Presentada con muy buena acogida en la Sección Oficial del último Festival de Cannes, la cinta apela a sentimientos primarios, como lo es el amor llevado a la pasión. En ese plano se mueve la protagonista, una mujer que se entrega sin reservas a un hombre, pero en un entorno gobernado por códigos no escritos pero inviolables, como lo son los que apelan, en el submundo del jianghu, –término con el que se designa a ciertas organizaciones criminales de origen chino–, al honor, la lealtad y la traición.

La historia nos sitúa en China a principios del siglo por el que transitamos. En ese 2000/2001, la joven Qiao vive en los suburbios de la población industrial de Datong, perdidamente enamorada de Bin, un oscuro cabecilla de la poderosa mafia local.

Tras una trifulca entre bandas, Quiao será testigo del ataque de un grupo de rivales contra Bin. Cuando comprende que la vida de éste corre peligro, dispara para defenderle. Sometida a juicio es condenada a cinco años de cárcel. Tras ese período de reclusión volverá a buscarle para proseguir su historia de amor, pero él se muestra tajante y se niega a aceptarla otra vez en su vida.

El precio de las decisiones

La pareja protagonista, Zhao Tao (Más allá de las montañas, Un toque de violencia) y Liao Fan (Black Coal), despliegan sus dotes interpretativas para trasladarnos las emociones y frustraciones que viven y el elevado precio de sus decisiones.

Jia Zhang-ke, sin duda uno de los más interesantes realizadores del panorama chino actual, documenta a través de esta historia los cambios recientes de toda una civilización y las épicas transformaciones sociales, culturales y técnicas del gigante asiático relatadas a través de una triple estructura temporal, apoyada con imágenes que el propio realizador rodó hace casi 20 años. Detrás de lo que vemos se esconde una corrosiva crítica a los quince últimos años de la sociedad de su país, ese arco temporal que ha erigido a China como la segunda potencia económica del mundo pero inmersa en profundas desigualdades sociales.

El cineasta y su director de fotografía, Eric Gautier –habitual de Olivier Assayas, Walter Salles y Léos Carax– decidieron utilizar cinco cámaras diferentes para rodar la película con el fin de que las variadas texturas ayudasen a reconocer el paso del tiempo. El resultado se nota en pantalla y nos deja ante lo que el propio director define como objetivo central: “He pretendido capturar la ansiedad con la que en el momento actual la ciudadanía de mi país observa un futuro marcado por la incertidumbre”.

La ceniza es el blanco más puro

Dirección y guion: Jia Zhang-ke

Intérpretes: Zhao Tao, Liao Fan, Diao Yinan, Ding Jilai, Feng Xiaogang

Fotografía: Eric Gautier

China, Francia, Japón / 2018 / 136 minutos

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