. En él examinaba la figura del jardín como construcción cultural y como espacio de pensamiento, tomando como punto de partida una palabra inventada a partir del término griego paradeisos.

La colmena, con su compleja organización interna, ofrecía a Sabando una nueva imagen de las relaciones entre naturaleza y artificio. La caja volvía a convertirse en una arquitectura capaz de contener otros espacios, objetos e historias.


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Recuperar un legado

Presentación en el Museo de Navarra de la exposición «Teo Sabando (1954-2011). Jardines, acciones y sueños que se bifurcan».

La muestra del Museo de Navarra concede especial protagonismo a las cajas de artista, que Fernando Golvano considera la aportación más genuina de Sabando. Su importancia reside en la capacidad para reunir lenguajes y materiales muy distintos sin perder la coherencia de una investigación que se prolongó durante más de dos décadas.

El montaje, diseñado por la arquitecta Ana García Díez, parte precisamente de dos elementos fundamentales de su obra, el jardín y la caja desplegable. Dos planos perpendiculares recorren la sala como una alfombra y evocan tanto los parterres de un jardín como la estructura de una caja abierta.

Las 28 piezas proceden de colecciones particulares, del Museo de Arte Contemporáneo del País Vasco-Artium Museoa, del Ayuntamiento de Logroño, de la Casa de la Imagen de Logroño y de la Galería Altxerri. La colaboración de la familia del artista, especialmente de su mujer, Susana Azofra, ha sido fundamental para reunirlas.

El catálogo, diseñado por Elena Moreno Jordana, incorpora un estudio de Golvano sobre la trayectoria de Sabando y recupera el ensayo que Francisco Javier San Martín escribió con motivo de La creación del mundo. Incluye, además, fotografías de todas las obras expuestas y documentación que ayuda a comprender la diversidad de sus procedimientos creativos.

La exposición permite reconsiderar la posición de Sabando dentro del arte contemporáneo vasco-navarro, especialmente por su temprana participación en el arte de acción y por la particular evolución de su trabajo hacia las instalaciones, los libros de artista y las propuestas vinculadas a la naturaleza.

Su trayectoria estuvo marcada por una notable independencia creativa. El interés por la experimentación formal convivió con una creciente inclinación hacia la contemplación, las lecturas filosóficas y la exploración de asuntos como la memoria, la identidad, el silencio y el paso del tiempo.

En 2001 dejó escrito su compromiso con la creación: «Mi apuesta no es sobre una jugada de dados en la que el azar decide; es una apuesta de voluntad hacia el arte. Una vida apasionada que se reafirma ‘quemando’ imágenes». Esa voluntad atraviesa las obras reunidas en Pamplona, desde las acciones de los años noventa hasta las complejas cajas de su última etapa. En ellas permanece el rastro de un artista que encontraba motivos de asombro en los lugares más cotidianos y que, a partir de un paseo, una piedra, una sombra o una hoja recogida del suelo, podía comenzar a construir un jardín imaginario.