Comisariada por Pablo González Tornel, director del museo, la muestra reúne cerca de setenta pinturas, esculturas y obras sobre papel procedentes de instituciones y colecciones españolas e italianas. Entre sus autores figuran José de Ribera, Artemisia Gentileschi, Pedro de Mena, Domenico Tintoretto, Guercino y Luca Giordano. Sus creaciones permiten seguir la evolución de un personaje cuya representación fue adquiriendo significados que, en ocasiones, resultaban contradictorios.
La originalidad del planteamiento reside en considerar a Magdalena como una figura construida mediante la superposición de distintas tradiciones. En ella confluyeron modelos femeninos tan opuestos como Lilit y la Virgen María, la mujer asociada a la sensualidad y al pecado y aquella cuya pureza se proponía como ideal cristiano. Sin embargo, la Magdalena que fue tomando forma en la cultura visual occidental escapó a esa división entre virtud y culpa.
El recorrido comienza precisamente con el proceso de elaboración de su identidad. La tradición occidental fue incorporando a su biografía episodios y atributos procedentes de diferentes personajes bíblicos, hasta configurar una figura que difícilmente podía reducirse a un único relato.

Artemisia Gentileschi (Roma, 1593 – Nápoles, 1652/53). «María Magdalena como la Melancolía». 1622-1625. Óleo sobre lienzo, 122,5 × 97,5 cm. Catedral de Santa María de la Sede de Sevilla.
Obras como Cristo y la mujer adúltera, de Van Dyck, las representaciones de la samaritana de Carlo Maratta y José Camarón o la Resurrección de Lázaro, de Pietro Novelli, ayudan a comprender los materiales narrativos con los que se construyó su leyenda. La difusión medieval de la Leyenda Dorada añadió nuevos episodios a esa biografía, entre ellos su condición de evangelizadora de la Provenza y su retiro en la gruta de Sainte-Baume, cerca de Marsella.
Especial importancia adquiere la confrontación de su imagen con la de la Inmaculada Concepción. Frente a una Virgen definida por la ausencia de pecado, Magdalena encarnaba la posibilidad de transformación mediante la voluntad. Su historia demostraba que el destino individual no tenía por qué quedar determinado por una conducta anterior ni por el juicio de los demás.
El núcleo de la exposición se concentra en la Magdalena de la Contrarreforma, cuando su figura alcanzó una extraordinaria presencia en la pintura y la escultura. Su representación ofrecía a los artistas un territorio especialmente fértil en el que convivían belleza física, arrepentimiento, dolor y esperanza.
La Magdalena penitente de Domenico Tintoretto, procedente de los Musei Capitolini de Roma, ocupa un lugar destacado en esta sección. Junto a ella, las interpretaciones de José de Ribera y Luca Giordano permiten observar cómo una misma iconografía adquiría distintas formulaciones según el artista y su contexto.
La escultura aporta algunas de las piezas fundamentales del recorrido. La célebre Magdalena penitente de Pedro de Mena comparte espacio con una obra de Pedro Duque Cornejo procedente de la cartuja de Granada, restaurada expresamente para la exposición. Entre ambas propuestas escultóricas aparece la Magdalena como la Melancolía de Artemisia Gentileschi, cuya presencia introduce otra manera de abordar la complejidad psicológica del personaje.
Este conjunto permite comprender hasta qué punto se convirtió en una figura capaz de conciliar atributos aparentemente incompatibles. Su belleza no desaparecía con el arrepentimiento, como tampoco su fortaleza quedaba anulada por el sufrimiento.
La última sección desarrolla la lectura más singular de la exposición. Magdalena aparece ahora como una mujer que, mediante la reflexión intelectual, la lectura y la meditación, puede intervenir sobre su propia existencia.

Domenico Tintoretto (Venecia, 1560-1635). «La Magdalena penitente». 1598-1602. Óleo sobre lienzo, 114,5 × 92 cm. Musei Capitolini, Pinacoteca Capitolina, Roma.
Se trata de una transformación especialmente significativa porque la representación del pensamiento como instrumento de perfeccionamiento personal había tenido tradicionalmente protagonistas masculinos. Magdalena ocupa ese territorio y se convierte en una suerte de filósofa cristiana, una mujer cuya inteligencia y voluntad adquieren tanta importancia como su apariencia.
Las composiciones de Francesco Albani, Guercino, Procaccini y Juan Bautista Maíno exploran esa relación entre contemplación y libertad. La santa deja de estar definida exclusivamente por el sufrimiento o la penitencia y se presenta como un personaje capaz de decidir sobre sí mismo.
En este contexto cobra especial sentido la incorporación del retrato de Madeleine de l’Aubespine, de Jean Decourt, recientemente integrado en las colecciones del museo valenciano. La presencia de esta mujer culta e independiente prolonga la reflexión sobre la autonomía femenina más allá de la representación religiosa.
El recorrido concluye con los desnudos de Girolamo Sciolante da Sermoneta y Pietro Negri, dos imágenes que vuelven a situar la belleza femenina en el centro de la reflexión, ahora vinculada a la afirmación de la propia identidad.
Producida por el Museo de Bellas Artes de València, la exposición cuenta con préstamos de instituciones como el Museo del Prado, el Thyssen-Bornemisza, el Museo Nacional de Escultura, Patrimonio Nacional, los Musei Capitolini o la Pinacoteca Nazionale de Bolonia.
La Magdalena que emerge de este recorrido conserva las huellas de todas las interpretaciones que se acumularon sobre ella. Pero su trayectoria iconográfica termina por revelar algo que va más allá de la penitencia. La mujer tantas veces representada bajo la mirada ajena acabó convertida en imagen de la capacidad humana para pensar, cambiar y ejercer el libre albedrío.
Liberación
El recorrido de la exposición es, de alguna manera, el de la liberación de Magdalena de la visión que sobre ella impusieron otros; aquellos que, en los orígenes de su historia, quisieron reducirla a ser una nueva Eva o una simple llorona. Magdalena, no sin esfuerzo, recorrió el camino desde el sufrimiento ante la condena de los ojos que la juzgaron hasta la afirmación de su libre albedrío. Fue, en los tiempos más duros, la más fuerte de las mujeres.
























