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Comisariada por Tània Balló Colell, con Carmen de la Guardia Herrero como asesora científica, la exposición reúne 184 obras originales y reproducciones procedentes de 37 prestadores nacionales e internacionales. Instituciones públicas, fundaciones, archivos y colecciones familiares han contribuido a reconstruir una experiencia colectiva que durante una década reunió en la ciudad a maestras, escritoras, artistas, científicas, pedagogas, aristócratas, profesionales liberales y mujeres relacionadas con la vida política y cultural.

El recorrido se divide en cinco ámbitos y avanza desde los antecedentes del Lyceum hasta su desmantelamiento tras la Guerra Civil. Entre ambos extremos aparece la historia de una red femenina que hizo de la educación, el pensamiento, la creación artística y la intervención social instrumentos para ampliar los márgenes de libertad disponibles. En plena dictadura de Primo de Rivera, cuando las mujeres carecían todavía de plenos derechos civiles y políticos y encontraban grandes obstáculos para desarrollar una carrera profesional, el club les ofreció un lugar propio desde el que organizarse.

Confluencia

Su aparición no fue un hecho aislado. Varias décadas de transformaciones educativas, culturales y sociales habían preparado el terreno. La primera parte de la exposición, titulada Pioneras, muestra la confluencia de tres corrientes esenciales. Una procedía del feminismo organizado, impulsado desde 1918 por entidades como la Asociación Nacional de Mujeres Españolas, la Unión de Mujeres Españolas, la Juventud Universitaria Femenina y la Cruzada de Mujeres Españolas. Todas ellas defendían la igualdad jurídica, el sufragio, el acceso a los estudios superiores y la incorporación plena de las mujeres a la vida pública.

Fotonoticia publicada en «La Esfera». 1926.

Otro impulso llegó de los movimientos de renovación pedagógica. El International Institute for Girls in Spain, fundado en 1892 por Alice Gordon Gulick, promovió un modelo inspirado en los centros universitarios femeninos estadounidenses. Su colaboración con la Institución Libre de Enseñanza, la Junta para Ampliación de Estudios y la Residencia de Señoritas ayudó a formar una nueva generación de universitarias e intelectuales.

La Residencia, creada en 1915 y dirigida por María de Maeztu, tuvo un peso particular. Acogía a jóvenes llegadas de distintos puntos de España y les proporcionaba las condiciones necesarias para cursar estudios superiores. Profesoras y alumnas de esta institución y del International Institute estuvieron ampliamente representadas entre las fundadoras del Lyceum. A ellas se sumaron docentes, inspectoras y pedagogas ligadas al magisterio y comprometidas con la modernización de la enseñanza.

Muchas de aquellas mujeres participaban simultáneamente en asociaciones feministas, centros educativos y proyectos de reforma pedagógica. El Lyceum nació de esa trama de relaciones. Todo indica que María Martos de Baeza tomó la iniciativa de constituirlo siguiendo el modelo del Lyceum Club de Londres, abierto en 1903 y convertido en origen de una red extendida por ciudades como Berlín, París, Florencia, Roma, Estocolmo, Bruselas y Nueva York.

Siete Chimeneas

Las primeras reuniones se celebraron en febrero de 1926 en la Residencia de Señoritas. Junto a María Martos participaron María de Maeztu, Zenobia Camprubí, Victoria Kent, Amalia Galárraga, Trudy Graa Rüfenacht, Carmen Gallardo, Helen Phipps, Mary Sweeney, Olga Bauer, Pilar de Zubiaurre, Isabel de Oyarzábal, María Pérez Peix y Carmen Baroja, entre otras. La asociación quedó oficialmente constituida el 6 de mayo y abrió sus puertas el 4 de noviembre de ese año.

La primera sede ocupaba el piso principal de la Casa de las Siete Chimeneas, en el número 31 de la calle Infantas, edificio que alberga actualmente el Ministerio de Cultura. Las fundadoras reunieron dinero mediante representaciones teatrales, rifas y subastas de arte para acondicionar un local dotado de salón de té, biblioteca, sala de exposiciones y salón de conversación. Cuando se inauguró, más de 150 mujeres ya pertenecían a la entidad.

Visita del presidente de la República a la Residencia de Señoritas, sf. Archivo General de la Administración, Ministerio de Cultura.

Una exposición de pintura y escultura de Helena y María Sorolla acompañó aquella apertura. La elección anticipaba el lugar que las artes ocuparían en la programación. Las actividades fueron organizadas por secciones dedicadas a la acción social, la música, las artes plásticas e industriales, la literatura, las ciencias y las relaciones internacionales. Posteriormente se incorporó una sección hispanoamericana.

Cada una disponía de autonomía organizativa y presupuesto propio. La de Literatura estuvo dirigida por Pilar de Zubiaurre, con la colaboración de Ernestina de Champourcín, y más tarde por Halma Angélico. Carmen Baroja y Victorina Durán presidieron sucesivamente la de Artes Plásticas e Industriales. María Rodrigo y Blanca Zancada estuvieron al frente de Música, mientras que Zenobia Camprubí y Clara Campoamor dirigieron en distintos momentos la Sección Internacional.

Presidentas

La entidad tuvo tres presidentas a lo largo de su existencia. María de Maeztu ocupó el cargo entre 1926 y 1929 y regresó a él en 1935. Entre ambos mandatos se sucedieron Isabel de Oyarzábal y Ángeles García-Mauriño. La escasez de documentación impide reconstruir con exactitud la composición de todas las juntas directivas, aunque se conoce la participación de figuras como Benita Asas Manterola, Matilde Huici, Rosario Lacy, Victoria Kent y Zenobia Camprubí.

Postal del interior del Lyceum, calle Infantas, 31.

En febrero de 1931, el crecimiento de la asociación y las presiones del propietario de la Casa de las Siete Chimeneas obligaron a trasladarla a un local más amplio en el número 44 de la calle San Marcos. Por entonces ya contaba con más de 400 integrantes. Las investigaciones desarrolladas para la exposición indican que el número total superó las 700 mujeres en sus diez años de actividad, muy por encima de las aproximadamente 500 que durante mucho tiempo se habían calculado.

La muestra dedica a las socias un mural de once metros y presenta el censo más completo elaborado hasta ahora. Entre sus principales fuentes se encuentra el llamado censo Zubiaurre, una libreta conservada por la familia de Pilar de Zubiaurre que se expone por primera vez. Su estudio ha permitido añadir más de un centenar de nombres. La investigación se completa con el censo enviado a Zenobia Camprubí, los recibos de Rosario Lacy y los carnés de Concha Méndez, Nonnie Reineke, Concepción Magallanes y la propia Lacy.

 
La diversidad de sus integrantes fue una de las fortalezas del club. Podían asociarse las mujeres mayores de 21 años, aunque un comité juvenil admitía a chicas desde los quince siempre que fueran familiares de una integrante o contaran con su aval. Los estatutos distinguían entre fundadoras, protectoras, socias de número y transeúntes. Para ingresar como socia de número era necesario recibir la presentación de tres fundadoras y pagar una cuota mensual de diez pesetas.

Problemas concretos

Esa estructura sostuvo una intensa programación cultural, pero también iniciativas destinadas a resolver problemas concretos. La Sección Social, presidida por Consuelo Bastos, promovió la Casa de los Niños y el Comité del Libro para el Ciego. Asimismo, la Provisión Social organizó recogidas de ropa y alimentos, además de ayudas económicas para familias necesitadas.

La Casa de los Niños. Jardines del Canal de Lozoya, [Madrid: s.n.,1936]. Copia de exposición Biblioteca Regional de Madrid.

La Casa de los Niños abrió en diciembre de 1928 en un terreno municipal situado en la zona del Canal de Lozoya. El arquitecto Ignacio Cárdenas diseñó gratuitamente una pequeña construcción inspirada en los principios pedagógicos e higienistas de la época. Su finalidad era atender a los hijos de familias trabajadoras mientras sus padres cumplían su jornada laboral. Más de sesenta niños recibieron allí alimentación, asistencia médica, higiene y educación. Elena Fortún organizó además una biblioteca circulante que podían utilizar los pequeños, sus hermanos y sus padres.

El Comité del Libro para el Ciego respondió a otra carencia. Impulsado principalmente por la pedagoga y psicóloga Mercedes Rodrigo, creó una biblioteca gratuita en braille y ofreció trabajo remunerado a mujeres invidentes. Numerosas socias aprendieron este sistema de escritura, copiaron obras, dictaron textos y organizaron campañas para financiar el proyecto. Su crecimiento obligó a trasladarlo a un local propio en la avenida de Pi y Margall. En 1935 entregó 200 volúmenes a la Biblioteca Nacional para su nueva sala de lectura.

La biblioteca del propio Lyceum llegó a superar los 3.000 volúmenes. Las aportaciones de las fundadoras, algunas de las cuales pagaron cuotas dobles, permitieron adquirir libros, mobiliario y suscripciones. El fondo creció mediante donaciones y acuerdos con editoriales como Espasa-Calpe y la Compañía Iberoamericana de Publicaciones. De aquella colección solo han podido localizarse cuatro volúmenes, varios de ellos incluidos ahora en la exposición con el sello de la entidad.

La Guerra Civil interrumpió los proyectos del club, aunque su actividad no cesó de inmediato. En agosto de 1936 la prensa todavía recogía el agradecimiento de las socias por los donativos destinados al frente. Algunas continuaron pagando sus cuotas al menos hasta octubre. Tras la victoria franquista, los bienes fueron incautados o dispersados y la antigua sede pasó a la Sección Femenina de Falange, que instaló allí en 1941 el Círculo Cultural Medina.

Nacionalcatolicismo

El nuevo centro mantuvo conferencias, conciertos, exposiciones, biblioteca y tertulias, pero sometió esas actividades a los principios del nacionalcatolicismo. Frente al proyecto del Lyceum, orientado hacia la educación, los derechos civiles y políticos y la cooperación internacional, la Sección Femenina defendía un modelo de mujer sujeto al hogar, la obediencia y los valores de la dictadura.

Cartas, memorias, fotografías y documentos familiares evitaron que la experiencia desapareciera por completo. Las relaciones que mantuvieron María Martos, Pilar de Zubiaurre y Zenobia Camprubí, la amistad prolongada entre Ernestina de Champourcín, Concha Méndez y Carmen Conde o los recuerdos escritos por Victorina Durán, Carmen Baroja y Rosario Lacy conservaron parte de aquella historia dentro y fuera de España.

La exposición reúne ahora esos vestigios y los sitúa en una narración común. Junto a los censos y carnés pueden verse cartas sobre la estructura del club, un informe de agentes falangistas acerca del estado de la sede al final de la guerra y el álbum fotográfico de la Casa de los Niños. Son pruebas materiales de una organización que convirtió las redes de amistad y apoyo en una forma de intervención pública.

Comprender la importancia histórica del Lyceum exige atender a esa capacidad de sus socias para pasar de la formación individual a la acción colectiva. El club ofreció a cientos de mujeres la posibilidad de debatir, crear, organizar proyectos y ocupar un espacio propio en la vida cultural y política. Su desaparición forzosa dispersó a muchas de ellas y ocultó durante décadas buena parte de su labor. El censo ampliado, los documentos inéditos y las piezas ahora reunidas devuelven nombres y trayectorias a una experiencia fundamental para entender la construcción de la ciudadanía femenina en España.