¿Quieres estar al día del arte y la cultura?

 

Suscríbete GRATIS a nuestro boletín. Más de 25.000 personas ya lo han hecho

 

 

¿Quieres ver los últimos enviados?

 

 

 
Para el gran público fue el mago del sombrero de copa, la melena desordenada, la risa contagiosa y aquel violín imaginario que anunciaba el final de cada prodigio. Pero detrás de esa figura exuberante, tan reconocible como difícil de imitar, había un estudioso incansable. Tamariz convirtió la baraja en un campo de investigación y dedicó su vida a comprender qué sucede en la mente del espectador cuando lo imposible irrumpe ante sus ojos.

Juan Manuel Tamariz-Martel Negrón nació en Madrid el 18 de octubre de 1942. La magia entró muy pronto en su vida. Con cuatro años asistió a la actuación de un ilusionista y, poco después, comenzó a ensayar con una caja de juegos que pidió a los Reyes Magos. Desde entonces, aquella fascinación infantil no hizo más que crecer.

A los 18 años ingresó en la Sociedad Española de Ilusionismo. La edad reglamentaria era de 20 años, pero la calidad de su examen convenció al jurado para hacer una excepción. Para entonces llevaba años leyendo tratados, practicando ante el público y entrenando durante jornadas que podían superar las ocho horas. Esa disciplina, escondida bajo una apariencia caótica y juguetona, lo acompañaría hasta el final.

Estudió Ciencias Físicas en la Universidad Complutense y pasó por la Escuela de Cine, cerrada en 1970 por las autoridades franquistas. Sin embargo, su verdadera vocación estaba ya decidida. Tras abandonar los estudios, se entregó por completo al ilusionismo y atravesó años difíciles, actuando en hoteles y pequeños locales antes de conquistar la televisión.

Junto a Juan Antón formó Los Mancos, un dúo en el que cada uno trabajaba con una sola mano. En 1971 fue uno de los firmantes del Manifiesto de la Escuela Mágica de Madrid, junto con Arturo de Ascanio, José Puchol, Juan Antón, Ramón Varela, Ricardo Marré y Camilo Vázquez. El texto reclamaba una magia viva, adulta y capaz de conmover; una disciplina que investigase nuevas ideas, profundizara en la psicología y abandonara las fórmulas agotadas. Aquel movimiento contribuyó a transformar el ilusionismo español y acabó situando al país en la vanguardia mundial de la magia de cerca. En 1973 obtuvo el Premio Mundial de Cartomagia en el Congreso Mundial de Magia de la FISM, celebrado en París, un reconocimiento que abrió la puerta a una trayectoria internacional extraordinaria.

La televisión multiplicó su popularidad, pero Tamariz no se limitó a trasladar sus juegos a la pantalla. Comprendió muy pronto que la cámara podía convertirse en una aliada de la magia de cerca: permitía observar las manos y las cartas con una proximidad imposible para buena parte del público de un teatro. Su intuición abrió un nuevo camino. Durante cerca de veinte años intervino en numerosos espacios televisivos, dirigió series propias y protagonizó programas como Por arte de magia y Magia potagia. Su aparición como Don Estrecho en Un, dos, tres… responda otra vez lo convirtió además en un rostro familiar para millones de espectadores. La televisión lo hizo popular, pero él también mostró una forma distinta de presentar el ilusionismo en la pequeña pantalla: más cercana, participativa y atenta a las reacciones del público.

Tamariz se presentó ante las cámaras y sobre los escenarios sin el hieratismo habitual del mago clásico. Vestía vaqueros, chalecos y sombreros de colores; gritaba, bromeaba y parecía dejarse llevar por una excitación incontenible. No escribía guiones, frases ni chistes para sus actuaciones. Su humor nacía del momento, de la relación con los espectadores y de una voluntad constante de mostrarse tal como era. Cada sesión adquiría así el aire de una fiesta entre amigos.

Pero nada de aquello era casual. El humor, la palabra, la mirada o una carcajada en el momento preciso formaban parte de una construcción minuciosa. La improvisación se sostenía sobre años de estudio. Sus manos manejaban los naipes con una destreza excepcional, pero su aportación decisiva residió en la psicología del ilusionismo: en la forma de dirigir la atención, sembrar explicaciones provisionales y conducir al espectador hasta un desenlace que parecía abolir toda lógica.

Entre sus aportaciones teóricas destaca la denominada «teoría de las falsas soluciones». Tamariz orientaba discretamente al público hacia una posible explicación del juego para demostrar después que esa salida también era imposible. Al derribar la hipótesis que él mismo había sugerido, cerraba el camino racional y dejaba al espectador frente al misterio. También desarrolló recursos como el cruce de miradas, basado en separar el movimiento de las manos de la dirección de los ojos para gobernar la atención de manera casi imperceptible.

Sus investigaciones trascendieron el ámbito profesional y despertaron el interés de los especialistas en neurociencia y percepción. La magia era para él un arte, pero también una vía para adentrarse en los mecanismos de la memoria, la expectativa y el pensamiento. No buscaba simplemente confundir al público. Aspiraba a provocar esa suspensión momentánea de la incredulidad en la que el adulto recupera la capacidad de maravillarse.

Esa concepción tenía además una dimensión ética. Rechazaba las cartas marcadas y la utilización de cómplices porque entendía que empobrecían el juego y quebraban el pacto con el espectador. Le gustaba que el público tocara la baraja, la cortase y escogiera libremente. Cuanto más limpia parecía la experiencia, mayor era la emoción. Incluso prefería hablar de «juegos» y no de «trucos», una palabra que asociaba al engaño y a la trampa. Su propósito no consistía en demostrar superioridad, sino en compartir un misterio.

Tamariz impulsó asimismo la editorial Frakson y reunió una gran biblioteca especializada. De su trabajo surgieron numerosos volúmenes sobre técnica, comunicación y pensamiento mágico. Traducidos a más de quince idiomas, sus libros formaron a ilusionistas de distintos continentes y sistematizaron una nueva manera de analizar la emoción producida por la magia.

Ilusionistas como Penn Jillette, Teller, Ricky Jay, David Copperfield o David Blaine reconocieron su magisterio. Para muchos de ellos fue el mayor genio contemporáneo de la cartomagia. En 2009 recibió el premio honorífico de Teoría y Filosofía del Congreso Mundial de Magia de Pekín y, dos años después, el World Magic Seminar de Las Vegas le rindió homenaje bajo el lema Juan-der-ful.

Su influencia no puede medirse únicamente por los premios o las traducciones. Magos de todo el mundo acudían a su casa para escucharlo, trabajar junto a él y prolongar las conversaciones hasta el amanecer. Tamariz compartía métodos, ideas y descubrimientos con una generosidad poco frecuente. Entendía el conocimiento como un bien que crecía al circular. «Lo bonito es compartir», resumía. Esa generosidad intelectual y afectiva constituye una parte esencial de su legado.

Esa voluntad pedagógica se prolongó en La Gran Escuela de Magia Ana Tamariz, dirigida por su hija. También estuvo presente en los encuentros internacionales que promovió y en su disposición permanente a orientar a los más jóvenes. Enseñó a varias generaciones no solo a ejecutar juegos, sino a pensarlos, construirlos y dotarlos de sentido.

La fama nunca alteró su humildad esencial. Ante quienes lo describían como un genio decisivo para la historia de su disciplina, restaba importancia a su aportación y se consideraba parte de un movimiento colectivo. Sabía disfrutar del afecto del público, pero aconsejaba no creerse la celebridad. Ese mismo espíritu presidió su vida familiar. Pese a sus continuos viajes, sus hijos lo recuerdan como un padre siempre dispuesto a jugar con ellos, acompañarlos y enseñarles.

Para Tamariz, la magia podía además fortalecer a quien la practicaba. Él, que había sido un niño tímido, comprobó cómo el escenario proporcionaba energía y ayudaba a vencer el temor a mostrarse ante los demás. Pero su aspiración última iba más allá de la superación personal o del virtuosismo. Quería hacer felices a los espectadores. Creía que solo podía transmitirse la alegría si el artista la experimentaba primero y que cada actuación debía convertirse en una celebración colectiva.

De ahí que su magia conservara siempre algo de juego infantil, pensamiento profundo y entrega vital. Tamariz buscaba las zonas luminosas de la existencia, las disfrutaba y trataba de comunicarlas. No pretendía que el público se limitara a contemplar su felicidad desde la distancia: quería incorporarlo a ella, reunir a todos alrededor de una baraja como si participaran en una gran fiesta.

Decía que se retiraría a los 106 años, cuando comenzaran los achaques. La broma escondía una certeza: no concebía la jubilación de aquello que había amado desde niño. La magia era su trabajo, su pasión, su forma de conocimiento y su manera de estar en el mundo.

Con Juan Tamariz desaparece el artista que reinventó la cartomagia y el maestro que convirtió España en uno de los grandes centros internacionales del ilusionismo. Quedan sus teorías, sus libros y sus juegos. Queda también el recuerdo de una humanidad expansiva, inseparable de su talento. Tamariz dedicó la vida a hacer posible lo imposible, pero su hazaña más duradera quizá fuera otra: enseñar que el conocimiento crece cuando se comparte y que, durante unos instantes, el asombro puede devolvernos una mirada limpia sobre el mundo.