La nueva producción de la ópera de Gounod plantea, en realidad, una lectura contemporánea de una tragedia atravesada por la violencia política, las epidemias y la imposibilidad de escapar a los odios heredados. La historia de los amantes de Verona reaparece así como un espejo de las fracturas colectivas y de la fragilidad de cualquier idea de convivencia.
La propuesta escénica de Thomas Jolly —que alcanzó una enorme notoriedad tras idear la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de París 2024— sitúa la acción bajo la sombra de la peste que asoló Verona. Ese contexto epidémico, apenas insinuado por Shakespeare y convertido aquí en un elemento central, intensifica la sensación de fatalidad que acompaña a Romeo y Julieta desde el primer compás. La monumental escenografía giratoria de Bruno de Lavenère, presidida por la gran escalinata del Palais Garnier reproducida sobre el escenario, establece además un diálogo entre la Verona imaginada por Shakespeare, el París del Segundo Imperio y la sensibilidad actual.
La ópera de Gounod nació en 1867, en un momento particularmente fértil para la música francesa. El compositor acababa de consolidar su prestigio gracias al éxito de Fausto, mientras París se transformaba bajo las grandes reformas urbanísticas impulsadas por Napoleón III y el barón Haussmann. En aquel contexto de modernización y esplendor cultural, Roméo et Juliette apareció como una síntesis singular entre la grandiosidad heredada de la grand opéra, el refinamiento melódico del bel canto y una creciente búsqueda de intimidad dramática.
Cuatro dúos
A diferencia de William Shakespeare, cuyo texto conserva una poderosa dimensión política ligada a las luchas entre facciones y al nacimiento de una nueva idea de Estado, Gounod concentra el núcleo emocional de la obra en la esfera íntima de los protagonistas. La ópera convierte el amor en centro absoluto del relato y construye su arquitectura dramática alrededor de cuatro grandes dúos que recorren el enamoramiento, la pasión, la despedida y la muerte.

«Roméo et Juliette». Fotógrafo: © Vincent Pontet | Opéra national de Paris.
Ese desplazamiento del conflicto político hacia la emoción es precisamente uno de los aspectos que más subraya la nueva producción. Jolly no busca una reconstrucción historicista, sino una atmósfera suspendida entre distintas épocas, donde el amor aparece como una forma de resistencia frente al fanatismo colectivo.
Frente al odio transmitido de generación en generación, Shakespeare y Gounod siguen recordando que el amor, incluso condenado al fracaso, puede convertirse en una forma de desafío moral contra la violencia colectiva. La tragedia deja así de pertenecer únicamente al pasado para adquirir resonancias plenamente contemporáneas.
«Tanto la obra de Gounod como la de Shakespeare nos interesan porque todos nosotros, en nuestras vidas personales, laborales, familiares o sentimentales, nos enfrentamos a una realidad que intenta imponernos normas, caminos y marcos que no siempre deseamos aceptar», explica Thomas Jolly, y considera que ello «la convierte en una historia universal»: «No es solo de amor, también es una historia de lucha y de búsqueda del camino propio. La historia de dos almas que intentan encontrar su lugar en un mundo que no está hecho para ellas. Y tengo la impresión de que Gounod supo expresar perfectamente en su música esas fuerzas opuestas, y consigue mostrar esas tensiones con un gran despliegue romántico, muy propio del siglo XIX, mientras que el libreto posee una enorme vitalidad y refleja constantemente esas energías enfrentadas».
La dirección musical correrá a cargo de Carlo Rizzi, responsable también del estreno parisino de esta producción, y que regresa al Teatro Real veinticinco años después de dirigir La Cenerentola. Estará al frente de un doble reparto estelar encabezado por Nadine Sierra, Vannina Santoni y Julia Musychenko-Greenhalgh (Juliette); Javier Camarena e Ismael Jordi (Roméo); Roberto Tagliavini y Jean Teitgen (Frère Laurent); Benjamin Appl y Carles Pachon (Mercutio); Héloïse Mas y Carmen Artaza (Stéphano); Maciej Kwasnikowski y David Alegret (Tybalt), Laurent Naouri (Capulet) y Sonia Ganassi (Gertrude), que actuarán junto al Coro Titular del Teatro Real preparado por su director José Luis Basso.
Vínculo con Madrid
La historia de Roméo et Juliette mantiene, además, un vínculo singular con Madrid. La ópera llegó al Teatro Real apenas seis años después de su estreno parisino y permaneció regularmente en repertorio hasta 1911, convertida en vehículo de lucimiento para algunas de las grandes voces de la época. Entre ellas destacó Giuseppe Anselmi, cuya leyenda quedó unida para siempre al coliseo madrileño tras el insólito episodio de su corazón conservado después de su muerte y rescatado de las ruinas del edificio durante la Guerra Civil.
Con este montaje concluye también el homenaje que el Teatro Real ha dedicado a Shakespeare durante la temporada, en la que ya se han presentado títulos como Otello, La reina de las hadas, El sueño de una noche de verano y el ballet Julieta y Romeo de Mats Ek.
– La representación del 13 de junio se retransmitirá gratuitamente y en directo en auditorios, teatros, museos y centros culturales de toda España dentro de la iniciativa “Ópera para todos”. Más información: operaparatodos@teatroreal.es
– Las funciones de Roméo et Juliette cuentan con el patrocinio de Endesa.
Homenaje a Kraus
Las 13 funciones estarán dedicadas a la memoria de Alfredo Kraus (1927-1999), coincidiendo con el cuarenta aniversario de sus interpretaciones de Roméo en el Teatro de la Zarzuela —uno de sus papeles fetiche— y como antesala del centenario de su nacimiento, que se celebrará el próximo año.
El tenor grancanario convirtió este personaje en uno de los grandes hitos de su carrera gracias a la elegancia de su fraseo y a una concepción del canto francés marcada por la claridad expresiva y la pureza estilística. No resulta casual que el Real vincule ahora el regreso de la obra a la figura de un artista cuya relación con Gounod forma parte de la memoria lírica española.
Este homenaje adquiere además una dimensión simbólica en el caso de Ismael Jordi, uno de los discípulos más destacados de Kraus y heredero de esa tradición vocal asociada al repertorio romántico francés.















