La nueva instalación sitúa al visitante frente a una historia compleja. Por primera vez, el lienzo se presenta junto a una de sus copias históricas, lo que permite reconstruir un relato lleno de giros inesperados, intereses cruzados y decisiones que trascendieron el ámbito artístico.
Goya retrató a Joaquina Téllez Girón como una figura refinada, recostada con una lira que alude tanto a la música como al ideal ilustrado. La serena imagen de la marquesa encierra sin embargo un recorrido turbulento que la aleja de la quietud del museo y la sitúa en el centro de conflictos políticos y legales.
Durante décadas, el cuadro permaneció en manos privadas hasta que, en 1983, inició un periplo clandestino que lo llevó fuera de España. La operación se apoyó en documentación falsificada y en una red de intermediarios que trasladaron la obra primero a Zúrich y después a Estados Unidos, donde llegó a ofrecerse por una cifra millonaria.
El episodio puso en evidencia las debilidades del sistema legal vigente en España. La legislación anterior no garantizaba la propiedad estatal sobre las obras exportadas ilegalmente, lo que complicaba cualquier intento de recuperación. La situación cambió con la aprobación de la Ley de Patrimonio Histórico de 1985, que redefinió el marco jurídico y otorgó nuevas herramientas al Estado.
La historia alcanzó su punto crítico en Londres, donde el cuadro estaba a punto de salir a subasta en 1986. El Gobierno español emprendió entonces una estrategia inédita en los tribunales británicos. Sin posibilidad de aplicar retroactivamente la nueva ley, el equipo jurídico recurrió a un precedente del siglo XIX para demostrar que el uso de permisos falsos perjudicaba económicamente al Estado.
El fallo resultó decisivo, debilitó la posición de los propietarios y abrió la puerta a una negociación que culminó con la adquisición de la obra por seis millones de dólares, una cifra elevada pero muy inferior a su valor de mercado.
Detrás de esa operación hubo una movilización poco habitual. Instituciones y entidades privadas sumaron esfuerzos para reunir 3,5 millones de dólares, mientras que el Estado aportó el resto, en una acción colectiva que reflejó la importancia simbólica del cuadro. Su regreso fue celebrado como una victoria cultural, aunque no estuvo exento de polémica por el coste económico.
La recuperación consolidó un cambio de paradigma en la protección del patrimonio español. A partir de entonces, las obras exportadas sin autorización pasaron a considerarse propiedad del Estado, lo que reforzó su protección frente al mercado internacional.
Ideal de la aristócrata cultivada

«La marquesa de Santa Cruz», Francisco de Goya. Museo Nacional del Prado.
Doña Joaquina Téllez-Girón y Pimentel, hija de los IX duques de Osuna, nació en Madrid el 21 de septiembre de 1784. Casó en 1801 con José Gabriel de Silva Bazán y Waldstein (1782-1839), X marqués de Santa Cruz. Fue una de las damas más admiradas de su tiempo, representando, al igual que su madre, el ideal de la aristócrata cultivada. Lady Holland se refería a su belleza en sus Journal of Spain, así como a las tertulias de poetas y literatos que reunía en su palacio. En su madurez, la marquesa de Santa Cruz, dama de la orden de Damas Nobles de la reina María Luisa (1830), fue camarera mayor de Palacio en 1834 y 1841, y aya de la reina Isabel II y de la infanta Luisa Fernanda, falleciendo en Madrid el 17 de noviembre de 1851.
Goya, que había conocido a la marquesa de niña y retratado junto a sus padres y a los otros tres hermanos nacidos hasta entonces en el gran retrato familiar, de 1786, que guarda el Museo del Prado, la retrata aquí a sus veinte años, en un retrato singular que sigue la tipología del retrato neoclásico.
El impacto fue inmediato. El caso se convirtió en referencia para futuras reclamaciones y en ejemplo de cooperación entre instituciones, juristas y sociedad civil. La obra quedó además blindada mediante su declaración como bien inexportable, garantizando su permanencia en el país.
La exposición no elude episodios anteriores que añaden capas de significado al retrato. Entre ellos, el intento del régimen franquista de utilizar la obra como regalo diplomático a Adolf Hitler durante la Segunda Guerra Mundial. El proyecto nunca llegó a materializarse, pero revela hasta qué punto el arte fue empleado como herramienta política.
También aflora la historia de las copias encargadas en aquel contexto, algunas de las cuales han reaparecido en el mercado o en colecciones internacionales. La presencia de una de ellas en la muestra actual permite establecer un diálogo directo con el original y subraya la complejidad de su trayectoria.
Cuando el cuadro volvió a Madrid en abril de 1986, la respuesta del público fue inmediata. Miles de personas acudieron a verlo, atraídas tanto por su valor artístico como por la historia que lo acompañaba. La obra dejó de ser un objeto reservado a especialistas para convertirse en un símbolo compartido.
Cuarenta años después, La marquesa de Santa Cruz sigue planteando preguntas sobre la circulación del arte, la responsabilidad de las instituciones y el papel de la sociedad en la protección del patrimonio.
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Franco, Hitler, Imelda Marcos…
En 1941, Franco tuvo la firme intención de regalarle esta pintura a Adolf Hitler, tal y como atestigua una carta del 26 de mayo de 1941 del marqués de Lozoya, entonces director general de Bellas Artes, al director del Prado, Fernando Álvarez de Sotomayor: «Ya sabe Vd. que S.E. el Generalísimo desea hacer un regalo de importancia a Hitler y que la atención del enviado del führer se fijó en La marquesa de Santa Cruz, en cuya lira figura una cruz gamada. Esta noche han quedado ultimadas las negociaciones y el cuadro debe quedar a disposición del Generalísimo, que señalará el día para la entrega al embajador de Alemania. Le supongo satisfecho, como yo, de esta solución que viene a resolver un problema que nos tenía un poco inquietos».
Afortunadamente, el propósito de Franco no se consumó, probablemente por el cambio de rumbo de la Segunda Guerra Mundial. La documentación conservada en el Museo permite comprobar que el retrato estuvo depositado en el Prado hasta el 29 de enero de 1944, fecha en la que se devolvió a sus legítimos propietarios por el Servicio de Recuperación del Patrimonio Artístico Nacional.
Antes, y para contentar a la propietaria legítima, la infanta doña Luisa, el régimen de Franco ordenó realizar una copia del original que se le iba a expropiar. Una carta aparecida recientemente en el Rastro madrileño ha arrojado luz sobre este encargo, permitiendo conocer la cifra que se abonó por el original y elevando el número de copias. Según dicha carta, fechada el 20 de octubre de 1942, el dictador llegó a desembolsar 1,5 millones de pesetas por el retrato, dejando a deber una pequeña fracción de 9.000 pesetas correspondiente a tres copias que el marqués de Lozoya, entonces director general de Bellas Artes, había encargado un año antes al pintor Núñez Losada, bajo la intermediación del subdirector del Prado, Sánchez Cantón.
Dichas copias no se deben confundir con otra versión más o menos coetánea al retrato original, que perteneció a la colección Wellington. Esta copia fue adquirida en 1958 por el County Museum de Los Ángeles (que la descatalogó en 1977) y finalmente fue localizada en 2014 entre los bienes incautados a Imelda Marcos por el Estado de Filipinas.































